A base de dedicación y pasión, el rugby se está haciendo un hueco en la agenda deportiva insular. El Menorca Rugby Club, entidad única en la Isla en estos momentos pese a la coexistencia de dos clubes en años anteriores, continúa expandiendo su cantera.
Son varios los equipos de formación que ha sacado a competir un club nómada que se ve en la obligación de cambiar de instalaciones cada dos por tres: el campo de césped natural en la pista de atletismo de Maó, el Municipal de Ses Canaletes en Sant Lluís, el campo de césped natural en Bintalfa... Pese a las dificultades que implica no contar con un hogar propio, la organización continúa sumando adeptos.
Hace apenas dos años nacía un equipo pionero en el que sus integrantes, aun a día de hoy, continúan disfrutando cada vez que bajan al barro. Se trata del sénior femenino que dirige el experimentado técnico Alfonso Alibés.
Los primeros frutos
Creado en un principio con apenas un par de jugadoras, el equipo ha ido creciendo hasta conformar un notable grupo en el que incluso se cuela una joven promesa como Lea Hernández (2010). Aún en 4º de ESO, esta jugadora ya combina los entrenamientos con el equipo masculino en categoría cadete con los del sénior femenino. Y eso que empezó hace menos de un año.
«Comencé a finales de abril con un entrenamiento con el equipo femenino. De pequeña ya había jugado un par de meses, pero mi padre y una amiga mía me dijeron de volver a probar. Quise volver a darle una oportunidad», explica.
La dura rutina que le obligaba a seguir el taekwondo, disciplina que venía practicando antes de lanzarse de lleno al rugby, desplazándose hasta Ciutadella dos días a la semana, fue uno de los detonantes del cambio. Pero lo que le acabaría enganchando al deporte de la pelota ovalada fue el compañerismo. «Me gusta mucho el trato con los compañeros, las recomendaciones y preocupaciones por parte de los entrenadores. Me han enseñado un montón sobre rugby y nos aconsejan a la hora de comer con tal de tener más energía para el día de partido», asegura.
Al mismo tiempo, ve en sus compañeras mayores a unas «buenas referentes». «A pesar de que son pocas, siempre tienen ganas de jugar y eso me motiva mucho», asevera.
Sus compañeras le devuelven los elogios a un joven talento que tiene una «energía contagiosa». «Ojalá hubiese más Leas», afirma Teresa. La turolense es la que más años lleva jugando. Fue durante su etapa universitaria en Zaragoza cuando descubrió este deporte. Desde que llegara a Menorca, Teresa ha visto una evolución que le invita a ser optimista. «Cuando llegué dije ‘qué bien que estas chicas van a crecer y van a poder jugar conmigo’», comenta la bautizada con cariño por sus compañeras como ‘Rizos’.
«Siempre pienso que ojalá hubiese conocido el rugby siendo más pequeña. Yo lo descubrí a los 18 años en la universidad y en cuanto lo empecé a vivir desde dentro dije ‘este es mi deporte’. Ojalá lo hubiera conocido antes, pero es que ni siquiera sabía que existía esto en España», confiesa.
Eso mismo le ocurría a la gran mayoría de integrantes del combinado que se han ido incorporando en los últimos meses. La única que ya estaba familiarizada con este deporte desde bien pequeña es Malia Alibés gracias a la figura de su padre Alfonso, quien ejerce de entrenador del equipo. Además, los hermanos de Malia también juegan en la misma entidad. De ahí que fueran los auténticos precursores de todo esto. «Cuando nací, mi padre ya jugaba a rugby. Era pequeña, pero recuerdo que venían jugadores ingleses para celebrar partidos contra el equipo de mi padre. He crecido dentro de ese equipo que era una familia, la misma que hemos trasladado a este. Hay un gran sentimiento de compañerismo», rememora.
«Junto a unos compañeros de clase y mi hermano Bruno, que por aquel entonces tenía 3 o 4 años, formamos un equipo para que nos saliera más barato el hecho de viajar para competir», relata sobre los inicios en el rugby. La propia Malia asegura que esos primeros años compitiendo y entrenando junto a chicos la «curtieron» de cara a ser mejor jugadora. «El rugby te otorga una gran disciplina. El hecho de jugar partidos de 80 minutos aguantando tantos contactos te ayuda mucho a nivel mental. Cuando te ocurre algo malo en tu vida cotidiana, el rugby te da mucha fuerza a la hora de superar esos problemas», sentencia.
Noa fue una de las que empezó gracias a Malia a eso de los 14 años. Antes practicaba boxeo, pero quería probar un deporte de contacto en equipo. Así fue como eligió el rugby. Pero al quedarse sola en un equipo de chicos, se empezó a mover para reclutar a nuevas compañeras. Ahora con 19 años ya está rodeada de muchas de aquellas chicas que conocía y les preguntaba «oye, ¿quieres jugar a rugby?».
Una de ellas es Maram, quien no le falló en su momento y ahora sigue a su lado. «No tenía ni idea de que había rugby en Menorca. Antes practicaba patinaje, pero estuve un año en Bélgica y dejé de hacer deporte», confiesa.
Si patinando le dolía la espalda, ahora le duele «todo». «Pero es un dolor diferente, me gusta. Me enamoré del rugby ya el primer día de entrenamiento», reconoce. A sus padres, asustados por la posibilidad de hacerse daño, no les gustaba la idea. «Son superprotectores y les asusta. Sigue sin gustarles que juegue, pero ya lo aceptan», explica una Maram comprometida al cien por cien con las suyas, al igual que Maria y Xènia.
Estas dos inseparables amigas se apuntaron juntas «sin saber nada de rugby», habiendo jugado antes a tenis. «Nos encontramos con un grupo de chicas espectacular, que juegan increíble. Generan una comunidad fuera del campo que también es muy importante. Tienen mucha paciencia», aseveran. Por último, ‘Rizos’ recuerda que no hay un cuerpo normativo para animarse a practicar rugby. «Todos tienen su función. Si eres el más gordo, vas a estar en la melé y te vas a llevar a todo el mundo por delante», comenta entre risas. «Animo a todas las chicas de la edad que sea a que prueben el rugby porque es un deporte maravilloso», remata con orgullo.