Anna Ferrer es la primera de una familia que, tras décadas dedicándose a hacer pan, no ha seguido con ese oficio para trabajar en el mundo de la música. Pero la artista ha encontrado la forma de saldar cuentas a través del proyecto artístico «PA», que a final de este mes llega en formato de disco y que desde hace meses gira en forma de espectáculo. Este jueves estará en el Teatre Principal (20.30 horas) y el domingo en el Teatre des Born (19.30).
¿En qué momento nace la idea de convertir la historia personal en una obra de arte?
—A los 14 o 15 años escojo como profesión la música y el arte. Y eso implica que renuncio a ese legado familiar, pero llegando a los 30 me doy cuenta de lo que significa realmente, la renuncia tan grande que es. Llevar esa historia al arte creo que tiene que ver también con el contraste con el momento histórico que estamos viviendo, de transformación cultural en el mundo entero, por la globalización, y en Menorca, en concreto, también por la turistificación y la gentrificación. Siento como si, de repente, renunciar a un legado como el mío es un gesto muy grande al dejar de materializar esa cultura propia, pero a la vez tengo muy claro que quiero vivir de la música y del arte. Lo que hice es aferrarme a esa herramienta para traspasar el duelo.
¿Qué simboliza el pan?
—De repente, al abrirme a este proceso, me doy cuenta de todas las cosas que contiene el pan para mí, con muchísima información de todas las experiencias familiares vinculadas. Hay que tener en cuenta que, en mi caso, estamos hablando de un alimento que atraviesa varias generaciones, cuatro que sepamos. Este alimento contiene las alegrías y las desgracias del propio linaje, y en este proyecto hay cosas muy íntimas y personales que comparto de la historia familiar. Pero también está el simbolismo filosófico del alimento en sí, ya que las culturas del mundo y la religión han decidido ponerlo como la representación física del alma. Es el alimento más político para mí, que ha atravesado todas las culturas, todas las clases sociales, todos los tiempos en sus distintas formas y ha sido el símbolo de revolución; es el alimento más democrático, ha salvado a la gente del hambre.
Es el alimento universal, por decirlo de alguna forma...
—Es muy fuerte. Aparte, hay algo muy potente porque pensamos en el pan como algo ya cocido, pero puedes ir un poquito más atrás, coges la harina y el agua y dices ‘Qué alimentos tan básicos’. La magia que es juntar harina y agua y ver cómo se crea la vida a mí me recuerda, a nivel cósmico, al big bang, siempre lo imagino como algo muy parecido. Cuando pones harina dentro de agua y se empieza a generar allí la masa madre, es como la vida.
Todo parte de algo muy íntimo, muy ligado al territorio como es Menorca, pero con una proyección más global, ¿cierto?
—Sí, hay algo que me interesaba mucho y tiene que ver con mi relación estrecha con el mundo de la tradición. Es importante incluir las tradiciones del mundo, que de repente no se vuelva algo estrictamente local. Para mí supone una herramienta para reivindicar la tradición propia, la que conoces, pero también las tradiciones del mundo. Lo importante es que cada territorio pueda reconocer la suya para poder compartirla abiertamente con el resto, que no se convierta en algo cerrado. En cada lugar hay una historia con el pan, y en este caso me fijé en la elaboración del pan armenio, que se llama lavash, que tiene un ritual muy bonito y lo reivindico incluyendo una canción tradicional que se canta en Armenia para su elaboración.
¿Cómo está siendo trabajar con su padre, un protagonista más del espectáculo?
—Muy bonito. Uno de los regalos de esta vida mía es la familia que me ha tocado, me siento muy afortunada de haber nacido donde he nacido. Y vivir esta experiencia con mi padre es muy fuerte porque, de alguna forma, celebramos un poco la libertad, porque yo soy la primera generación que puede permitirse pensar en no hacer pan. Es como celebrar juntos la historia de todo un legado. He descubierto partes de él que me han sorprendido y me han enamorado aún más: la elegancia, la sensibilidad, la humildad, la curiosidad...
Un proyecto muy personal para el que se ha rodeado de un nuevo equipo artístico.
—He trabajado con Ernesto Artillo, que es un director muy inspirador que ha colaborado con figuras importantes del arte de las escénicas vanguardistas, y me ha ayudado en la conceptualización del proyecto, lo estético y con el guion. En la producción musical me ha acompañado de Alex Hernández del grupo Maestro Espada, con quien estudiamos los sonidos del obrador para poder entender cómo tenía que ir sonando ese disco. Y luego están Pol Batlle y Toni Lull, músicos que vienen de un panorama diferente, pero desde el principio tuve claro que tenían que ser ellos. Y fue por una cosa que tiene que ver con la forma que tienen de relacionarse con la música, muy desde el garaje, desde lo punk, con un componente callejero y muy sentido. Y eso para mí es como ir a la esencia de la música popular, porque a veces pensamos que la música tradicional son solo unos instrumentos y una forma de cantar, y para mí tiene más que ver con un código. Hemos dado con el sonido justo que buscaba, que era esta cosa industrial y mecánica, pero muy orgánica que tiene un obrador, en el que se trabaja con las manos, pero hay unas máquinas que te ayudan.
¿Alguna novedad para los dos conciertos en la Isla?
—El concierto va a ser el mismo, en principio, es un ritual y tiene su protocolo, aunque el hecho de que sea en Menorca ya lo cambia todo para mí. Lo más impactante de hacerlo aquí es la emoción de celebrarlo con la gente que ha comido el pan que mi propio legado ha cocinado. Es una absoluta comunión.
«Parenòstic» fue un trabajo que marcó un antes y un después en su carrera. ¿Cómo se relacionan estos dos discos?
— «Parenòstic» fue como el proceso que necesitaba artísticamente para reconocerme a mí misma. Integrar la música tradicional y la de creación como una misma cosa me lo dio todo y lo necesitaba para entenderme artísticamente. Con «PA» siento que ya no me tengo que plantear nada de mi identidad artística, ya estaba hablando ella misma, hay un código que ya decide por él mismo. Hay cosas que ya no me las cuestiono, como el bilingüismo, por ejemplo. Eso es algo que por el tema político, tanto por un lado como por el otro, puede llevar a que te cuestionen. Pero es lo que soy, compongo en castellano y en catalán y todo está bien porque soy yo y ya está. He cantado en catalán mucho un tipo de música más vinculada a la raíz, pero las canciones que me han llegado al alma y me han inspirado a componer sobre todo son latinoamericanas.
Hablando de proyección e idiomas, ¿ ha notado el efecto de que Pitchfork le hiciera una reseña con tan buena nota?
—Se agradecen un montón estos reconocimientos. Al final, defiendo que hacer música es como hacer pan. Yo cambio de oficio, pero sigo haciendo uno. Y he heredado la entrega y el sacrificio del oficio. Cuando te lo reconocen de la forma que sea, pues se agradece un montón y Pitchfork es un referente importante en la industria musical internacional de lo alternativo. Y sí que se ha notado en proyección internacional... Portugal, Francia e Italia son lugares en los que me estoy sintiendo bienvenida.
Si su familia alimenta a la gente con pan, ¿Anna Ferrer hace lo mismo a través de la música?
—Ese es mi objetivo, seguir haciendo pan a mi manera, que, de momento, es cantando.