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La nutricionista Boticaria García, sobre el debate del boniato contra la patata: «Que no os asusten los picos de glucosa»

La experta desmonta el mito que circula en redes sobre los picos de glucosa y revela qué sucede realmente en tu organismo

García ha compartido los consejos en redes sociales.

| Palma |

El eterno enfrentamiento entre el boniato y la patata ha encontrado una nueva protagonista. La reconocida nutricionista Boticaria García ha intervenido en el debate que arrastran las redes desde hace meses, especialmente tras la proliferación de consejos nutricionales que advierten sobre los temidos picos de glucosa. Su mensaje es claro y contundente: no todo lo que brilla en Instagram es oro, ni todo lo que genera un pico de azúcar en sangre debe considerarse el enemigo público número uno de nuestra alimentación.

La polémica surge de una paradoja aparentemente inexplicable. El boniato contiene seis veces más azúcar que la patata tradicional, y sin embargo, los gurús de la nutrición en redes sociales lo recomiendan como la opción más saludable. ¿Tiene sentido esta recomendación o estamos ante otra moda alimentaria sin fundamento científico? La respuesta, como casi siempre en nutrición, no es tan simple como parece.

Los datos nutricionales no mienten, pero tampoco cuentan toda la historia cuando se analizan de forma aislada. Lo que sucede en nuestro organismo tras ingerir uno u otro tubérculo tiene más que ver con la estructura molecular de sus componentes que con la cantidad absoluta de azúcares presentes en su composición.

La química detrás del almidón

Para entender este fenómeno, es necesario adentrarse en la estructura molecular del almidón que contienen tanto el boniato como la patata. Ambos tubérculos son ricos en este carbohidrato complejo, pero no todo el almidón es igual. La diferencia fundamental reside en cómo están organizadas las moléculas de glucosa que lo componen.

En el boniato, los azúcares se encuentran unidos de forma lineal y ordenada, como si fueran una cadena de personas tomadas de la mano formando una fila perfecta. Esta estructura se denomina amilosa y tiene una característica crucial: para que el azúcar pase a la sangre, las enzimas digestivas deben romper estos enlaces uno por uno, un proceso que requiere tiempo y esfuerzo.

Por el contrario, la patata presenta una estructura más ramificada llamada amilopectina. Si seguimos con el símil anterior, sería como tener múltiples filas de personas entrelazadas formando una red compleja. Esta configuración molecular permite que las enzimas digestivas ataquen simultáneamente múltiples puntos de la cadena, liberando glucosa de forma más rápida y masiva.

El proceso digestivo marca la diferencia

Cuando ingerimos patata, nuestro sistema digestivo fragmenta el almidón con mayor velocidad, provocando que la glucosa se libere de golpe al torrente sanguíneo. Este fenómeno genera el famoso pico de glucosa que tanto preocupa a quienes monitorizan constantemente sus niveles de azúcar en sangre con dispositivos de medición continua.

El boniato, con su estructura lineal, libera los azúcares de manera gradual y sostenida en el tiempo. Aunque contiene más azúcares simples en su composición inicial, el resultado final en el torrente sanguíneo es paradójicamente más moderado. Es como abrir un grifo lentamente en lugar de abrir la compuerta de una presa de golpe.

La importancia relativa de los picos de glucosa

Aquí llega el punto crucial del mensaje de Boticaria García, y quizás el más liberador para millones de personas que se han visto bombardeados con información alarmista sobre la glucosa. Si tu organismo funciona correctamente y no padeces diabetes ni problemas de resistencia a la insulina, tu cuerpo está perfectamente diseñado para gestionar estos picos de glucosa de forma natural.

El páncreas, ese órgano discreto pero fundamental, se encarga de secretar la insulina necesaria para que las células absorban esa glucosa y la conviertan en energía o la almacenen para uso futuro. Es un sistema que lleva millones de años perfeccionándose a través de la evolución.

La obsesión con la monitorización constante de la glucosa en personas sanas puede generar más ansiedad que beneficios reales. Los dispositivos de medición continua son herramientas valiosas para quienes padecen diabetes, pero su uso en población general ha creado una nueva forma de ortorexia: la preocupación patológica por mantener unos niveles de glucosa perfectamente estables.

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