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El petróleo del siglo XXI

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Aunque la convulsa actualidad ha devuelto al petróleo al centro del debate internacional, la lectura reciente de un artículo me llevó a pensar en otra cuestión también relevante. Los datos —también los biomédicos— han llegado a calificarse como el petróleo del siglo XXI. Una expresión que puede parecer llamativa, pero que refleja el creciente valor económico, científico y estratégico que hoy adquiere la información biosanitaria.

El autor aludía a varios episodios que, a su juicio, reflejarían tensiones crecientes en torno a determinados acuerdos sanitarios promovidos por Estados Unidos en distintos países africanos. Entre ellos mencionaba la retirada de Zimbabue de un programa de cooperación sanitaria valorado en 367 millones de dólares, así como iniciativas planteadas en Zambia por más de 1.000 millones y en Kenia por unos 2.500 millones. Según se exponía, detrás de estos replanteamientos existirían desequilibrios que no habrían resultado favorables para esos países. Más allá de la interpretación concreta de cada caso, que exige siempre prudencia, el debate de fondo resulta difícil de ignorar.

En última instancia, la cuestión remite al valor que adquiere hoy la información biológica en el marco de la nueva economía del conocimiento. Las cifras ayudan a dimensionar el fenómeno. La OCDE sitúa el tamaño de la bioeconomía global entre 4 y 5 billones de dólares. McKinsey estima que las aplicaciones visibles de la denominada bio revolution podrían generar entre 2 y 4 billones de dólares de impacto económico directo anual en las próximas décadas. Y Grand View Research calcula que el mercado global de la biotecnología alcanzó 1,55 billones de dólares en 2023 y podría situarse en 3,88 billones en 2030.

¿Estamos ante una nueva forma de colonización? Conviene recordar que la colonización africana se intensificó de forma especialmente dura entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando las potencias europeas se repartieron casi todo el continente en busca de territorio, materias primas y control comercial. Si durante décadas África aportó recursos mientras otros concentraban la transformación industrial y los beneficios, la pregunta planteada es si algo parecido puede reproducirse con otro tipo de activos: los datos, las muestras biológicas y el conocimiento derivado de ellos.
Muchas de las desigualdades y consecuencias que todavía arrastran numerosos países africanos y que generan tanto sufrimiento, tienen ahí parte de su origen. Por eso, el paralelismo, con todas las cautelas, merece al menos ser tenido en cuenta.

Kwame Nkrumah advirtió hace décadas de que la independencia política podía convivir con nuevas formas de dependencia económica. A eso lo llamó neocolonialismo. No se trata de cuestionar la cooperación científica internacional, que sigue siendo necesaria, sino de no perder de vista que las desigualdades que marcaron la relación de África con las potencias extranjeras en los siglos XIX y XX no deberían reproducirse ahora bajo instrumentos más sofisticados, más técnicos y, precisamente por ello, menos visibles.

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