Los ronquidos en niños no deben normalizarse cuando no están relacionados con procesos catarrales. Esta es la advertencia que lanza la pediatra Lucía Galán en Instagram, quien advierte que detrás de este síntoma aparentemente inofensivo pueden esconderse problemas respiratorios serios que afectan al desarrollo infantil y al rendimiento escolar. Con la llegada de la temporada fría, los consultorios pediátricos se llenan de familias preocupadas por los ronquidos de sus hijos.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre los ronquidos ocasionales provocados por la mucosidad y aquellos que persisten durante todo el año, independientemente del estado de salud del menor. Durante los meses de otoño e invierno, los procesos respiratorios en la infancia se multiplican. Los mocos, compañeros inseparables desde septiembre hasta mayo, provocan obstrucciones nasales que hacen que los más pequeños ronquen durante algunas noches. Este fenómeno es completamente normal y esperable, tal como ocurre en los adultos cuando padecen un resfriado común.
La pregunta clave que todo padre debe hacerse es: ¿mi hijo ronca incluso sin estar acatarrado? Si la respuesta es afirmativa, es momento de consultar con el pediatra. No importa si el niño tiene un año, tres o siete, los ronquidos persistentes nunca deben considerarse normales en la población infantil. Algunos progenitores describen una respiración ruidosa desde otra habitación, otros mencionan sonidos extraños durante el sueño. Todos estos casos requieren evaluación médica profesional.
Más preocupante aún resulta cuando estos ronquidos se acompañan de pausas respiratorias o apneas, momentos en los que el niño deja de respirar brevemente durante el sueño. Muchas familias no son conscientes de estas pausas hasta que se les describe exactamente qué buscar. Las apneas del sueño infantil representan un problema de salud que afecta la oxigenación cerebral, provocando despertares inconscientes a lo largo de la noche. El resultado: niños que se levantan hasta 80 veces durante la noche sin que los padres comprendan la causa real.
La relación entre amígdalas, vegetaciones y respiración
La causa más frecuente de ronquidos en niños es la hipertrofia, es decir, el agrandamiento excesivo de las amígdalas o de las adenoides (conocidas popularmente como vegetaciones). Estos tejidos linfáticos forman parte del sistema inmunológico y actúan como primera línea de defensa contra los gérmenes que entran por la boca y la nariz. Hasta los tres o cuatro años de edad, es normal que tanto las amígdalas como las adenoides presenten un tamaño considerable. En esta etapa, estas estructuras trabajan intensamente fabricando defensas que ayudan a los pequeños a combatir infecciones.
Sin embargo, a partir de los cuatro o cinco años, lo habitual es que comiencen a reducirse progresivamente. El problema surge cuando, en lugar de disminuir, estas estructuras continúan creciendo o mantienen un tamaño superior al adecuado para la edad del menor. Esta situación genera un cuadro obstructivo que dificulta la respiración, especialmente durante el sueño, cuando los músculos de la garganta se relajan.
Señales físicas que alertan del problema
Los niños con hipertrofia amigdalina desarrollan características físicas reconocibles. Respiran constantemente por la boca, presentan ojeras marcadas y, con el tiempo, desarrollan lo que en medicina se conoce como facies adenoidea. Esta expresión facial típica incluye ojeras pronunciadas, boca entreabierta, labios resecos y un alargamiento del espacio entre la nariz y el labio superior.
Cuando los profesionales sanitarios observan estos rasgos en un paciente infantil, inmediatamente indagan sobre la calidad del sueño y la presencia de ronquidos. La transformación facial no es meramente estética; refleja años de respiración oral forzada que modifica el desarrollo de los huesos del rostro, creando además un paladar ojival característico.
Consecuencias en el rendimiento escolar y atención
Uno de los aspectos más sorprendentes y preocupantes es la conexión entre apneas del sueño y déficit de atención. Diversos estudios científicos publicados en los últimos años revelan que numerosos niños diagnosticados o con sospecha de trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) en realidad padecen un síndrome de apnea obstructiva del sueño no diagnosticado. Estos menores acuden a consulta porque se duermen en clase, muestran inatención constante, dispersión mental y bajo rendimiento académico.
Los profesores alertan a las familias sobre posibles problemas de concentración, cuando en realidad el origen del problema es mucho más físico que psicológico: la falta crónica de descanso reparador. Durante la noche, cuando el cerebro no recibe suficiente oxígeno debido a las apneas, se producen microdespertares inconscientes. El niño no descansa adecuadamente, su sueño es de mala calidad y, al día siguiente, las consecuencias se manifiestan en el aula. La irritabilidad, la somnolencia diurna y la incapacidad para mantener la atención son síntomas directos de este trastorno del sueño.
Cuándo y cómo actuar
La recomendación para las familias es clara: si un niño ronca habitualmente sin estar resfriado, debe ser evaluado por su pediatra. El profesional realizará una exploración física completa, incluyendo la observación de la garganta, el tamaño de las amígdalas y adenoides, y la conformación del paladar. Además, se llevará a cabo una anamnesis detallada sobre el sueño, preguntando por la frecuencia de los ronquidos, la presencia de pausas respiratorias, el número de despertares nocturnos, el rendimiento escolar y otros aspectos como la forma de masticar o el desarrollo del lenguaje.
En casos claros y evidentes, el pediatra derivará al menor directamente al servicio de otorrinolaringología infantil. El diagnóstico temprano resulta fundamental para evitar complicaciones a largo plazo. Un tratamiento adecuado puede transformar radicalmente la calidad de vida del niño, mejorando no solo su descanso nocturno sino también su rendimiento escolar, su estado de ánimo y su desarrollo físico general.