La jubilación anticipada para tripulantes de cabina de pasajeros (TCP) avanza tras una reciente sentencia del Tribunal Supremo que permite a los sindicatos solicitar este derecho sin el respaldo de las aerolíneas. Por otra parte, el grupo parlamentario Sumar ha presentado una proposición no de ley en el Congreso para equiparar las condiciones de azafatas y auxiliares de vuelo con las de pilotos y otros profesionales del sector aéreo.
Irene Civera, azafata mallorquina desde 1988, celebra el avance aunque reconoce que el camino todavía es complicado. «Ojalá. Las cosas de palacio van muy despacio. La burocracia es complicadísima: te piden documentación de compañías que ya no existen o contratos donde no figura tu categoría profesional exacta». La veterana tripulante explica que la reivindicación no es sólo un tema económico, sino de reconocimiento a las condiciones de trabajo. Según Irene, los TCP sufren las mismas penosidades que los pilotos, como los cambios de horario, la nocturnidad y la exposición a radiaciones a gran altura. «Ellos ya tenían derecho a jubilarse, nosotros no, y ahí empezó la movilización», recuerda.
Sobre la evolución de la profesión, Irene señala que el perfil de las azafatas ha cambiado radicalmente desde los años ochenta. «Al principio era un trabajo casi elitista, porque no todo el mundo hablaba idiomas. Ahora existen escuelas y formación específica, y la profesión se ha popularizado mucho», afirma, mientras comenta que la preparación ya no depende únicamente de la compañía en la que trabajas, sino de un sistema educativo más amplio. También han cambiado los contratos, y con ellos la estabilidad laboral. Irene explica que antes la fidelidad y permanencia eran habituales, mientras que ahora predominan los contratos eventuales y los fijos discontinuos. «Ahora vuelas en temporada y te paran en invierno, como en hostelería. Incluso hay contratos de una semana para cubrir demandas puntuales, algo impensable antes», asegura.
El desgaste físico y emocional es otro de los aspectos que Irene destaca. Señala que la profesión tiene un impacto considerable en la salud por los turnos irregulares, el jet lag y las largas horas de pie. «La alimentación es complicada, estás muchas horas de pie y en una atmósfera artificial. Que estemos dentro del grupo de trabajos penosos es más que merecido», subraya.
En cuanto al impacto que tendría la jubilación anticipada, Irene señala que sería una oportunidad de mejorar la calidad de vida de muchos TCP. «Habría muchísima gente interesada. Es un trabajo que machaca, que complica la vida personal, con horarios imposibles de compaginar con familia y amigos. Para muchos sería una oportunidad de tener una vida más regular y descansada», explica.
Sobre la jubilación anticipada, Irene recuerda que existen diferencias entre compañías: «Hay empresas grandes y regulares que tienen convenios muy buenos y hace años que ofrecen prejubilaciones a los 50. Eso es jugar en primera división. Pero los que volamos en segunda o tercera línea, como en el charter, eso no existe», explica. Para ella, esto evidencia la desigualdad dentro del propio colectivo y refuerza la necesidad de un reconocimiento general: «Nos afecta igual que a los pilotos en cuanto a la penosidad, pero no todos tienen los mismos derechos».
Y, mirando atrás, Irene concluye con entusiasmo sobre su trayectoria. «Sí, sin duda. Yo vine a volar seis meses y han sido 38 años. Es una profesión que te pica el bichito: dura, exigente, pero con muchos alicientes. No lo cambiaría por nada».
Y subirse encima de un andamio con más de 60 años que es? Los sindicatos y el estado, unos vendidos. Discriminando a tope.