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La delgada línea roja

Foto: Paco Sturla

| Maó |

Me está quedando una sensación rara, incómoda y cada vez más presente: la de no entender exactamente qué se permite y qué no sobre la pista. Y no por la dureza. El baloncesto siempre ha convivido con ella. Sino por la aparente ausencia de un criterio claro que la delimite.

No es algo puntual. En los últimos partidos que he podido analizar, la percepción se repite: acciones al límite, contactos continuos y decisiones que cambian en función del momento o del contexto. Y en ese escenario, el juego —y con él, el nivel de la competición— se resiente. Porque cuando el jugador duda, cuando no tiene claro hasta dónde puede ir, el baloncesto pierde fluidez y se vuelve espeso, trabado e imposible de interpretar.

Javier Zamora lo verbalizaba tras el partido ante Oviedo: jugadores «desconcertados por lo que se está permitiendo» y un nivel de contacto elevado en muchos tramos. Pero, sobre todo, apuntaba a lo importante: no es el contacto, es el criterio. La necesidad de una línea reconocible, estable y unificada que permita a todos saber a qué atenerse.

Porque cuando esa línea no es clara —o varía según el equipo arbitral— el partido se desordena. Se vuelve más físico, más reactivo, menos táctico. Y en este momento de la temporada, donde todos se juegan algo, ese matiz deja de ser menor. Cada contacto permitido, cada falta no señalada, cada decisión dudosa impacta directamente en el desarrollo del juego.

En ese sentido, resuenan las palabras de Saulo Hernández al final de la pasada temporada: equipos que elevan tanto la agresividad que terminan marcando el listón arbitral, árbitros que se acostumbran a ese contacto y acciones que en otros contextos serían falta clara dejan de serlo. Poco a poco, el juego se desplaza hacia un terreno más cercano a la batalla que al propio baloncesto.

No se trata de endurecer o suavizar. Se trata de mantener la coherencia. De que la línea sea visible, estable, reconocible y, sobre todo, unificada. De proteger el talento y penalizar la agresividad mal entendida. Y, ante todo, de que el jugador se sienta respetado y no tenga que interpretar en cada posesión qué está permitido y que no lo está.

Porque cuando eso ocurre, el problema ya no es el nivel de contacto, es el poder reconocer claramente donde está la delgada linea roja que define lo que es falta de lo que no.

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