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«En Biobío había muchos intereses en juego»

Ismael López viajó a Chile en pleno conflicto de los pueblos indígenas desplazados para construir la central hidroeléctrica de Endesa

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Ismael con su mujer Mariechen con el volcán Osorno y el lago Llanquihue al fondo.

15-02-2018

La ficha

El viajero es...

— Ismael López Alzina, migjorner de febrero de 1977, acaba de cumplir 41 años.

Profesión

— Es técnico deportivo, profesor de yoga y quiromasajista. Además compagina su trabajo con la música: es cantante del grupo Dalt s'era, que interpreta la música popular menorquina con un estilo rockero.

Vive en...

— Es Migjorn Gran

Qué motivó su viaje

— Conocer de primera mano el conflicto mapuche contra Endesa, en Chile.

Otros países visitados:

— Salió de España por primera vez a los 21 años y fue al Sáhara. Lo hizo como observador con otros jóvenes de Balears y la Associació d'Amics del Poble Saharaui. Un cúmulo de factores le llevó después a Chile, país donde conoció a su mujer y al que sigue vinculado.

Cuenta Ismael López Alzina que en noviembre del año 2000 viajó a Chile un poco «de carambola» aunque otros a lo suyo desde luego lo llamarían destino. Este migjorner, amante de la naturaleza y de la música -es la voz del grupo Dalt s'era-, decidió recorrer solo el país sudamericano después de varios intentos frustrados de organizar «un viaje largo» con amigos.

Eligió Chile por la facilidad del idioma común y el interés por conocer in situ un conflicto que en aquellos años estaba en plena efervescencia y en el que se implicaron otros jóvenes menorquines: la ocupación de tierras de los indígenas mapuches para la construcción de una presa en el río Biobío. El proyecto de Endesa para construir una central hidroeléctrica contaba con el apoyo del Estado chileno y movilizó a ecologistas nacionales y extranjeros, entre ellos la menorquina Patricia Ballesteros, quien dio visibilidad al conflicto al ser retenida por el gobierno de aquel país, recurrir la orden de expulsión que pesaba sobre ella y lograr que fuera revocada por la Corte Suprema.

Corría el año 1999. Ismael recuerda bien aquella historia porque es parte de la suya propia. Allí viajó también como voluntario para quedarse dos semanas pero se quedó diez meses. Y allí también conoció a quien es ahora su mujer y madre de sus dos hijos, Mariechen, natural de Puerto Montt y también en aquellos años voluntaria en apoyo de la comunidad indígena. Por eso este menorquín asegura que su viaje a Chile «no ha acabado», ya que por razones obvias, mantiene fuertes lazos con ese país.

¿Y qué sucedió con la movilización en la región de Biobío y la planta Ralco? «Pues que la hidroeléctrica se terminó haciendo, quedaron pocas familias, cinco o seis, que aguantaron todo lo que pudieron», explica Ismael, «las otras fueron permutando sus tierras pero muchas fueron engañadas, sin saber leer ni escribir, no sabían ni lo que firmaban», afirma López en esta entrevista. Con la distancia de los veinte años transcurridos (el proyecto comenzó a construirse en 1997), en esta historia de David contra Goliat, como en tantas otras, ganó el gigante.

«Había muchos intereses en juego», recuerda Ismael, «había ayuda de ONGs pero era más de tipo informativo, para dar a conocer lo que estaba pasando, y además, a pesar del conflicto y de los problemas legales, la empresa seguía, no dejaba de construir, y se hicieron más represas, porque era una red de varias centrales». «Se siguen construyendo y eso que ya están obsoletas», critica.

Ismael no mira atrás con desilusión pese a que esa lucha no se ganara. «Para mi fue un despertar y una reconexión, me reafirmé en el contacto con la naturaleza, que ya tenía en Menorca. No era solo la lucha contra Endesa sino a favor de la naturaleza en general, no puede ser que se destroce todo en nombre del progreso, hay alternativas», reflexiona.

Sobre su motivación en aquel primer gran viaje señala «mi inquietud era más por buscar experiencias, ver y convivir con la gente indígena, conocer formas de vida en muchos aspectos ancestrales y adaptarte, más que conocer ciudades europeas, que tienen muchas cosas interesantes pero yo prefería verlas en vivo que no en un museo».

Su viaje comenzó con un vuelo Barcelona-Santiago de Chile y continuó en autobús hasta Los Ángeles, una ciudad a unas siete horas de viaje hacia el sur. «De ahí ya tomé un autobús rural hacia la zona de la precordillera y la cordillera de los Andes, donde están las comunidades indígenas». Su idea era pasar por la zona de los mapuches y estar allí dos semanas para luego seguir ruta y conocer el país. La casualidad, de nuevo, hizo que se encontrara en su camino a personas que conocían el conflicto y que su estancia se prolongara durante meses... Antes de que en 2003 regresara para establecerse y vivir tres años en la ciudad de Temuco, en la novena región o región de La Araucanía.

Como había llegado con una visa de turista que solo le permitía estar en el país durante tres meses, Ismael viajaba a la vecina Argentina, conocía algunas de las ciudades fronterizas, San Carlos de Bariloche o El Bolsón, y regresaba a Chile; de este modo pudo alargar su estancia y también viajar por el país: conoció la costa del Pacífico, lugares como Valparaíso, y otros más al sur, como Chiloé.

A su regreso a Menorca, entre 2001 y 2003, pasó dos años trabajando y reuniendo lo necesario para volver a Chile, a donde volvió para reunirse con su mujer y vivir en Temuco.

A su regreso ya juntos a la Isla, decidieron regresar a Chile para formarse, durante más de un año, en la disciplina del yoga; ambos practican kundalini yoga -que aúna la parte física, la mental y la espiritual-, e Ismael además es quiromasajista e imparte yoga dinámico. De hecho, ha hecho de la enseñanza del yoga y de métodos como el pilates su profesión actual. «Trabajo mucho con la gente mayor, ahora tengo un grupo de yoga en silla adaptado para la gente mayor, aquí en Es Migjorn», comenta.

De Chile, el país donde nació su primera hija Amaya (es padre también de un niño, Aliwen, de dos años), guarda recuerdos como «el buen vínculo» con los indígenas mapuches, que según afirma, no desconfiaban de los cooperantes como él, «veían más allá, conectaban». Caló en él el estilo de vida de aquellos meses de activismo, «como extranjero me cuidaron mucho, a lo mejor ibas a una casa de visita y te quedabas a comer e incluso a dormir, había una red de contactos que siempre te acogía, nunca tuve que pagar para dormir en ningún lado».

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