La insularidad de Baleares vuelve a situar al archipiélago en el eslabón más frágil de la cadena de suministro global. La actual crisis de costes energéticos como consecuencia de la guerra en Oriente Medio impactará con especial dureza en las Islas. Al ser una región que importa la práctica totalidad de lo que consume y carecer de una capacidad de autoabastecimiento significativa, Baleares se encuentra al final de una cadena donde todos los sobrecostes acumulados —desde la fabricación hasta el transporte— repercutirán directamente en el bolsillo del consumidor final.
Según advierte Enrique Muñoz Ulecia, investigador del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón (CITA), si no fuera por las regulaciones de precios a nivel estatal que mantienen cierta cohesión, el mercado libre castigaría a las Islas con incrementos de precios muy superiores a los de la península.
La raíz del problema es estructural y profunda. Muñoz Ulecia, experto en sostenibilidad y resiliencia agroalimentaria, es tajante: «El ser humano ya no come productos agrícolas hechos de energía solar, sino producidos por petróleo». La agricultura convencional depende críticamente de los combustibles fósiles no solo para la maquinaria o el regadío, sino para la síntesis de fertilizantes nitrogenados, cuyo coste de producción está ligado en un 70% al precio del gas natural. Con un gasóleo agrícola que ya ha subido un 40% y unos fertilizantes un 20% más caros, el escenario de un encarecimiento generalizado de los alimentos se vuelve «inevitable», afirma.
«El escenario inevitable es que haya un encarecimiento de productos. La cosa es hasta qué punto», afirma el investigador. «El peor escenario es un fallo sincrónico, que es cuando faltan recursos y no se puede producir suficiente, pero siendo muy eurocéntricos, los que más sufrirán, como siempre, serán los países del sur global», añade.
A pesar de que España diversifica sus importaciones y no depende directamente de Oriente Medio tanto como otros socios europeos, el mercado de estos recursos es global y altamente especulativo. Además, el encarecimiento de precios coincide con el inicio de la siembra en gran parte del mundo, por lo que los efectos descritos más arriba se evidenciarían a finales de este año.
Esta dependencia externa revela la vulnerabilidad de la agricultura intensiva frente a modelos como la agroecología o la agricultura regenerativa, que proponen reducir la necesidad de insumos importados. El reto, según el experto, no es la falta de capacidad productiva mundial —actualmente se produce el doble de lo necesario para alimentar a la población—, sino una distribución desigual y un sobreconsumo basado en la depredación de recursos. Para regiones como Baleares, el aviso es claro: la transición hacia modelos menos dependientes del exterior no es solo una cuestión de sostenibilidad ambiental, sino de supervivencia económica ante un sistema alimentario que, hoy por hoy, depende de un petróleo cada vez más caro y geopolíticamente inestable.
Pues a usar abonos naturales que son gratis en todas las aceras de Palma y pueblos las hay.