Enrique Pérez Guerra, que ahora tiene 69 años, era solo un crío de 12 cuando el cura al que quiso confesarle su inquietud por ser misionero abusó sexualmente de él. «La presión que sentí fue insoportable y me dejó secuelas. La superación idílica no existe porque siempre queda un lastre», cuenta desde su casa en Palma. Él es una de los miles de víctimas por pederastia dentro de la Iglesia española que ahora ven cómo los obispos finalmente han cedido a la presión social y mediática, firmando con el Gobierno un acuerdo histórico para tratar de reparar a los afectados.
«No sé hasta qué punto tiene un aire de lavado de cara o de calado real», confiesa con escepticismo sobre el tratado y tras décadas en las que la Iglesia ha mirado a otra parte. «Tanto en la parroquia como en la orden religiosa y la diócesis siempre sentí miradas de asco cuando pregunté por este asunto; comentarios sobre el hecho de que «eso pasó hace muchos años» o que no era algo especial porque, según decían, también ocurría en la enseñanza, el deporte o en el mundo de la danza», comenta Pérez Guerra, que lamenta que el clero haya tratado de «minimizar los casos y culpabilizarnos». «El texto firmado ahora incluso tiene cierto retintín, como dando a entender que eso pasa en otros ambientes», insiste.
«En otros países muy católicos, como Irlanda, o en ciudades como Boston, donde la prensa destapó muchos casos, asumieron mayor responsabilidad. Incluso en la muy católica Polonia. Aquí, en cambio, se apostó por el silencio. Junto a Italia, España ha sido el país más reticente a la hora de tratar este tema», considera. Por eso no se le olvidará jamás de que durante el juicio contra el que luego sería el primer cura expulsado de la Iglesia por pederastia, el mallorquín Pere Barceló, otro sacerdote le defendiera diciendo: «Yo callé, olvidé y sanseacabó». «Una parte de la sociedad ha sido corresponsable, sobre todo en las zonas rurales», opina, y va más allá: «Con los niños robados y los fusilados que siguen en cunetas y fosas, la Iglesia ha sido cómplice porque potenciaron el silencio. No asumieron ninguna responsabilidad», reitera. «La plaza de San Pedro, en el Vaticano, simboliza un abrazo a los peregrinos, pero al que sufre hay que ir a buscarlo, no se puede esperar que venga. Y por nosotros no vino nadie», remarca. En cambio, valora positivamente que esto haya cambiado por la presión social y la influencia del Vaticano y el papa Francisco, que fue «el más cercano hacia nuestro colectivo». También reivindica el papel que ha tenido el diputado del PSOE Juan Cuatrecasas y su hijo, que siendo menor sufrió abusos sexuales por parte de un profesor del Opus Dei en el colegio vizcaíno de Gaztelueta.
Aunque la reparación económica que pueda haber tras el reciente acuerdo pueda ayudar, cree que el dinero «no te devuelve la infancia ni la adolescencia». «Para mí fue un calvario porque me sentía culpable; tuve miedo y dudas sobre si era homosexual. No lo hablé con nadie hasta la universidad. Me lo comí con patatas», relata. Para colmo, el entorno familiar solo complicó su situación porque su padre era un militar «muy de derechas», excombatiente de Franco y de la División Azul.
Testimonio pionero
La primera persona a quien le contó el abuso fue una compañera de clase que se convertiría en su pareja y con la que sigue felizmente casado. Muchos años más tarde, Pérez Guerra quiso contarle a su hijo lo que sufrió, por sinceridad y para prevenirle, pero como no se decidía escribió una carta que acabaría convertida en libro. Las tardes escondidas: Memorias de la agresión sexual a un niño, publicado en el año 2000, supuso un paso pionero para las víctimas. «Empecé a recibir muchos mensajes, y eso te cambia la perspectiva porque dejas de verte como un bicho raro», reconoce. Desde entonces participa en la Asociación Infancia Robada.
La agresión que le ha marcado de por vida ocurrió en Zaragoza, en 1969, pero desde los ochenta vive en Mallorca, donde trabajó de educador en el equipo técnico de Fiscalía de Menores. «Estudié Pedagogía y Psicología y he trabajado con delincuentes juveniles por vocación. Ahora, ya jubilado, sigo cercano al dolor humano como voluntario», explica. El daño que sufrió le distanció de la religión hasta ser un «anticlerical radical» en la universidad. «Busco motivos para volver a tener una fe, pero no los encuentro. Navego entre el agnosticismo y el misticismo ateo», confiesa.
... dos detalles quisiera destacar de este caso... primero, cuando dice que la propia sociedad es CORRESPONSABLE de los abusos, por disimular, mirando hacia otro lado en vez de apoyar a las víctimas e instar a las autoridades a que actuasen de oficio persiguiendo a la IGLESIA, a la que veían como intocable, que no lo es... hay que desenmascarar la hipocresía de muchos, y ese presunto escudo llamado fe que impedía comportarse como personas decentes... y segundo, cuando dice que el tema de los abusos en el seno del clero está cambiando, es gracias a la PRESIÓN SOCIAL... ha habido personas valientes, las víctimas que han levantado su dedo acusador, la prensa que se ha hecho eco y pintado la cara a unas gentes condescendientes con una confesión religiosa xxxxxxx, y unas autoridades que saben que han tenido que ser sacudidas desde la ciudadanía a que hiciesen su trabajo y no basta, pues la demora ha causado PRESCRIPCIÓN en la gran mayoría de los casos, lo que avergüenza a todos aquellos que ninguneaban la exigencia de transparencia y la persecución de curas xxxxxxxxxx por parte de los que siempre hemos defendido detención y juicio, con fotos y nombres en los medios, para escarnio de una xxxxx religiosa que SE LO MERECE... me congratulo que este señor haya perdido eso de la fe, que nunca he entendido, y que haya vuelto a ser una persona normal con sentido común...