En los últimos tiempos en las Islas se ha consolidado un discurso político, empresarial y mediático claro, queremos atraer turismo de calidad, no de cantidad. Una apuesta razonable si consideramos la presión que el turismo masivo ejerce sobre nuestras infraestructuras, recursos naturales y calidad de vida. La idea de tener menos visitantes, pero con mayor poder adquisitivo, suena bien; más ingresos y menos saturación. Pero hay una consecuencia silenciosa de este modelo que cada vez se siente con más fuerza entre quienes vivimos aquí todo el año.
Porque si apostamos por un turismo de mayor nivel económico, ¿qué ocurre con los precios de hoteles, restaurantes, cafeterías, actividades culturales o deportivas? Suben. Ya no hablamos solo del coste de salir a comer un menú del día. Hablamos de que en muchas zonas el ocio ha dejado de ser accesible para los residentes. La paella del domingo en el puerto, un espectáculo con los niños, o incluso simplemente tomar un café en una terraza se han convertido en pequeños lujos reservados, muchas veces, al visitante. Lo preocupante es que esta transformación se está normalizando. Cada vez más locales y servicios se diseñan para el visitante, no para el residente. Se gentrifican barrios, desaparecen comercios de proximidad, y se sustituye el tejido social por una oferta pensada para quien solo está aquí una semana al año. Pero no acaba ahí. El problema más grave y estructural está en el precio de la vivienda, que no deja de crecer.
Comprar una casa o alquilar un piso en Palma, en municipios costeros o por toda la isla es, para muchos residentes, simplemente imposible. La presión turística y la inversión especulativa están desplazando a familias locales hacia el interior o directamente fuera de la isla. Jóvenes que no pueden emanciparse, trabajadores esenciales que no encuentran alojamiento asequible. La apuesta por el turismo de calidad es legítima y necesaria. Pero si de verdad queremos un modelo turístico sostenible, también tiene que ser socialmente sostenible. Es decir, no podemos expulsar, directa o indirectamente, a quienes vivimos y trabajamos en Balears. Las Islas del futuro no puede construirse de espaldas a quienes la habitan todo el año.