Hay restaurantes que triunfan por su ubicación, otros por su carta y algunos por convertirse en escenario de una moda pasajera. Y luego están los que sobreviven al paso del tiempo porque consiguen algo mucho más difícil: formar parte de la memoria emocional de una isla. Eso es lo que ocurre con Sa Soca, el restaurante familiar situado en la carretera que une Sant Josep con Sant Antoni que este 2026 celebra su 50 aniversario convertido en uno de los grandes guardianes de la cocina tradicional ibicenca.
La historia de Sa Soca comenzó oficialmente el 26 de mayo de 1976, aunque el proyecto empezó a gestarse varios años antes. El matrimonio formado por Antonia Marí Ribas, ibicenca de Sant Agustí, y Andrés Asensio, un almeriense que había llegado a la isla para trabajar instalando aires acondicionados y realizando servicios técnicos en hoteles de la bahía de Sant Antoni, decidieron embarcarse juntos en una aventura para la que, en realidad, no tenían experiencia previa. Ella trabajaba entonces en una ferretería y él alternaba trabajos de fontanero, camarero y técnico. Según recuerda su hija Alicia, cuando explicaron su idea hubo quien les dijo directamente que estaban «locos» y que no sabían dónde se metían. La intención inicial ni siquiera era abrir un restaurante. El proyecto comenzó como un pequeño bar-tienda levantado sobre la antigua finca familiar donde antes había una era y un almacén de aperos. Sin embargo, durante las obras el concepto fue evolucionando. Primero pensaron en un bar de tapas y finalmente decidieron apostar por un restaurante donde servir la cocina que Antonia había aprendido observando a su madre y reinterpretando con intuición propia.
Aquella Eivissa de mediados de los años setenta poco tenía que ver con la actual. La isla vivía todavía entre el mundo rural y el inicio del boom turístico. Sa Soca nació precisamente en ese contexto: una Eivissa todavía pausada, donde el campo seguía marcando el ritmo y donde los restaurantes familiares eran también puntos de encuentro social. Andrés se encargaba de recibir y atender a los clientes mientras Antonia gobernaba la cocina. La abuela también ayudaba entre fogones y en el huerto, y los hijos del matrimonio, Alicia y Andrés, crecieron literalmente entre mesas, cazuelas y clientes. «Es lo que hemos vivido toda la vida», explica Alicia Asensio al recordar aquellos primeros años en los que ella tenía apenas ocho años y su hermano, Andrés, cuatro. Desde entonces, la familia no se ha separado nunca del negocio.
LA CARTA.
La primera carta de Sa Soca era un retrato bastante fiel de la Eivissa gastronómica de entonces. Sofrit pagès, guisat de peix, frita de calamar, bullit de peix, arroz marinero o los buñuelos o la greixonera los fines de semana convivían con platos que con el tiempo acabarían convirtiéndose en auténticas señas de identidad de la casa. Uno de ellos fue el famoso estofado de conejo Sa Soca, una receta creada por Antonia que todavía hoy continúa preparándose prácticamente igual que hace cinco décadas. Antonia llegó a explicar que el secreto del plato estaba en una combinación de vino, champiñones y una mezcla de diecisiete hierbas aromáticas. Lo cocinaba lentamente hasta conseguir una textura suave y melosa que terminó convirtiéndose en el plato estrella del restaurante. También destacaban la paletilla de cordero, las paellas y muchos de los platos tradicionales ibicencos que la propia Antonia enseñó posteriormente a todos los cocineros que pasaron por la cocina del restaurante.
CLIENTES.
Durante los primeros años, la clientela estaba formada por alemanes, ingleses, franceses y españoles que empezaban a descubrir una Eivissa todavía auténtica y rural. Muchos de ellos no solo siguieron regresando con el paso de las décadas, sino que acabaron trayendo después a sus hijos y nietos. Hoy, Alicia habla ya de cuatro generaciones de clientes que han pasado por las mesas de Sa Soca. Esa fidelidad, según explica la familia, tiene mucho que ver con la sensación de continuidad que todavía transmite el restaurante. Muchos visitantes sienten que Sa Soca conserva una esencia de la isla que ha desaparecido en otros lugares. «Dicen que les recuerda a la Eivissa que conocieron de pequeños», cuenta Alicia. En una isla marcada por la transformación urbanística y turística, el restaurante se ha convertido casi en un refugio emocional para quienes buscan todavía una Eivissa tranquila, familiar y cercana.
Parte de esa identidad se encuentra también en el trato al cliente, una filosofía heredada directamente de Andrés Asensio. Antes de fallecer prematuramente en 1989, repetía constantemente a sus hijos que ganar un cliente requería meses y perderlo apenas unos segundos. Para él, recordar el nombre de las personas, cuidar cada detalle y hacer que la gente se sintiera como en casa formaba parte esencial del oficio. «Siempre decía que había que mimar a la gente», recuerda Alicia. A pesar de hablar poco los idiomas extranjeros, Andrés conseguía entenderse con todos gracias a una mezcla de cercanía, simpatía y hospitalidad que todavía hoy sigue marcando el carácter del restaurante.
Por Sa Soca han pasado también numerosas personalidades conocidas. Antonia recordaba entre risas las visitas de artistas y famosos como Raphael, Juanito Valderrama, Pepe Navarro, ‘Papuchi’ Iglesias o la actriz Maria Schneider, que recientemente había de ‘El último tango en París’. Entre las anécdotas más comentadas figura una relacionada con Paco de Lucía, a quien Andrés terminó expulsando del restaurante de madrugada porque el ambiente se había descontrolado demasiado. Pero más allá de las anécdotas y los rostros conocidos, el verdadero valor de Sa Soca ha sido siempre su capacidad para mantenerse fiel a sí mismo. Mientras Eivissa evolucionaba hacia un modelo turístico cada vez más vinculado al lujo, la fiesta y la rotación rápida de visitantes, el restaurante siguió defendiendo una cocina pausada, basada en el producto fresco y en recetas que requieren tiempo.
UNA FAMILIA.
Esa filosofía continúa hoy plenamente vigente. Alicia y su hermano Andrés hijo son actualmente quienes gestionan el negocio, manteniendo todavía la estructura de pequeño restaurante familiar. El equipo está formado por apenas nueve personas y sigue funcionando con una dinámica muy artesanal. Muchos platos, especialmente los arroces, fideuás, el bullit de peix o guisados marineros, deben encargarse con un día de antelación para poder prepararlos con calma y garantizar la calidad del producto. Al frente de la cocina se encuentra actualmente José Navarro, cocinero con más de cuarenta años de experiencia que lleva cinco temporadas trabajando junto a la familia. Sin embargo, Alicia reconoce que uno de los mayores retos actuales es, precisamente, encontrar personal formado en cocina tradicional ibicenca. Durante años, muchos jóvenes cocineros apostaron por tendencias más modernas y ahora cuesta encontrar profesionales capaces de elaborar platos tradicionales que requieren tiempo, técnica y paciencia.
La preocupación de la familia va más allá de la gastronomía. Alicia tiene cierta nostalgia por una Eivissa que siente que se está perdiendo progresivamente. Habla del encarecimiento de la isla y de un modelo turístico donde, en demasiados lugares, el cliente «se convierte solo en un número».
También observan cambios profundos en el sector de la hostelería. Las nuevas generaciones, explican, ya no están dispuestas a asumir jornadas maratonianas como las que soportaron sus padres durante décadas. Antonia llegó a pasar hasta dieciséis horas diarias en la cocina en los años más intensos del restaurante. Hoy, en cambio, el gran desafío es encontrar relevo generacional y mantener viva una forma de entender la restauración basada en el sacrificio y el trato cercano.
Aun así, Sa Soca sigue resistiendo. Lo hace desde su comedor rústico, desde su terraza cubierta de viñas y desde ese entorno rural que todavía conserva parte del paisaje agrícola de Eivissa. Continúa recibiendo tanto a residentes como a turistas que buscan algo más que una simple cena: buscan reencontrarse con una parte de la Eivissa de siempre. Cinco décadas después de su apertura, el restaurante mantiene intacta la esencia con la que nació en 1976: una cocina hecha sin prisas, un servicio cercano y la idea de que comer fuera puede seguir siendo una experiencia profundamente humana. En una isla que ha cambiado radicalmente en medio siglo, quizá esa sea precisamente la razón por la que Sa Soca continúa llenando sus mesas. El restaurante Sa Soca abre todos los días de la semana a excepción de los lunes. De martes a viernes en horario de cenas, mientras que el sábado también abre al mediodía. En esta época del año, los domingos abre al mediodía, pero en pleno verano cambia el turno y solo abre por la noche.