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30 años de ‘Scream’, la película que redefinió el género ‘slasher’

Hay películas que se ven y películas que, con el paso del tiempo, se convierten en un punto de inflexión cultural. Scream (Wes Craven, 1996) pertenece, sin duda, a esta segunda categoría

Una escena de 'Scream'.

| Palma |

Hay películas que se ven y películas que, con el paso del tiempo, se convierten en un punto de inflexión cultural. Scream (Wes Craven, 1996) pertenece, sin duda, a esta segunda categoría. En el año en que se cumple el 30 aniversario de su estreno y coincidiendo con la llegada a los cines de Scream 7 –el viernes 27 de este mes–, resulta pertinente volver la vista atrás y analizar no solo qué supuso aquella película para el género slasher, sino también el modo en que redefinió la relación entre el cine de terror y su público. En mi caso, además, fue el inicio de una relación consciente y duradera con el cine.

Tenía 12 años cuando Scream irrumpió en mi imaginario como un cuchillo afilado (nunca mejor dicho). Antes incluso de verla, la cinta ya había demostrado una extraordinaria capacidad de seducción. Bastó un spot televisivo. Una llamada telefónica, una voz aparentemente inofensiva, una amenaza latente y una máscara blanca congelada en un gesto imposible entre el dolor y la burla. Aquella breve pieza promocional condensaba una promesa muy clara. Miedo, sí, pero también curiosidad infinita.

No la vi en una sala de cine. Como tantos otros espectadores de los años 90, mi primer encuentro con Scream se produjo en un videoclub. Hoy, esos espacios funcionan casi como restos arqueológicos de otra forma de consumo cultural: lugares donde elegir una película implicaba tiempo. Recuerdo alquilar la cinta, observar la carátula, leer la sinopsis y sentir una mezcla de inquietud y fascinación. Aquella experiencia doméstica, aparentemente menor, terminó siendo decisiva.

Porque Scream no era una película de terror más. Llegaba en un momento en el que el slasher parecía haber agotado su recorrido. Las reglas estaban establecidas, los mecanismos eran previsibles y el género se repetía a sí mismo. Wes Craven, que ya había contribuido decisivamente al terror moderno con Pesadilla en Elm Street, optó aquí por una operación radicalmente distinta: exponer las reglas del slasher, verbalizarlas y convertirlas en parte activa del relato.

Los personajes de Scream sabían que vivían dentro de una película de terror. Conocían las convenciones, las citaban y, en ocasiones, intentaban esquivarlas. Esta conciencia metacinematográfica no anulaba el miedo, sino que lo intensificaba. El espectador, invitado a compartir ese conocimiento, se convertía en un agente activo: anticipaba, sospechaba, jugaba. El terror dejaba de ser únicamente visceral para convertirse también en intelectual.

El impacto fue inmediato y profundo. Tras el éxito de Scream, el cine de terror adolescente experimentó un renacimiento comercial que dio lugar a una serie de títulos que intentaron reproducir su fórmula. Sé lo que hicisteis el último verano (1997) trasladó el slasher a una clave más romántica y melodramática; Leyenda Urbana (1998) explotó el imaginario de los mitos contemporáneos; incluso sagas como Destino Final heredaron, de manera indirecta, esa voluntad de dialogar con el espectador. Algunas de estas películas lograron entidad propia, y otras se limitaron a reproducir la superficie del modelo, sin alcanzar su complejidad.

Pero lo más importante de Scream no fueron las imitaciones, sino que cambió las reglas del juego: un terror autoconsciente, popular sin ser banal y entretenido sin renunciar a pensar sobre sí mismo. Ese juego metacinematográfico también tuvo sus riesgos. Las secuelas iniciales mantuvieron el equilibrio con aciertos y errores, pero Scream 4 (2011) parecía haber caído en lo que la primera criticaba: autoconsciencia repetida, reglas previsibles, historia girando sobre sí misma. Fue la primera y única entrega que fracasó, lo que produjo un parón sine die.

No fue hasta más de una década después que la saga se reinventó. Scream (2022) y Scream VI (2023) trajeron un relevo generacional, nuevos protagonistas y los legacy characters como memoria viva. Esta actualización supo mirar al pasado sin traicionar el espíritu original y la taquilla respondió con un entusiasmo masivo.

Treinta años después, Scream sigue más viva que nunca, jamás lo imaginé. No solo como saga de terror, sino como la película que me enseñó a mirar el cine de otra manera: con ojos curiosos, críticos y siempre abiertos al miedo y al placer que solo el cine sabe dar.

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