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La psicología dice que las personas que llegan a los 60 años y se dan cuenta de que los hijos ya no las necesitan pueden sufrir una crisis de identidad

Este proceso se considera una transición natural entre etapas familiares que puede generar sentimientos de vacío y pérdida

Muchas padres experimentan una sensación profunda de desplazamiento al comprobar que ya no ocupan el centro emocional o práctico de la vida de sus hijos. | Foto: Magnific

| Palma |

La llegada a los 60 años puede desencadenar una crisis de identidad en aquellas personas que descubren que sus hijos adultos han alcanzado la plena autonomía y ya no requieren los cuidados constantes de antes. Este fenómeno, lejos de considerarse una patología, constituye una transición natural entre etapas del ciclo vital familiar que la psicología del desarrollo describe como una posible crisis de rol y de identidad personal. Muchas personas en torno a esta edad experimentan una sensación profunda de desplazamiento al comprobar que ya no ocupan el centro emocional o práctico de la vida de sus hijos.

Esto puede producir emociones intensas de inutilidad, pérdida de sentido vital o duelo simbólico por un rol que durante décadas organizó su identidad cotidiana y su propósito vital. Desde la perspectiva de la psicología familiar y del desarrollo adulto, esta experiencia forma parte de las reorganizaciones normativas del vínculo entre padres e hijos cuando estos últimos alcanzan la vida adulta plena. La dificultad radica en que muchas personas no están preparadas emocionalmente para este cambio de paradigma relacional.

Las personas que atraviesan esta etapa suelen expresar verbalizaciones que reflejan un intenso malestar emocional relacionado con la pérdida de su función parental primaria. Entre las frases más habituales que recogen los profesionales de la salud mental destacan: «Ya no me necesitan», «He dejado de ser importante», «Mi función terminó» o «Ahora hacen su vida sin contar conmigo». Estas cogniciones pueden desencadenar toda una serie de reacciones emocionales complejas que incluyen tristeza persistente, duelo simbólico por la etapa perdida, sensación de vacío existencial, celos de las nuevas prioridades vitales de los hijos —como su pareja, su trabajo, sus amigos o sus propios hijos—, miedo creciente al envejecimiento y una preocupante sensación de invisibilidad social.

La psicología clínica entiende estas emociones como una reacción adaptativa ante la pérdida de un rol central que durante décadas estructuró no solo la rutina diaria, sino también la identidad y el sentido de propósito de estas personas. No se trata, por tanto, de una respuesta patológica, sino de un proceso de ajuste que requiere tiempo y recursos psicológicos adecuados.

La teoría del desarrollo psicosocial de Erik Erikson

El reconocido psicólogo del desarrollo Erik Erikson propuso un modelo de ocho etapas del desarrollo psicosocial a lo largo de la vida. En la adultez tardía, que comienza aproximadamente a los 60 años, identificó el conflicto entre integridad del yo versus desesperación. Esta fase implica que las personas revisan su vida y buscan sentir que su existencia tuvo valor, continuidad y significado. Cuando alguien ha construido gran parte de su identidad alrededor del cuidado de los hijos, la independencia de estos puede experimentarse como una pérdida de misión vital, una pérdida de reconocimiento social y una confrontación directa con el inevitable paso del tiempo.

Esto no ocurre porque los hijos hayan dejado de quererles, sino porque el vínculo cambia de forma y naturaleza. Según la perspectiva eriksoniana, resolver positivamente esta crisis implica desarrollar una sensación de sabiduría y aceptación del ciclo vital completo, incluyendo los cambios en las relaciones familiares. Quienes no logran esta integración pueden caer en sentimientos de desesperación, amargura o arrepentimiento.

La psicología familiar contemporánea hace especial énfasis en distinguir entre necesidad y deseo en las relaciones entre padres e hijos adultos. Los hijos adultos normalmente dejan de necesitar cuidados constantes y supervisión parental, pero esto no implica, en absoluto, una falta de amor, afecto o consideración hacia sus progenitores. El problema psicológico aparece cuando una persona interpreta erróneamente que «si no me necesitan, entonces ya no valgo nada» o «mi vida carece de sentido». En estos casos, el sufrimiento emocional proviene más de la interpretación cognitiva distorsionada que del hecho objetivo de que los hijos sean autónomos e independientes.

Los profesionales de la salud mental trabajan precisamente en modificar estos esquemas cognitivos rígidos para que las personas puedan construir una narrativa más adaptativa: ser querido y valorado no depende de ser imprescindible para la supervivencia cotidiana de otros. La investigación en psicología clínica ha identificado diversos factores de riesgo que aumentan la intensidad del malestar emocional durante esta transición vital. El impacto suele ser mayor cuando toda la vida emocional, social y de ocio estaba centrada exclusivamente en la maternidad o paternidad, sin espacios propios de desarrollo personal.

También influye significativamente el hecho de que hayan existido renuncias personales muy grandes en términos de carrera profesional, estudios, hobbies o relaciones sociales. La presencia de una red social propia escasa o inexistente, una relación de pareja vacía o conflictiva, miedo intenso a la vejez o a la soledad, y expectativas no realistas de gratitud constante o cercanía permanente son otros factores agravantes. En psicología sistémica se habla específicamente de «dificultad para reorganizar los vínculos familiares», es decir, la incapacidad para aceptar que el amor familiar en la edad adulta funciona con mayor distancia física, más autonomía emocional y menos interdependencia práctica que en etapas anteriores del desarrollo.

Además, cuando esta transición coincide temporalmente con otros eventos vitales estresantes como la jubilación, cambios físicos significativos, enfermedades o pérdidas de seres queridos, el impacto emocional puede multiplicarse y generar cuadros de depresión o ansiedad que requieren intervención profesional especializada.

Indicadores de adaptación psicológica saludable

La psicología del desarrollo considera que la adaptación más saludable a esta transición ocurre cuando la persona logra realizar un cambio cognitivo fundamental: pasar de la creencia «soy indispensable y sin mí no pueden vivir» a la convicción más realista y adaptativa de «sigo siendo importante y querido aunque no me necesiten de la misma manera». Este cambio psicológico permite varios logros importantes: mantener vínculos afectivos satisfactorios sin dependencia emocional, desarrollar intereses, hobbies y proyectos propios que nutran la identidad personal, y vivir la relación con los hijos adultos desde la elección libre y el afecto genuino, no desde la obligación o la dependencia mutua.

Las personas que logran esta transición de manera exitosa suelen reportar mayor satisfacción vital, mejor salud mental, relaciones más maduras con sus hijos y mayor capacidad para disfrutar de nuevas etapas de la vida, incluyendo el papel de abuelos cuando corresponde. Diversos estudios longitudinales en psicología familiar muestran que, con el tiempo y los recursos adecuados, muchas personas terminan construyendo una relación más madura, equilibrada y tranquila con sus hijos adultos.

Esta nueva forma de vínculo se caracteriza por estar menos centrada en tareas de cuidado y más basada en conversación, compañía voluntaria y respeto mutuo. Sin embargo, la investigación también documenta que el período de transición puede resultar muy doloroso, especialmente si coincide con la jubilación laboral, cambios físicos asociados al envejecimiento o una intensa sensación de pérdida de roles sociales valorados. La duración de este período de ajuste varía considerablemente entre individuos.

¿Qué es una crisis de identidad?

Una crisis de identidad es un período de incertidumbre e inseguridad intensa en el que una persona cuestiona aspectos fundamentales de su sentido del yo, sus valores, sus roles sociales y su propósito vital. Este concepto fue desarrollado principalmente por el psicólogo Erik Erikson en su teoría del desarrollo psicosocial. Aunque frecuentemente se asocia con la adolescencia, las crisis de identidad pueden ocurrir en cualquier momento de la vida, especialmente durante transiciones importantes como la jubilación, el nido vacío, divorcios, pérdidas significativas o cambios de roles sociales importantes.

No constituyen necesariamente un trastorno mental, sino procesos de reajuste psicológico. Durante una crisis de identidad, las personas pueden experimentar confusión sobre quiénes son, sentimientos de vacío existencial, cuestionamiento de decisiones pasadas, ansiedad sobre el futuro y dificultad para tomar decisiones. La resolución positiva de estas crisis suele conducir a un mayor autoconocimiento y madurez psicológica.

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