Ivonne y Blanca son pareja desde hace casi 30 años. Ambas nacieron hombre, hasta que decidieron dar el paso, cambiar de sexo y ser trans, que es lo que son hoy. O, para ser más precisos, mujeres en toda la extensión de la palabra: mental y físicamente. Y no solo eso. También decidieron unir sus vidas para siempre, con el beneplácito de los dos hijos de Ivonne, «que aceptaron a Blanca desde el primer momento».
Quedamos con ellas hace unos días en la Plaça de Espanya. En realidad, fue Ivonne quién me citó allí para contarme un chisme y quería hacerlo cara a cara. Hace meses, en otra conversación, Ivonne ya me había contado parte de su situación. No trabaja por un problema de salud, aunque percibe una pequeña pensión. «Blanca, en cambio, sí trabaja –dice–. Y encima ahorra».
O sea, que casi treinta años juntas.
Sí, más o menos –responde Ivonne, que lleva el peso de la conversación–. Nos conocimos siendo hombres las dos, luego hicimos la transición al mismo tiempo… Y aquí seguimos.
Fieles la una a la otra.
Ivonne matiza, sin rodeos:
A ver… Ni a ella ni a mí nos han gustado nunca las mujeres. Aunque ahora seamos mujeres, ellos nos sigue gustando. Quiero decir que no somos lesbianas, sino que a ella le gustan los hombres y a mí también…
Tal precisión abre la puerta a la siguiente pregunta.
Vale… ¿Entonces…?
Pues que nuestra relación es cada vez más sólida. Cada día estamos más a gusto la una con la otra. Pero, a la hora de las relaciones íntimas, ella las tiene con un señor y yo con otro. Eso sí: con total sinceridad mutua. Yo se lo cuento y ella me lo cuenta a mi… Yo sé que ella tiene un amigo especial con el que se ve de vez en cuando… Y si yo lo tuviera, también ella lo sabría
Una relación abierta, sin duda…
Sí, pero con normas muy claras. Nunca en nuestra habitación. Eso es sagrado. Pero no hay problemas, la casa tiene más espacios…
Noto que la conversación, lejos de tensarse, fluye con naturalidad.
Pero vosotras… Ivonne y usted, ¿también tienen…?
¿Relaciones entre nosotras? –se miran y sonríen–. ¡Qué va! En absoluto –responde Ivonne–. Ya lo hemos dicho: no somos lesbianas. Nos gustan los hombres. Nunca hemos tenido ese tipo de relación entre nosotras, ni tampoco relaciones poliamorosas…
Y sin embargo…
Nos queremos –corta, con firmeza–. Llevamos casi treinta años juntas. Vivimos juntas. Nos respetamos. Nos hemos querido siempre, incluso cuando éramos hombres… Y ahora, como mujeres, seguimos igual. En nuestra relación no hay atracción sexual, pero hay algo más importante: nos entendemos, nos cuidamos y somos felices. El sexo, si existe, es por separado. Y siempre con una línea que no se cruza: nuestra habitación.
¡Espía!
Pues ahí lo dejamos. Sin dramatismos ni discursos… Eso sí, otro día contaremos como fue la infancia y juventud de Ivonne, nacida en una pueblo de Mallorca, por lo que tuvo que ocultar su condición de homosexual, casándose con una mujer, con la que tuvo dos hijos, de la que, tiempo después, se divorció. Posteriormente, salió del armario, y más adelante conoció a Blanca, con la que vive feliz desde entonces. Como digo, la suya es una historia dura, pero bella, que merece más espacio, que buscaré otro día para contarla...
Pues que llegados a este punto, le recuerdo a Ivonne que me cuente el motivo inicial del por qué de este encuentro. O sea, el chisme que me quiere contar…
Y entonces cambia el tono.
«Pues resulta que una señora, a la que tengo todo el respeto, una madrugada me escribe por Messenger, en Facebook, para decirme que una aplicación le ha dicho que soy una espía. Así, tal cual. Y que por eso, no quiere saber nada más de mí –hace una pequeñas pausa–. Y me escribe de madrugada, con mi madre enferma… Por lo que pensé que pasaba algo grave, que había empeorado. Pero no. Era eso. Que, según una aplicación, soy una espía. Y sin más explicación, va y me bloquea.
Bueno… Eso es una tontería. Yo no le daría la menor importancia. Hablaría con ella y lo aclararía.
–No. En todo caso, que dé ella el paso, ya que es quién ha dicho algo que no es verdad. Y me preocupa otra cosa: que no me lo haya dicho solo a mí. Que lo haya ido contando por ahí… Eso es lo que temo, y más cuando soy una mujer tranquila, que no me meto en problemas y no hablo mal de nadie. Al contrario: hablo siempre bien de la gente… Por eso me inquieta que esa persona pueda estar diciendo eso de mi por ahí…
No haga caso –insisto– ¿Y se puede saber quién es?
–No voy a dar su nombre. ¿Para qué? Yo lo único que querría es que me llamara y que habláramos…
Pues si la ha bloqueado, no lo hará, le digo. Le insisto que no le dé más importancia… O que haga como yo: que se olvide de las redes sociales. Para muchos serán un entretenimiento, un escaparate… Pero ya tenemos suficientes problemas como para añadir más por esa vía.
La conversación se diluye. El café se enfría y a través de los ventanales del Bar Cristal vemos que el día es soleado, bonito, así que, tras haberle dedicado tiempo a una bella historia de amor sin sexo y un delirio digital de madrugada, charlamos de otras cosas… De que se había metido de lleno en el mundo de la IA, sobre todo aplicada a la fotografía, campo en el que se manejaba con soltura. Pero desde que la aplicación Gro, que era la que utilizaba, pasó a ser de pago, lo ha dejado un poco de lado.
¿Pero por qué nos obligan ahora a negar la realidad y hasta a incriminarnos por decir las cosas como son? Esto es una dictadura.