El inconfundible e intransferible glamour que siempre definió a Valentino Garavani (Veghera, Lombardía, 1932-Roma, 2026) también dejó su huella en Mallorca, punto de encuentro y visita obligada del legendario modista desde que en la década de los 70 quedara prendado de su magia y encantos tras un desfile junto a su buen amigo y compañero Elio Fiorucci, a bordo de un crucero amarrado en el palmesano Muelle de Paraires.
Desde entonces, y más en la década de los 90 y el cambio de siglo, ya no era extraño verle navegar o disfrutar de las aguas de Mallorca a Valentino. Lo hacía a bordo del emblemático Blue One, cuya silueta destacaba en escenarios como Es Trenc o Puerto Portals. A bordo o en torno a la mesa de algunos restaurantes icónicos, compartió confidencias junto a algunas de sus musas, pero también con personalidades de la la vida social, la realeza o actrices que, como sus diseños, marcaron una época.
Claudia Schiffer, Nati Abascal, Gwyneth Paltrow, Diandra Douglas, Rosario Nadal y su por entonces esposo, Kyril de Bulgaria, el príncipe Zourab Tchokotoua, Michael de Kent y su esposa, Marieta Salas, Carlos March Delgado o su buena amiga y confesora Cristina Macaya fueron algunas de sus compañías más ilustres y habituales durante esas décadas de idilio con Mallorca, donde su inconfundible bronceado ganaba cuerpo durante los meses de verano. También en Ibiza, otro lugar que forma parte de su largo recorrido vital y donde se dejó ver también de manera corriente, aprovechando su periplo estival por Baleares y el Mediterráneo occidental.
Su presencia era sinónimo de expectación, arrastrando a los medios desplazados a la Isla en verano, que encontraron en Valentino a un personaje de otra galaxia, que en ocasiones era amable y atento y en otras mostraba un lado más arisco con la prensa, buscando defender la intimidad y paz que buscaba en Mallorca y que los objetivos de las cámaras que le captaban nadando en Es Trenc o cenando con su 'corte' en el emblemático Flanigan, o pasando largas jornadas navegando por los rincones más recónditos de la Isla, siendo la popa del Blue One el único escaparate que le hacía visible.