La asociación de investigación marina Tursiops propone al Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demogrático (Miteco) crear un modelo dinámico que utilizando cámaras térmicas e Inteligencia Artificial informe a los barcos que navegan por las aguas de Baleares de la presencia de cachalotes con el objetivo de que reduzcan su velocidad y evitar así atropellos.
Las aguas del archipiélago son un hábitat crítico para el cachalote y las colisiones con embarcaciones son uno de los principales problemas de supervivencia para esta especie catalogada en el Mediterráneo por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) «en peligro de extinción».
«Pensamos que las propuestas de reducir velocidades en zonas muy amplias son difícilmente aplicables por la necesidad de transporte de las navieras, por eso desde hace tiempo trabajamos para modelar qué factores explican la distribución de los cachalotes en Baleares. Es algo similar a lo que se hace para predecir los movimientos de personas. Si sabemos cuáles son los principales centros de trabajo, zonas de viviendas, de compras y restaurantes, por ejemplo, podemos predecir por dónde se va a mover la gente. Eso permite saber dónde construir carreteras o donde poner y cómo regular los semáforos… Con los cachalotes lo que se plantea es hacer algo similar. Trabajamos para aproximarnos a dibujar ese mapa de movilidad de los cachalotes que no tiene nada que ver con casas, restaurantes o ciudades sino con tipos de fondos, profundidad, orientación y pendiente, también con diferentes características oceanográficas como la temperatura superficial y las salinidades. Estamos modelando y mapeando la distribución para los canales de Mallorca y Menorca. El objetivo es hacer un modelo dinámico que informe a los barcos de dónde van a estar esos animales para que reduzcan la velocidad en esos lugares conflictivos», explica Txema Brotons fundador y director científico de Tursiops.
Biólogo especializado en cetáceos y acústica Brotons es uno de los grandes conocedores de los cetáceos en el archipiélago. No solo trabaja para medir los impactos sobre los cachalotes sino que estudia también el impacto de la actividad humana sobre los delfines.
En 2015 lideró una investigación que demostró que los delfines mulares que habitan las aguas de Baleares, se alejan de la costa durante la temporada alta turística. También observó que la capacidad del delfín mular de escuchar sonidos disminuye con la presencia de barcos. Su equipo utilizó hidrófonos para medir la pérdida en los delfines de la capacidad de escuchar el silbido de un semejante en varios escenarios en Pitiusas, en lugares con mayor y menor contaminación acústica, concluyendo que esa distancia se ve reducida por el ruido.
El siguiente paso sería saber si los animales son capaces de modular su timbre para superar el alto nivel de decibelios, algo que se acaba de comprobar científicamente en la población de los calderones que habitan en el Estrecho de Gibraltar, el lugar del Mediterráneo con mayor tráfico marítimo. Cada 4,8 minutos un buque lo atraviesa. Unos 300 embarcaciones lo cruzan cada día.
Los investigadores colocaron dispositivos de grabación en una veintena de ballenas piloto de aleta larga, también llamadas calderones) registrando cerca de 1.500 vocalizaciones de los cetáceos, además del ruido ambiental.
Observaron los cambios en distintos escenarios, si bajaban a más profundidad, si interactuaban con sus congéneres o si buscaban comida y el trabajo concluyó sin ningún género de dudas que en todos los escenarios los cachalotes elevan su voz cuanto aumenta el ruido en el mar.
Aún así, por mucho que 'gritaran' no lograron igualar el ruido de la contaminación acústica. Por cada decibelio de ruido que genera el tráfico marítimo, los calderones comunes suben el volumen de sus vocalizaciones una media de 0,5 dB. ‘Gritar’ no evita que sus comunicaciones se vean perjudicadas por el ruido de las embarcaciones.