A sus 81 años, Miguel Ríos (Granada, 1944) sigue escribiendo canciones lejos de la nostalgia cómoda y de los gestos de despedida. Su nuevo trabajo, El último vals, es un disco íntimo y combativo, un trabajo que mira al pasado sin complacencia y al presente sin anestesia, con la lucidez de quien ha vivido lo suficiente como para no engañarse. En esta entrevista, el cantante, músico y compositor repasa su relación con Mallorca, reflexiona sobre la memoria frente a la nostalgia, reivindica el rock como herramienta para contar la realidad y no esquiva asuntos incómodos, desde la desinformación hasta los conflictos políticos internacionales. Mañana viernes actuará en el Auditòrium de Palma, una cita en la que volverá a demostrar que sigue subiéndose al escenario con la convicción de que aún tiene mucho por decir.
A los 81 años presenta El último vals, un disco nuevo y muy personal. ¿Qué le impulsa a seguir escribiendo canciones cuando ya ha contado tantas y tantas historias?
— Yo creo que hay dos impulsos que se unen. Uno es brindar cosas nuevas, contarte a ti mismo, como yo he hecho desde que empecé a cantar, hablar de las cosas que eran generacionales, que estaban en el ambiente y siendo historia en ese momento. Y luego está el placer de seguir en el oficio. En el oficio también se trata de ofrecer a tus seguidores, a la gente que te ha mantenido durante mucho tiempo, a tus mecenas, otras propuestas. En ese sentido estoy bastante contento de poder seguir mirándome a mí y a mi alrededor para encontrar inspiración y hacer canciones.
Ha tocado muchas veces en Mallorca a lo largo de su carrera. ¿Qué recuerdos tiene de Palma y qué energía especial siente cuando actúa aquí?
— La verdad es que Palma es un sitio privilegiado y no lo descubro yo. Siempre te da mucha alegría ir a Palma a tocar. Primero porque en el Auditorium tocamos el día 9: es un sitio muy cómodo para actuar, un auditorio donde tienes a la gente muy presencial. Y luego está la ciudad, que es como un chute de Mediterráneo: te envuelve el espíritu de la ciudad y lo cosmopolita que es. A mí me encanta. También el sentido de aislamiento por unos días que pasas allí, la verdad es que es muy novedoso para mí.
Artistas de su generación, como Joaquín Sabina o Joan Manuel Serrat, ya han realizado sus giras de despedida, pero usted sigue en la carretera y presentando discos nuevos. Si nos fijamos en el título de El último vals, ¿es un adiós, una celebración o simplemente una nueva etapa para usted?
— Es una canción de amor. Es una canción de desamor, es un recuerdo de vivencias que he vivido personalmente y están plasmadas en una canción. Yo lo de despedirme lo tengo difícil, ya lo hice una vez [risas] y agoté el comodín de las despedidas.
En la rampa de salida abre el álbum con un canto a la vida desde la edad tardía. ¿Cómo se aprende a celebrar el presente cuando el tiempo aprieta?
— Yo creo que la vida es todo un esfuerzo para seguir mereciéndote lo que tienes. Tenemos un concierto de la vida, es algo que viene y que está todo prácticamente hecho. Yo creo que no hay que ir haciendo un constructo, una construcción de tu propia realidad, y no importa la edad que tengas, las emociones y la sensación de sentir la vida como el primer día persisten. En la rampa de salida es una canción curiosa, porque se nos ocurrió un día que estábamos tocando en México. Me fui a Pátzcuaro, el sitio donde se celebra la tradición del Día de Muertos con más enjundia, y resulta que me pareció una experiencia acojonante, porque la gente va a los cementerios con pertenencias del muerto que celebran y les ponen todas las ofrendas, las cosas que le gustaban. Es algo que, aunque sea una celebración religiosa, es muy pagana también. De pronto es como adorar al tótem, y la verdad me impresionó mucho. Encontré que eso era un canto a la vida, porque el muerto no estará muerto mientras los suyos, su familia y amigos, lo recuerden y le hagan ese tipo de homenajes.
«Palma es un sitio privilegiado y no lo descubro yo. Siempre te da mucha alegría ir a Mallorca a tocar»
Muchas canciones miran atrás, pero no con nostalgia complaciente. ¿Qué le ha enseñado la memoria?
— La verdad es que vivir también es una escuela permanente. Cuando ya estás en estas edades tienes una perspectiva bastante fidedigna de lo que tú eres, lo que a ti te gusta y lo que te ha movido. Yo a la nostalgia he intentado no rendirme a su complacencia, me interesa más la memoria. Me interesa más cultivar la memoria que la nostalgia. La nostalgia me parece un sentimiento de fin de vida, pero evidentemente te asalta. Como tienes mucha biografía detrás, hechos pasados, rememorables, te asaltan. Una de las cosas donde mejor se manifiesta es con las canciones, con la música. No es que tenga nostalgia de la época en que empecé, pero sí tengo un sentimiento que no puedo controlar, una sentimentalidad que no se puede controlar, eso te invade muchas veces.
Después de más de seis décadas de carrera, ¿qué le sigue sorprendiendo del público cuando sale a tocar en directo?
— La verdad es que ahora mismo, en esta gira, que son sitios más razonables para la comunicación, veo prácticamente a todo el público. No es como cuando vas a estadios o plazas de toros, donde mucha gente se te pierde. Aquí veo un público intergeneracional: mucha gente viene con sus padres, los abuelos incluso. Yo creo que un poco más arrastrados por el mayor, porque mi música, como la música de la gente de mi generación que seguimos en activo, ha sido un poco la banda sonora no de las vidas, sino de las casas, de los viajes en coche con los casetes, poniendo los CDs. Eso ha sido un lugar común para una familia. Yo tengo muchos seguidores de ese tipo. La verdad es que es muy bonito ver cómo, durante tantísimo tiempo, el 2 de enero entré por primera vez en un estudio en el año 62, son 64 años grabando discos y metido en el oficio, y ver cómo la gente crece contigo también es muy apasionante.
En algunas canciones aborda temas como el drama migratorio o los tiempos de los bulos y la desinformación que vivimos. ¿Cree usted que el rock sigue teniendo la obligación de incomodar?
— El rock no creo, tiene que ser el rockero. El rock es un contenedor de muchas filosofías; depende de la época y del momento, el rock ha servido para un roto y para un descosido. Yo sí tengo la sensación de que es una oportunidad de escribir canciones que cuenten la realidad de lo que se está viviendo. Me parecería que hacer un disco solo para la complacencia estética mía sería… pues para eso me las canto yo para mí y tan contento. Pero cuando sacas un disco, es una oferta a que la gente entienda cómo eres. En ese sentido me ha gustado siempre hablar de las cosas que me han importado, que me han conmovido, las que me han irritado y me han puesto de muy mala leche. Desde que tengo control de mi trabajo, porque hubo un tiempo en que tampoco podías hacer cosas que las compañías de discos no quisieran que hicieras.
No puedo evitar preguntarle por el conflicto en Venezuela. En sus canciones usted no rehúye mojarse ni tomar partido, ¿cómo observa esta situación tan polarizada?
— Es acojonante, es terrible. Es ver delante de tus ojos, en directo, con una percepción casi fílmica, cómo un tipo se pasa la ley por los huevos. Es un espectáculo tan grotesco y tan aterrador… Yo no tengo simpatías por Maduro ni su régimen, a mí me gusta la democracia sin paliativos, y Maduro era un dictador y sin más. Pero que venga otro dictador, o por lo menos un tipo que es un autócrata de tomo y lomo, y que luego haga esa exhibición de mal ganador, de tipo que lo pone todo y lo explica todo como si fuera realmente, que probablemente lo sea, el rey del planeta… ‘Voy a hacer lo que me salga de ahí, a ver qué van a decir los demás’, dice. Es una situación terrible. Y aparte de todo, seguir extrayendo petróleo cuando el planeta está en situaciones de SOS, situaciones límite, porque nos lo estamos cargando… Este tío es un engreído, el sheriff planetario que dice ‘yo estoy aquí y voy a repartir el mundo como yo quiera’. Visto en directo y sin anestesia es muy obsceno, casi pornográfico. Es un tipo que dice: ‘Te la voy a colar quieras o no’. Es terrible. Empezamos el año con unas imágenes de una violencia acojonante y, sobre todo, los analistas nos dicen que es muy difícil pararlo. La Unión Europea está fuera de juego y da miedo, porque está justificando todas las invasiones que ha habido. Ahora Putin estará totalmente contento de lo que ha hecho en Ucrania, y justificado, y Netanyahu y todos los trapos sucios unidos jamás serán vencidos.
«Me choca esta especie de vuelta a la espiritualidad beata; es estupendo, pero yo no creo, simplemente»
Usted se moja en muchos asuntos de la actualidad, pero otros lo esquivan, como ha ocurrido recientemente con Rosalía, por ejemplo.
— No tiene que mojarse porque sí, hará lo que quiera, no tiene por qué. Si no le conviene o entiende que no… Las personas somos personas. Yo lo que estoy es muy chocado con esta especie de vuelta a la espiritualidad beata, no a la que hemos tenido siempre, de intentar formar parte del todo, la filosofía que teníamos de jóvenes, de considerarnos parte de un engranaje universal, y volver a esas poses manieristas de una religión que practica muchísima gente, pero en la que yo, por ejemplo, no creo. Entonces, si hay una banda que te dice ‘yo creo en Dios’, me parece estupendo. Pues yo no, simplemente.
Si este fuera realmente el 'último vals', ¿qué le gustaría que el público mallorquín se llevara consigo al salir del Auditòrium?
— Yo lo que siempre he procurado es que el público salga y diga: ‘Este tío lo ha dado todo’. No desilusionar a la gente. Estamos teniendo suerte con la gira, ponemos temas del disco nuevo con las viejas canciones y se crea un ambiente muy chulo. Las canciones nuevas están engarzadas en el setlist con otras muy conocidas, no existen saltos en el discurso de presentación. A mí lo que me gustaría es que la gente, cuando saliera del Auditorium, viera que lo hemos dado todo, que la banda que llevo es buenísima –Luis Prado a los teclados, Jorge Ruiz al bajo y Samu Terreros en la batería–, gente muy virtuosa, y que salga la gente muy contenta y tarareando.
PereClaro, Maduro y Díaz Canel junto con Putin son unos grandes demócratas.