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«El querer conocer de verdad hace que la gente se abra a ti»

El fotógrafo asturiano ha visitado unos 70 países

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Emilio Chamizo

18-06-2018

La ficha

El viajero es... Emilio Chamizo, asturiano de Piedras Blancas (1958), aunque ha residido en Menorca, a donde llegó en los años 80, más tiempo que en cualquier otro lado.

Profesión. Creativo, fotógrafo, pero ya no vive de la profesión. Se concentra en su proyecto «Camino a Ítaca», con el que quiere «dejar la vida reflejada para la gente que me sigue».

Vive en: Entre Menorca y Asturias, con el corazón partido.

Qué motiva sus viajes: conocer y entender el mundo

Otros países visitados: Ha recorrido unos 70 países, buscando gente interesante y sobre todo, conocer la realidad por sí mismo, sin filtros ni manipulaciones informativas.

Emilio Chamizo es bien conocido en Menorca, donde ha realizado exposiciones y ha echado raíces, todo lo que puede enraizar un nómada de la fotografía como él. Este asturiano que nació en el Cantábrico, en Piedras Blancas, vivió en Francia doce años y en Menorca unos 30, «más que en cualquier sitio del mundo», apostilla, está ahora embarcado en un proyecto que le entusiasma, «Camino a Ítaca», con el que pretende dejar testimonio de la vida en distintos rincones del planeta a las generaciones que le siguen, «a mis hijas, mi nieta». Ya no vive de hacer fotos pero no deja de hacerlas, todo lo contrario. Con ellas intenta ir más allá del mero retrato, por eso se autodefine como un «fotógrafo de emociones», eso es lo que busca y lo que capta con su objetivo.

Ha visitado unos 70 países pero en este reportaje se recogen las imágenes de su último viaje, el pasado mayo, a Bangladesh. Antes reflejó en este diario otros dos ejemplos de su «Camino a Ítaca» la Línea Azul entre Israel y Líbano, junto a los soldados del contingente español de Naciones Unidas, y la ceremonia Holywater en una iglesia copta de Addis Abeba, en la capital de Etiopía.

«A veces lo que nos enseñan los medios está manipulado», desliza sin ánimo de ofensa, «a mí me gusta verlo todo por mí mismo», dice Chamizo. Y en ese recorrido viajero asegura que hay una cosa que todos tenemos en común «la gente es próxima, en todo el mundo quiere querer y quiere que le quieran, tener hijos y familia..., no es tan complicado, aunque a veces interesa dar una imagen a un país u otro».

Empezó hace más de 40 años a viajar, algunos destinos los ha repetido y otros aún le faltan, como las antípodas y los países fríos «no he subido más arriba de Dinamarca». Chamizo opina que «la gente interesante está en el mundo que aún mantiene culturas más apegadas a la tierra y las tradiciones, y es lo que busco, antes de que desaparezcan».

¿Y por qué irse tan lejos, es que Occidente ya no sacia esa curiosidad?, le pregunto al viajero reportero. Su respuesta es clara. «Creo que intentamos, a veces con buena intención, uniformizarlo todo. Es bueno intentar llevar al mundo entero el acceso a la salud, a la educación, al agua corriente y la comida, algo tan complicado en algunos países, pero también es bueno que las diferentes culturas se mantengan», explica. Para el fotógrafo «ahora mismo un inglés y un español, por mucho que creamos que somos muy diferentes, usamos las mismas ropas, la misma tecnología, para mí hay demasiada uniformidad, y por eso lo occidental no me atrae tanto como otros sitios».

Guarda en su retina y en su archivo memoria de etnias que visitó en Colombia en los años 90 «y ya no están»; algunas poblaciones se uniformizan otras se extinguen. Chamizo se muestra muy crítico con algunas de las formas de hacer del hombre occidental «no tenemos límite en nuestra indecencia, lo contaminamos todo», y lo comenta al recordar cómo en un reality show televisivo –en el que europeos se iban a vivir 'perdidos' en tribus del planeta–, pudo ver participar a una etnia que él mismo ha conocido, como los mentawai en Indonesia.

Le duele que en algún momento él mismo haya podido poner en contacto «el mundo salvaje, el nuestro» con el de esas personas. «Yo a veces me siento más cómodo en las selvas auténticas que en las de la ciudad», sentencia. «Jamás he tenido un problema que no haya podido resolver sobre la marcha, además la gente, cuanto más sencilla es, más te cuida, más te atiende, te da todo, hasta su propia comida».

Eso sí, recomienda tener claro que en este tipo de viajes hay que ser mínimamente precavido y organizado, porque «no vas a llamar al 112 para que te venga a rescatar».

¿Cómo consigue ese grado de intimidad y confianza que le permite ser uno más y retratar rituales, o la vida de culturas tan diversas?

«En la Amazonia colombiana un chamán me dijo que tenía un alma buena (ríe), pero es que también me lo repitió un chamán (sikereh) de los mentawai, así que al parecer eso me ha permitido entrar en ceremonias como la del agua sagrada en Etiopía». Los rituales le gustan –reconoce–, porque «llegas a lo más profundo del ser humano».

El viajero que come y duerme como ellos les gusta, explica el fotógrafo, todo lo contrario del turista «que les hace fotos desde el autobús, como si fueran animales de zoo».

Viajero y turista presentan actitudes distintas frente a lo que se encuentran en el camino, a decir de Chamizo, la principal diferencia entre ellos es que «el viajero intenta ser uno más de ese paisaje, de ese pueblo y el turista capta imágenes desde fuera. Ellos sienten que no intento robarles nada, hay que ser uno de ellos, el querer conocer de verdad es lo que hace que la gente se abra a ti, porque somos blancos o negros, europeos o africanos por un azar de la vida», afirma. Esta es la parte de su proyecto «Camino a Ítaca» que se transforma en «mi lucha contra la discriminación, el racismo, las desigualdades, el maltrato de niños..., lo intento hacer en imágenes y que el espectador entienda lo que quiera, que saque sus conclusiones, no quiero influir»

Retratos de calle

Emilio Chamizo pasó tres semanas de mayo en Bangladesh; allí realizó numerosos retratos de calle, de la proximidad de sus habitantes. «Había deseo de que les preguntase cosas y de posar», cuenta entusiasmado, «me impresionó que alguien me dijera 'es que nadie viene a vernos', porque la vida allí es dura». Especialmente en Dhaka, la capital, que es ruidosa y contaminada, en la que sus ciudadanos «asumen el sufrimiento diario, gente que trabaja 10 o 12 horas diarias por un par de euros». El viajero reportero intenta «que haya dignidad en los retratos, pese al dolor» y admira una «resiliencia que nosotros no tenemos».

En su relato fotográfico también hay denuncia social. «Los europeos participamos en eso, orgullosos de nuestras marcas de ropa, pero estamos esclavizando a esta gente cuando compramos esa ropa barata, de manera involuntaria evidentemente, con nuestra actitud». También hay momentos más agradables, como las imágenes captadas en la costa, casi pinturas, en días de solaz de las mujeres en la playa «allí he descubierto algunas de las playas más espectaculares del mundo». También ha sido testigo de la vida en los campos de refugiados de la minoría musulmana rohingya, que huyen de la persecución del ejército birmano. Emilio Chamizo (turkana.es en Instagram) prepara una exposición, una retrospectiva de viajes, que se podrá ver a finales del próximo mes de agosto en la Sala de Cultura Sa Nostra de Maó.

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