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Análisis

Un pacto sobre la bocina y el peligro latente de Netanyahu para una paz duradera

El precio del petróleo se desploma al igual que las exportaciones de varios productores del golfo Pérsico

El presidente Trump. | Foto: Efe - YURI GRIPAS

| Teherán |

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmó solo unas horas atrás que, si por él fuera, se llevaría el petróleo de Irán. Pero según sus palabras los estadounidenses «estúpidos» prefieren que las tropas vuelvan a casa. Al término del ultimátum sobre el cierre del estrecho de Ormuz, consecuencia directa de los ataques de Washington e Israel contra Teherán iniciados el 28 de febrero, Trump había amenazado con desatar el «infierno» sobre lo que queda en pie del régimen de los ayatolás si este no cumplía con su plazo para reabrir el estratégico paso marítimo por el que se transporta aproximadamente una quinta parte del suministro ‌mundial de crudo.

En respuesta a una ‌propuesta de Estados Unidos a través del mediador Pakistán, Teherán rechazó en primer término un ‌alto el fuego y afirmó que era necesario poner fin a la guerra de forma permanente; también reclamó indemnizaciones por los daños y se opuso a la presión para reabrir Ormuz. Sobre la bocina el propio Trump anunció la paralización de los ataques por un periodo de quince días. Con las horas hemos conocido más detalles de lo plasmado en el papel.

A estas alturas, queda claro que Trump infravaloró las capacidades iraníes, dando por hecho que al hacer caer a su líder, como hizo semanas atrás con su fulminante acción relámpago sobre Caracas, el régimen se disolvería como el azucarillo de los restos del chavismo que encarna Nicolás Maduro, hoy reo aun sin juicio en un penal de Nueva York. Pero Irán no es Venezuela. Los hechos del 28 de febrero y las fechas posteriores lo han acreditado a través de un efecto cuyas dimensiones alcanzó pronto cotas mundiales.

La OPEP+ acordó recientemente aumentar las cuotas de producción de petróleo en 206.000 barriles diarios en mayo, ‌aunque ello sea en gran medida teórico, debido a que los miembros clave sencillamente no pueden aumentar la producción de la noche a la mañana por los cuellos de botella logísticos que los cierres de los estrechos han creado hasta el momento, con el freno a las exportaciones. Por si fuera poco, el problema no solo reside en las vías de transporte y empieza a planear el fantasma del desabastecimiento, especialmente en zonas del sudeste asiático y Europa. No en vano los propios medios de producción han sido intensamente golpeados en lugares clave como Emiratos, Catar o Arabia Saudí como parte de los efectos colaterales de la guerra emprendida por EEUU e Israel.

La buena noticia es que el precio del petróleo ha contenido su ascenso, que hasta hace solo algunas horas se antojaba imparable. El combustible mantuvo en los momentos previos al acuerdo de alto el fuego sus ganancias porque el riesgo en el campo de batalla ya no era algo teórico sino muy palpable. Ahora corresponde el balance de daños y el comprobar cómo puede reavivarse la navegación en puntos sensibles, azotados hasta hace horas por los drones y misiles. Algunos ya aventuraron que, incluso si la guerra termina, los daños a la infraestructura podrían dejar fuera de juego el ir y venir de los barriles esenciales para la vida moderna durante meses, no días.

Sin embargo, la guerra no ha concluido de forma definitiva. El acuerdo entre Estados Unidos e Irán se cimienta sobre una base poco sólida y el futuro más inmediato resulta incierto. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, puede tratar de torpedear el camino hacia una paz duradera y estable en la región en aras de su propio blindaje en el poder. No pocos analistas ven el ataque del 28 de febrero inducido por Tel Aviv, que de un modo u otro ya había decidido llevar la guerra a Teherán, así como expandir su zona de amortiguación en el sur de Líbano a costa de, por el momento, 1.500 muertos y miles de desplazados. La respuesta de Irán a ese escenario, contra bases de Estados Unidos e intereses de aliados, es lo que trató de mitigar, según algunas voces, la intervención de Washington. Un cálculo realmente pésimo.

El rechazo de Irán a doblegarse ante los deseos de Trump ha mantenido la tensión política en niveles elevados y ha dejado la diplomacia, ya seriamente en entredicho en el actual escenario internacional, pendiendo de un hilo. La declaración de un Trump rabioso e hiperventilado aludiendo a la aniquilación inminente de una civilización resulta sintomática. Con la guerra de Ucrania en su quinto año, el riesgo de contagio es ya elevado en buena parte de Oriente Medio. En Irak aumentan los pronunciamientos sectarios de chiíes cercanos a Irán. Incluso en la lejana Chechenia se movilizan voluntarios que prometen contribuir a la defensa de la nación persa si Estados Unidos toma la determinación de emprender la invasión terrestre para afianzar sus objetivos estratégicos.

Son malos momentos para el entente occidental. El propio Trump ha señalado en diversas ocasiones que la alianza atlántica es un ente carente de sentido sin la aportación estadounidense. El rechazo de socios como Reino Unido, Francia o Alemania de formar parte de una expedición militar para tomar por la fuerza el estrecho de Ormuz enervó sobremanera al inquilino de la Casa Blanca, que pasa más tiempo en su mansión de Mar-a-Lago (Florida) -bautizada por algunos como la 'Casa Blanca del sur'- que en su propia residencia oficial. La obsesión de Trump por defenestrar este proyecto de cooperación defensiva ya se vislumbró en su primer mandato. Sin embargo, en este segundo, parece carente de frenos, a pesar de que abandonar la OTAN sea de facto algo más difícil que decirlo en una rueda de prensa, o escribirlo en un mensaje de su propia red social. Todo ello con la figura de Pedro Sánchez ejerciendo de contrapeso y ganando protagonismo en el plano internacional.

Con todo el conflicto ha reducido el ‌suministro ‌mundial de crudo, lo que ha provocado que las primas al contado del crudo WTI estadounidense se disparen a máximos históricos, mientras las refinerías asiáticas y europeas se apresuran a asegurar suministros de sustitución ante la interrupción de los flujos procedentes de Oriente Medio. Los datos de los últimos días muestran cómo las exportaciones de varios productores del golfo Pérsico ya se han desplomado debido a las restricciones de tráfico a través del estrecho de Ormuz. El acuerdo de alto el fuego ofrece cierto alivio y contrapeso ‌y puede desencadenar un movimiento a la baja en la incertidumbre, pero las persistentes preocupaciones sobre el suministro debido al cuello de botella de Ormuz y a las instalaciones energéticas dañadas sostiene hasta este momento los precios en unos márgenes que empiezan a ser insostenibles para sectores determinados, como los transportistas o los taxistas. Queda por ver si lo que viene es una paulatina vuelta a la normalidad en los mercados y los círculos internacionales o si, por el contrario, asistimos al inicio de una escalada que cada vez más corre peligro de rebasar los límites regionales de Oriente Medio para convertirse en algo mayor y, si cabe, peor para todos.

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