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Érase una vez un mundo casi imperfecto...

El perro y el lobo

Adaptación libre de la fábula "Le loup et le chien" de Jean de la Fontaine

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El invierno se estaba acercando y Louvel –el macho alfa de la manada– andaba algo preocupado por la escasez de alimento. Desde que el hombre les había ido ganando territorio era cada vez más difícil llevarse a la boca un buen pedazo de carne fresca. Además la manada había aumentado notablemente, ya se sabe: un verano cálido de largas noches, poco que llevarse a la boca, la luna llena, la sangre joven y algún que otro ingrediente indómito habían hecho que los crepúsculos de estío se convirtieran en placenteros festines de pasiones intensas.

Ahora lobeznos, lobatos, machos y hembras beta y omega, y la hembra alfa también, estaban escuálidos, prácticamente reducidos a huesos y piel. Así que Louvel decidió partir solo en busca de sustento. Unas horas después, y muchas millas más tarde, andaba olfateando el rastro de una posible presa. El aroma de cordero rollizo se iba haciendo cada vez más intenso y el famélico animal agudizó sus sentidos por si debía defenderse de algún perro guardián.

De repente topó con un Mastín –orondo, robusto y bello– que se había extraviado. Pensó en saltarle a la yugular, en descuartizarlo, en el olor de sus ricas entrañas; pero tuvo que sosegarse ante tan titánico animal. Así pues, nuestro querido Lobo decidió acercarse mansamente a la musculada bestia y entabló conversación dedicando un cumplido a sus esbeltas y bien nutridas carnes.

–Estimado señor mío a usted le corresponde ser tan fornido como yo– respondió el agasajado can–. Dejad el bosque, os irá bien –continuó–. Aquí sólo viven miserables, todos sus semejantes, pobres diablos, están condenados a morir de hambre por los caminos. Siempre al azar, sin un bocado seguro, sin casa, conquistándolo todo con fiereza. Sígame, le auguro el mejor de los destinos –sentenció el Mastín.

– ¿Y todo esto a qué precio?– preguntó el Lobo.

–No se preocupe por eso apreciado amigo –agregó el cortés cuadrúpedo– tan sólo deberá ahuyentar mendigos, ladrones, truhanes; halagar a los habitantes de la casa y seguir al Amo a todas partes, para complacerlo; pero, a cambio recibirá sobras a doquier: huesos de gallo, de pichón, sin contar el sinfín de caricias.
Louvel pensó en la infinidad de manjares a los que podría tener acceso y una lágrima de placer cayó por su bonito ojo amarillo. Sintió que su cuerpo se elevaba, el éxtasis era tal que por unos instantes dejó de ser materia. Conmovido al imaginar un cobijo con tantas delicias entró en un estado de satisfacción absoluta.
Al despertar de tan ingrávida experiencia ambos partieron hacia el mejor de los destinos –según había sentenciado el fornido Mastín– salivando desmesuradamente ante tan buenas expectativas alimenticias. Mas cuando el Lobo se giró hacía su nuevo amigo para dedicarle la mejor de sus sonrisas en señal de agradecimiento se fijó en una herida que éste tenía en el cuello.

– ¿Qué es esto?– exclamó el Lobo atónito.

–Nada– replicó el Mastín.

– ¿Cómo que nada?– arrebató Louvel.

–Poca cosa– añadió el perro guardián.

– ¿Qué es? – insistió el afamado animal.

–Nada, la marca del collar que el Amo me pone– apresuró en anunciar el can.

– ¿Un collar?– gritó – ¿Entonces no puedes correr libremente?– sentenció indignado.

–Si el amo no lo dispone… pero qué más da– concluyó dispuesto a cambiar de tema.

– ¡Cómo! ¡Qué más da! ¡Y tanto que da!– dijo el Lobo –.

De todo corazón renuncio a todo ágape y a cumplimentar a quien con adulterado afecto quiera aminorar mis ansias de correr libremente. A este precio no querría ni el más preciado tesoro.

Dicho esto, maestro Lobo huyó y sigue huyendo todavía.

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