Spencer Littleson (Rochester Hills, Michigan, 1998) siempre ha puesto en valor los intangibles de su juego. Eso quiere decir que cualquier balón suelto es suyo. Se atribuye la responsabilidad de defender al jugador exterior más duro del rival y, si puede aportar algún destello en ataque, lo hará.
Esta descripción del escolta estadounidense se podría corresponder a la increíble temporada que está realizando en el Hestia Menorca. Es el segundo máximo anotador de Primera FEB con una media de 17,06 puntos por partido, tan solo por detrás de un exACB como Vítor Benite, quien promedia otros 17,35.
Pero nada más lejos de la realidad. Esas primeras líneas las escribió el periodista Brian Buckey en una publicación del 11 de diciembre de 2019 en el periódico The Blade de Toledo (Ohio), muchos meses antes de estar a prueba en varios equipos NBA (Warriors, Lakers, Pistons y Cavaliers) y cruzar el charco para labrarse una carrera en Europa: Bélgica, Portugal y, ahora, España.
Valor seguro
El talento, unido a una mentalidad de lo más profesional y un liderazgo desde el trabajo diario, son motivo de orgullo para su entrenador, Javi Zamora, a quien Spencer le gustaría emular una vez se retire como jugador. «Quiero ser entrenador, lo tengo claro», comenta el natural de Míchigan.
«El miércoles estaba en el hospital con un problema en la espalda, pero tenía la determinación de jugar y ayudar al equipo. Es un jugador que se diferencia por sus valores y su manera de trabajar. Tengo la suerte de haber entrenado a muchos jugadores, pero no he tenido muchos como él», verbalizaba el madrileño tras la última victoria ante Gipuzkoa. Este sábado (19.30h), el Hestia Menorca tiene el reto de vencer a Grupo Alega Cantabria, el pasado de Spencer Littleson.
¿Ha tenido tiempo suficiente para descansar tras estas dos semanas de parón?
—Sí, es un gran momento para los jugadores. Tengo una familia, mi esposa y mi hijo están viviendo aquí, en la Isla, por lo que tener este tiempo libre es perfecto. Pasas algo de tiempo con tu familia y después estás listo para volver a la rutina, sin duda.
¿Sus padres le visitan a menudo?
—Sí, mis padres suelen venir dos veces al año y se quedan dos semanas en cada ocasión. De hecho, ahora mismo mis suegros están aquí y se quedan una semana.
Siempre es un placer que la familia venga a ver a nuestro hijo, su nieto. Pienso que el tiempo en familia es muy importante cuando estás lejos tantos meses.
Se ha convertido en un jugador crucial para el Hestia. ¿Se esperaba tener este impacto?
—No diría que estoy sorprendido. Es decir, sé que el sistema de juego que tiene el entrenador tenía un encaje ideal para mí.
Es algo que hablamos los dos antes de venir aquí y, bueno, esperaba tener una buena temporada con él. Sabía que el sistema que estábamos implementando y todo lo demás me vendría de maravilla.
En el anuncio de su fichaje dijo que había oído «cosas muy buenas sobre el club y la Isla». ¿Quién se las contó?
—Hablé con mucha gente: Agustí Sans, Eric Demers, que jugó aquí… incluso con Jalen Cone. Así podía tener diferentes puntos de vista. Y todos decían cosas buenas.
Justo había acabado el curso con una actuación colosal en Zamora para asegurar la permanencia de G.A. Cantabria en Primera FEB. Anotó 33 puntos y al final del que es su último partido con los cántabros rompió a llorar. ¿Qué razón había detrás de ello?¿Sabía que era su último encuentro con el equipo?
—Mi hijo debía nacer esa semana. Hablé con el club y me dijeron que si ganábamos el partido y nos salvábamos en esa penúltima jornada, podría ir a casa y estar presente en el nacimiento de mi hijo. Por eso era un partido tan importante para mí.
Mi esposa estaba en Estados Unidos esperándome, con suerte, para que naciese el bebé. Jugamos el viernes, cogí mi vuelo el sábado por la mañana y llegué a casa el domingo. Ese mismo día fuimos al hospital y el lunes ya nació mi hijo. Ese momento significó muchísimo para mí.
Y ahora está con su hijo en Menorca. Muchos equipos llamaron a su puerta en verano, pero priorizó al Hestia. ¿Por qué la Isla y no otro lugar? ¿Cómo fueron las negociaciones?
—Hubo muchas cosas. Primero, las cosas buenas que me decía la gente. Y luego, el entrenador estaba muy enfocado en desarrollarme como jugador, lo cual agradecí mucho. Algo que quiero hacer es mejorar cada año, y eso es de lo que más hablamos durante el verano. Creo que eso fue lo más importante.
Y obviamente, la Isla es muy bonita. Considerarlo como un lugar para vivir con mi familia, sabiendo que es un poco más tranquilo durante esta época del año, era perfecto. Me encanta este estilo de vida insular. Ahora no hay mucha gente, mi mujer yo podemos ir a dar un paseo por el puerto y es maravilloso. Estoy muy relajado... tal vez necesite hacer más cosas y salir más a menudo de casa, pero estoy realmente bien (risas).
¿Y en qué se basaba ese desarrollo exactamente?
—Mi principal objetivo era jugar más con el balón en las manos, algo más off the dribble (generarse uno mismo el espacio para tirar). En Cantabria había mucho catch and shoot (recibir y tirar) y salir de bloqueos para tirar. Pero si puedo jugar algo más off the dribble y, en ese sentido, ampliar mi juego para poder anotar de más maneras...
Quería convertirme en un creador de juego más que en un simple anotador. Ayudar también a otros a anotar. Está siendo una gran experiencia. El míster hace un gran trabajo dándome confianza y diciéndome quién soy como jugador. Eso me ayuda mucho en el día a día. Me siento bien.
Zamora siempre habla de su gran disciplina. Pero es algo que ya resaltaban de usted en su etapa universitaria. ¿De dónde sale esa inspiración por mejorar día a día?
—Creo que es una mezcla de varias cosas. Viene de mi madre, que fue una gran atleta de joven y, sin duda, de mi padre, que fue mi entrenador y un hombre de negocios muy exitoso en Estados Unidos. Creo que esos atributos eran muy importantes para él y los interioricé por su forma de entrenarme.
Al principio de mi carrera pensamos que era importante contratar a un entrenador y trabajar en mi juego porque desde los 10 años sabía que quería ser profesional. Así que desde que estaba en sexto grado, con unos 12 años más o menos, empecé a trabajar con Rashad Phillips, una leyenda en mi zona, en Detroit. Poder desarrollar mi juego con él era algo increíble: trabajábamos todos los días, durante el verano, en la escuela… una o dos horas al día durante diez años.
Fue muy útil a la hora de mejorar los fundamentos individuales de mi juego y en el desarrollo de la mentalidad necesaria para ser un profesional, sin duda. Siempre intento ir hasta el último detalle y ver si puedo mejorar un uno por ciento cada día. Veremos hasta dónde me lleva.
El hecho de jugar en I División de NCAA con los Toledo Rockets, ¿fue una decisión clave para entender su posterior carrera?
—Tal vez fue mi decisión más importante como jugador de baloncesto, ya que había empezado en la Universidad de Duquesne. Tuve un primer año difícil: no jugaba mucho y anotaba algo así como un punto por partido. El hecho de ir a Toledo, que tenía un gran programa y ganaba muchos partidos, iba a ser difícil. Pero en ese punto de mi carrera, sabía que si me comprometía y tenía minutos, ganaría en confianza para demostrar que soy un buen jugador.
El entrenador planteaba un baloncesto muy sistemático y estricto. Creo que esa es una de las razones por las que soy más un jugador de sistema que de jugar a lo loco. Y eso encaja con el baloncesto español.
Allí conoció a Maurissa, quien hoy es su mujer. ¿Cómo afrontaron el momento en el que usted debía irse al extranjero para seguir su carrera y ella le siguió?
—Fue un gran paso para nosotros. Ella era enfermera y en mis dos primeros años como profesional estuvo trabajando de ello. Incluso, al tercer año consiguió un trabajo como entrenadora de voleibol en la Universidad de Toledo.
Pero eso requería mucha dedicación y ella sabía que quería estar conmigo aquí. Así que sí, el poder estar juntos significa mucho para mí. Este es el primer año de mis ya cinco como profesional en el que estamos juntos en Europa. El simple hecho de tenerla a ella y a mi hijo aquí conmigo es muy bueno para mi salud mental. Llego a casa y siento que realmente estoy en mi hogar.
Como jugadora de voleibol era increíble. Es una futura miembro del Salón de la Fama en la universidad, tiene muchísimos récords. Entiende de verdad los deportes. Puedo hablar con ella de cualquier cosa, que sé que me va a comprender. Me ayuda mucho y lo ve aboslutamente todo en el pabellón.
Le encantan los tiros libres. Si fallo uno, me lo hace saber. Esa es su prioridad (risas).
Por eso lidera el porcentaje de tiros libres en la Liga.
—Es mérito suyo. Si fallo alguno, me grita (risas).
Nuestro colaborador Sebastián Orfila asegura que en Bintalfa existe la Ley de Spencer: cuando más se necesitan los puntos, Spencer siempre aparece. ¿Lo siente así en la pista?
—Honestamente, hay momentos en los que solo tienes que intentar sentir el partido y darle al equipo lo que necesita.
Es algo de lo que Fernando (Zurbriggen) y yo hablamos. Hay veces que se me acerca y me dice ‘es hora de que aparezcas tú’ (risas). Tenemos una gran conexión por pasar mucho tiempo juntos. Es mi vecino. También en la pista, porque es el base (risas).
Al final se trata de eso, intentar hacer lo que puedas para ganar. Si soy yo quien está parado en la esquina y atrae a un defensa para habilitar a otro compañero que está jugando genial, no hay problema.
¿Y cómo es eso de que ahora bebe mate y obliga a su mujer a tomarlo?
—Eso no es verdad, Fer se equivoca (risas). Ya lo había probado alguna vez antes porque sabía lo beneficioso que puede ser para la salud. Pero todo surge porque cada vez que conozco a un compañero de otro país, intento preguntarle por cosas de su país importantes para él. Me interesan mucho otras culturas. Y bueno, al ser él argentino, sabía que iba a ser el mate.
Empezamos a hablar de ello y le pregunté ‘¿puedes enseñarme a hacerlo de verdad? Me encantaría ver algo auténtico, como lo harías tú’. Entonces vino a mi casa y me enseñó todo, hasta cómo calentar el agua. Luego empezamos a beberlo y a mi esposa ahora le encanta. A veces estamos en casa y me dice ‘oye, ¿quieres que vayamos a tomar mate?’ (risas).
Este buen ambiente ha contribuido a la racha triunfal del equipo. ¿Qué les hace ser tan temibles ahora?
—Jugamos muy bien en equipo, con jugadores increíbles, de muchísimo talento. Todos están dispuestos a sacrificarse y eso nos hace un gran equipo. Cuando priorizamos el colectivo a nosotros mismos, somos más fuertes que cada uno por su cuenta. Y cuando nos unimos, somos muy peligrosos porque tenemos muchas armas distintas.