La antigua residencia de las monjas franciscanas de Ferreries se ha convertido en una vivienda tutelada para usuarios de la Fundació de Persones amb Discapacitat de Menorca. La casa, conocida como ‘Ca ses monges’ está situada en la calle Beat Huguet número 4, muy cerca de la centrica plaza España.
El inmueble fue cedido por la Congregación de las monjas franciscanas al Ayuntamiento de Ferreries en el año 2024 por la mediante un contrato de alquiler de dos años con una opción de compra, que el Consistorio ha decidido ejecutar. El Ayuntamiento, por su parte, ahora ha cedido la vivienda a la Fundació, que ha traslado a este inmueble el piso tutelado que desde hace varios años gestiona en Ferreries.
La vivienda tutelada está dirigida a mayores de 18 años con discapacidad asociada a dificultades de salud mental y necesidades de apoyo para desarrollar la vida diaria, con el objetivo de darles una «oportunidad a una vida independiente, y a la integración en el ámbito social y comunitario».
En la antigua residencia de las monjas franciscanas, el Ayuntamiento de Ferreries se ha reservado el uso de un espacio de la planta baja de la casa y el sótano, para que en un futuro pueda ser usado para «necesidades logísticas y de almacenamiento de las concejalías de Ferias y Mercados, y de Turismo».
El alcalde de Ferreries, Pedro Pons asegura que «esta era una operación que teníamos muy claro que debíamos realizar; no podíamos dejar perder un edificio que es emblemático dentro de Ferreries». Asimismo considera que «es ideal para los usuarios de la Fundació, al ser una casa bastante más grande que el piso actual, más cómoda, con más espacios comunes, y sobre todo con una mayor capacidad para acoger nuevos usuarios».
La directora de la Fundació, Mònica Planella, valora positivamente este paso: «El nuevo dispositivo mejora las condiciones de vivienda, y por lo tanto también mejora la calidad de vida de los usuarios», asegura.
Me parece una buena noticia que Ca ses monges se transforme en un recurso útil y con sentido social, especialmente para personas con discapacidad y problemas de salud mental que necesitan apoyos para vivir con mayor autonomía. Es un ejemplo de cómo un edificio emblemático puede tener una segunda vida al servicio de la comunidad, más allá de la nostalgia o el patrimonio arquitectónico. Eso sí, no deja de tener su punto curioso que el Ayuntamiento se haya reservado el sótano y parte de la planta baja para guardar material de ferias y turismo. Parece que, incluso cuando se apuesta por la inclusión y el bienestar social, siempre hay que hacer hueco —literal— a las prioridades más prácticas de la administración. Pero bueno, si compartir espacio entre decorados de feria y proyectos de vida digna es lo que hace falta para que estas iniciativas salgan adelante, bienvenido sea el mestizaje municipal. Y la Fundació de Persones amb Discapacitat sigue gestionando lo mismo, solo que ahora en una casa más grande. Bien, es un avance en condiciones, pero no responde al verdadero déficit estructural que arrastramos desde hace años: la falta de suficientes alternativas de vivienda para personas adultas con trastornos mentales que no pueden vivir solas pero tampoco necesitan una residencia médica. ¿De verdad no hay forma de ampliar la red en lugar de simplemente cambiar de dirección postal? A veces parece que se confunde mejorar lo existente con avanzar. Y avanzar significa crear más oportunidades, no solo redistribuir las pocas que ya existen. Ojalá este paso no se quede en una simple operación estética, sino que marque el inicio de una apuesta real y valiente por una red de vivienda tutelada que responda a la diversidad y complejidad de necesidades en salud mental. Porque dignidad y autonomía no deberían depender del azar ni de la disponibilidad de un inmueble histórico.