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Andrea Petrus Mañas: «Tenía claro que quería conocer Latinoamérica»

La joven de Maó acabó su carrera en Lima y ha sido voluntaria en la selva amazónica

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Papu, Camille y Andrea durante un paseo rodeados por la frondosa vegetación

28-08-2018 | A.P.

La viajera es...

— Andrea Petrus Mañas, de Maó, 30 de enero de 1996

Profesión

— Acaba de finalizar el Grado de Publicidad y Relaciones Públicas de la Escuela Superior de Relaciones Públicas de la Universitat de Barcelona.

¿Qué motivó su viaje?

— Un intercambio con la Universidad San Martín de Porres de Lima, Perú, con la que su Facultad en Barcelona mantiene un convenio de colaboración.

Otros países visitados:

— Es su primera gran experiencia viajera. Nunca antes había estado en Sudamérica pero desde el comienzo de su carrera se interesó por este convenio entre universidades y supo que quería viajar a ese continente. Perú ha respondido con creces a sus expectativas y ya planea recorrer después Colombia.

Desde que comenzó sus estudios de Publicidad y Relaciones Públicas en 2014 y supo que su facultad permitía realizar intercambios con una universidad peruana lo tuvo claro: quería viajar a América Latina. Curso tras curso se fue acercando a su objetivo, conoció a un alumno de la Universidad San Martín de Porres de Lima que había hecho el recorrido inverso, hacia Barcelona; se informó, inscribió, solicitó becas y realizó todo el papeleo en el departamento de movilidad de su facultad para lograr hacer realidad su deseo, y este año, por fin, ha estudiado el último semestre de su carrera en la capital de la República de Perú. La populosa, a ratos caótica y congestionada por el tráfico, pero para esta menorquina siempre acogedora, Lima, donde además tuvo la suerte de encadenar casualidades y acabar alojándose –con una hospitalidad cien por cien desinteresada–, en casa de una española, Charo, que reside en la ciudad desde hace 40 años.

De marzo a junio cursó clases en la universidad peruana y realizó su trabajo de final de Grado, y después continuó en Perú realizando voluntariado. «Me gustó tanto que me voy a quedar unos meses más», asegura Andrea en videoconferencia desde Tarapoto, en la selva norte o selva alta de Perú, donde trabaja en un hostal a cambio de alojamiento. Su particular programa estudiantil la ha llevado mucho más lejos de lo que se imaginó en un principio. «En general Latinoamérica me llamaba mucho la atención, por ser una cultura distinta y al mismo tiempo tener un idioma común, eso facilita mucho las cosas», comenta sobre las razones que le llevaron a escoger Perú.

El intercambio universitario le pareció la oportunidad idónea para vivir unos meses lejos de Europa pero amparada por los departamentos de movilidad de ambas universidades. «No me gusta ir a los sitios como una turista que ve la ciudad por encima y se va sin realmente conocerla, las pocas veces que he viajado he preferido estar con gente que conoce el lugar, la gente que te enseña realmente lo que se hace allí, a dónde van y cómo viven», agrega. «La pregunta que más me hacía la gente era ‘por qué a Perú’ pero era lo que más me apetecía, nunca antes había estado en Sudamérica».

Y se estrenó en una ciudad de nueve millones de habitantes. Andrea vivió en el barrio de Barranco y estudió en el distrito de Surquillo, los seis meses que duraron las clases de su último curso universitario, que acabaron en junio.

Desde entonces ha iniciado un recorrido por Perú que la ha llevado a conocer la selva amazónica y a realizar distintos trabajos.

Albergue ecológico

La joven menorquina trabajó tras terminar el curso en un proyecto original que impulsa una ciudadana francesa, Anne de Thélin, en la Amazonia: la construcción de un albergue ecológico, una forma de turismo alternativa basada en conceptos como el desarrollo sostenible, la autosuficiencia, y los huertos orgánicos. Como ejemplo, este verano anuncian clases de diseño de permacultura, bosque comestible y sociocracia. Las cabañas en las que residen los visitantes están rodeadas de vegetación selvática, ya que Inti Eco Lodge está situado en la Amazonia peruana, a cuatro horas de Iquitos, una ciudad a la que a su vez solo es posible llegar por vía aérea o fluvial.

Salud, yoga, meditación, chamanismo, conocimiento de la naturaleza, relax, arte, bienestar..., todas esas actividades se ofertan en este albergue ecológico, un sueño que De Thélin puso en marcha a partir de 2012 y que ha tenido amplio eco en medios de comunicación franceses.

Todo el proyecto se desarrolla con la ayuda de voluntariado internacional, como fue el caso de Andrea Petrus, que eligió la manera más aventurera de llegar al lugar, navegando por el Amazonas, el río más largo y caudaloso del mundo, del que guarda el recuerdo de su color marronáceo y de los paisajes: el amanecer y el ocaso eran los mejores momentos a bordo del carguero que la transportó a Iquitos, la ciudad portuaria que es puerta de entrada a la selva.

Seis días de travesía

Su viaje a Iquitos merece una mención aparte. La joven menorquina tomó un autobús de Lima a Pucallpa, un recorrido que dura 20 horas. En Pucallpa compró una hamaca, necesaria para la travesía fluvial que la llevaría a Iquitos. «Son barcos cargueros que también transportan pasajeros, pero fueron seis días durmiendo en esa hamaca, con 150 personas más en la misma habitación», narra. «También te dan desayuno, comida y cena, avisan desde la cocina y la gente se pone en fila para que le sirvan, cada uno se tiene que llevar su ‘tupper’».

Andrea asegura que no se sintió insegura pese a viajar sola, aunque reconoce que sí hizo sufrir un poco a su familia en Menorca, especialmente a su madre, por su periplo. «Una señora me ayudó en Pucallpa para encontrar el barco, lo bueno es que al hablar español pude charlar con mucha gente, me preguntaban que por qué hacía el trayecto, conversé con los miembros de la tripulación y coloqué mi hamaca junto a la de una señora que viajaba con su nieta, nos cuidábamos mutuamente nuestras pertenencias».

Eligió su destino después de contactar con la joven francesa que encabeza el proyecto del Inti Eco Lodge, muy alejado de la zona urbana, sin conexiones y rodeado de naturaleza. Andrea recuerda que el albergue toma el nombre del dios inca, ya que Inti significa Sol en la lengua quechua. Allí vivió durante un mes, formando parte de un grupo de entre 20 y 30 personas, una comunidad que vive en la selva y que construye el establecimiento. Un grupo heterogéneo en el que hay trabajadores locales y voluntariado. «El trabajo de los voluntarios se realiza en el jardín, porque quieren hacer un huerto, muchos días quitábamos hierbas, otros íbamos a buscar maderas podridas de la selva, porque con ellas se hace un preparado en la tierra que ayuda a que las plantas crezcan más fácilmente», explica. Como voluntaria le ofrecían alojamiento y pagaba 25 soles (unos 6,5 euros) al día por la comida y el transporte, ya que hay que llegar a este lugar en autobús y en bote. Hace poco más de una semana que abandonó el ‘lodge’ para seguir su viaje, también en barco desde Iquitos a Yurimaguas para después, en autobús, llegar hasta Tarapoto, donde se encuentra actualmente, trabajando en la recepción del hostal El Mural a cambio del alojamiento, desayuno y almuerzo.

Pero este no es el final de la aventura de la menorquina. Antes de regresar a España –dejó pasar su billete de vuelta en julio–, quiere visitar Chachapoyas, al norte de Perú, una ciudad famosa por sus yacimientos arqueológicos y por sus bosques. En septiembre regresará a Lima y de ahí quiere emprender un viaje para conocer Colombia. En principio su regreso a la Isla está previsto para diciembre pero a Andrea le ha enganchado Sudamérica, «no tengo el vuelo aún, me apetece mucho quedarme aquí».

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