Del nido vacío al nido lleno: «No poder emanciparse genera frustración, vergüenza o fracaso». Esta es la conclusión a la que llega Marta Huertas, vocal de Psicología Educativa del Col·legi Oficial de Psicologia de les Illes Balears (COPIB), al ser preguntada por las consecuencias psicológicas que tiene para una persona de 30 años o más no poder emanciparse de sus padres. No obstante, precisa que «conviene no patologizar algo que es, ante todo, una consecuencia de un entorno económico adverso. Estamos hablando de una limitación objetiva: salarios precarios, precios abusivos de la vivienda y una falta de políticas de apoyo a la emancipación».
En este punto, resalta que «desde la psicología, lo que vemos no es tanto un trastorno individual, sino los efectos de una estructura social que no ofrece condiciones adecuadas para desarrollar la autonomía adulta. Esto puede erosionar la autoestima o la sensación de control vital, pero no es una enfermedad, sino una respuesta humana ante la falta de opciones reales».
Estas afirmaciones son compartidas por el presidente del Consejo de la Juventud de Baleares, Pau Emili Muñoz, que resalta que muchos jóvenes están teniendo problemas de salud mental porque no pueden independizarse y desarrollar un proyecto de vida. «Han hecho todo lo que les han pedido para tener éxito en la vida: han estudiado, se han formado y, pese a todo, los sueldos de los jóvenes de las Islas no son suficientes para poder pagar un alquiler y, menos aún, para poder comprar un casa», recrimina.
Sin lugar a dudas, el acceso a la vivienda se ha convertido en uno de los principales problemas de los ciudadanos de Baleares, especialmente de los jóvenes, pero también de muchos divorciados que tienen que regresar a vivir con sus padres. Huertas expone que «volver al hogar familiar después de haber vivido de forma independiente se vive muchas veces con ambivalencia. Por un lado, genera seguridad y acogida; por otro, sensación de retroceso. Sin embargo, conviene resignificar esta experiencia. No siempre es un fracaso, sino un reajuste temporal en un contexto difícil». A su modo de ver, «en lugar de centrarnos en la vergüenza asociada, deberíamos preguntarnos qué modelo económico obliga a adultos formados y trabajadores a volver al punto de partida. La salud mental se resiente no por la convivencia en sí, sino por la sensación de impotencia estructural».
¿Cómo lo viven los padres?
Los padres, que suelen tener la vida resuelta y una vivienda en propiedad, no permanecen inmunes a esta situación. Al sufrimiento que les genera la frustración de sus hijos hay que añadir los cambios en su vida cotidiana. Si el nido vacío les provocaba tristeza, el nido lleno también les genera inconvenientes. «Los padres experimentan emociones mixtas: satisfacción por poder ayudar; pero también cansancio, invasión del espacio y ruptura de rutinas. A veces sienten culpa por desear recuperar su independencia», declara la psicóloga.
No sólo los divorciados regresan al hogar familiar, también hay hijos que se están llevando a sus parejas a vivir con sus padres. Ante estas situaciones, Huertas explica que «la convivencia intergeneracional requiere una renegociación constante de límites, espacios y autonomía. La pareja necesita preservar ámbitos de intimidad y no infantilizar su relación dentro del hogar paterno. Las discusiones deben tratarse sin involucrar al resto de la familia; y los padres, por su parte, deben evitar el papel de mediadores o árbitros. En cuanto a las relaciones entre generaciones políticas (suegros y nueras, yernos, etc.), la clave está en el respeto y en entender que todos ocupan un espacio legítimo, pero diferente. No debería haber jerarquías afectivas dentro de la convivencia».
Sobreprotección
La psicóloga asegura que «existe un fenómeno de sobreprotección, pero debe analizarse con cautela: los padres responden a una sociedad que infantiliza a las nuevas generaciones a través de la precariedad. Cuando los jóvenes no pueden acceder a la vivienda ni a salarios dignos, el hogar familiar se convierte en un refugio inevitable y los padres, a veces, asumen un rol que no les corresponde».
Aunque no es lo deseable, para muchas personas es imposible independizarse y otras muchas se ven obligadas a volver a vivir con sus padres. En estos casos, Huertas recomienda «aceptar la situación sin culpa ni resignación. No es un retroceso personal, sino una medida temporal dentro de una sociedad con carencias estructurales».
También sugiere «establecer normas claras de convivencia, una distribución equitativa de tareas y participación económica, si es posible». Además, insta a mantener espacios de autonomía simbólica: horarios propios, proyectos personales, vida social. En su opinión, «la convivencia no debe borrar los límites de la adultez. Y, sobre todo, hay que recordar que la solución real no pasa por adaptarse a cualquier precio, sino por exigir políticas públicas de vivienda, empleo y bienestar que hagan posible volver a hablar de emancipación como derecho, no como privilegio».
Jose Alfons20 milions de turistes i creixent? això és el cappitalisme en pur estat. Això ha duplicat població, que no t'enganin. I ara arriba el ppvox i vol encimentar-ho tot, 300.000 vivendes, pels residents? no, ho sabem tots