Diplomático de larga trayectoria, político en la primera línea de la Transición y analista de los grandes equilibrios internacionales, Javier Rupérez (Madrid, 1941) ha dedicado su vida pública a observar y participar en los momentos de inflexión de la democracia liberal. Exembajador de España ante Estados Unidos y ante la OTAN, organismo en el que fue presidente de su Asamblea Parlamentaria (1998-2000) y previamente de la OSCE (1996-98), también destinado en Etiopía, Polonia, Finlandia y en Ginebra ante las Naciones Unidas, conoce los entresijos de la diplomacia internacional.
El eurodiputado y ensayista ha reflexionado en su trayectoria sobre terrorismo, populismo y debilitamiento de las instituciones, y contempla hoy el mundo desde la experiencia de quien ha visto caer muros, nacer consensos y resquebrajarse certezas. En un escenario marcado por el avance de los populismos, la erosión del orden liberal y una geopolítica en mutación acelerada, con la desinformación y la posverdad como telón de fondo, su diagnóstico resulta especialmente pertinente para entender el lugar que ocupan Europa y España en un tiempo de incertidumbre.
El próximo viernes participa en Maó en una nueva sesión del ciclo ‘Diálogos constitucionales’, organizado por la Fundació Rubió, junto al jurista y catedrático Benigno Pendás, el político menorquín Joan Huguet y la doctora en Derecho Nuria González.
Usted ha vivido desde dentro la construcción del sistema liberal-democrático europeo tras la Segunda Guerra Mundial. ¿En qué momento diría que ese consenso empieza a resquebrajarse de forma visible? ¿Estamos ante una crisis coyuntural de las democracias o ante una transformación más profunda del modelo político nacido en el siglo XX?
—No sé si definirlo con la palabra resquebrajar, pero es cierto que coincide con la generalización de los populismos, tanto de izquierda como de derecha, en los últimos 2-3 años en países europeos, con posiciones neonacionalistas que también coinciden con el fenómeno Trump. No creo que estemos en una crisis terminal, pero sí en una crisis, en la que el mantenimiento y el fortalecimiento de las democracias es muy importante.
El populismo se presenta a menudo como una reacción «antisistema». ¿Es un producto de las propias debilidades de las democracias liberales? ¿Cómo combatirlo?
—Las sociedades evolucionan y cambian. Surgen nuevos planteamientos sociales, políticos y económicos, y los populismos reflejan las fragilidades de las democracias partidistas. Cuando se sustituye el pluralismo por el partidismo, como está sucediendo en parte de Europa y también en España, corremos el riesgo de radicalización. Los partidos políticos se enfrentan a una gran responsabilidad en esto.
Usted ha reflexionado extensamente sobre el terrorismo y la violencia política. ¿Ve paralelismos entre esos fenómenos y algunas expresiones actuales del populismo radical?
—Me preocupa mucho lo que estamos viendo del populismo trumpiano. No es un neoterrorismo pero hay un uso evidente de la violencia interna y externa. Y la generalización de la violencia es muy grave porque puede acabar justificando el terrorismo.
Es curioso que alguien que justifica y fomenta el uso de la violencia se crea con autoridad para la recibir el Premio Nobel de la Paz.
—Es como una broma. Viene del mismo presidente que lanza la idea de una plataforma de paz y dice que no descarta el uso de la violencia para apropiarse de Groenlandia. Trump es una catástrofe americana y mundial. Pero hay que preguntarse cómo llegan a darle votos para gobernar dos veces. Él creyó que podría haber gobernado un tercer mandato cuando intentó cambiar los resultados. Es un delincuente. Los americanos, y todos, debemos reflexionar sobre Trump y la posibilidad de contagio en Europa porque el sistema levantado tras la Segunda Guerra Mundial está gravemente en crisis.
Entonces, ¿corre riesgo la idea misma de Occidente como comunidad política y de valores compartidos?
—Europa está en crisis, y su relación trasatlántica está en un estado de gravedad. Los europeos debemos reflexionar muy seriamente, más aún después de lo visto en Davos. Pero tenemos a Japón, Filipinas… no estamos solos. EEUU ha abandonado la solidaridad; nosotros debemos reivindicar la democracia, la libertad, la vida… Debemos tener el deseo y la capacidad para defendernos, no para entrar en guerra, sino para evitarla.
La guerra en Ucrania ha reordenado prioridades y alianzas. Se habla de un nuevo orden geopolítico, en el que Europa también ve un progresivo desplazamiento de poder hacia Asia y, en particular, hacia China.
—En el caso de Ucrania no podemos hablar de guerra, sino de invasión. Lo más grave que ha ocurrido en los últimos 80 años. El que ha salvado a Putin ha sido Trump. A ambos les interesan solo dos cosas: poder y negocio. Si la invasión rusa acaba con la cesión de territorios de Ucrania, Rusia tomará nota y quizá haga lo mismo con Polonia. China, por su parte, es otro sistema totalitario, pero piensa a largo plazo. Vamos a ver qué pasa con Taiwan.
Europa aparece a menudo como un actor económico fuerte pero políticamente frágil. ¿Qué le falta a la Unión Europea para convertirse en un verdadero referente geopolítico?
—Tener una capacidad geoestratégica propia, con capacidad de defensa propia, y reforzar su vocación federalista.
¿Debería España aumentar el gasto en defensa como dice Trump?
—El gobierno español ha cometido un error en ese sentido. Firmó un 5% y luego dijo que no lo cumplirá. Somos el último país en gasto de la UE. Sé que es difícil, pero nos jugamos la libertad. Nosotros no tenemos frontera con Rusia, pero estamos en el Mediterráneo, y además sí tenemos frontera con África, y Marruecos tiene planteamientos neoimperialistas con las Islas Canarias. Debemos defendernos y dejar claro que lo haremos.
En un contexto de polarización y de cuestionamiento de los marcos constitucionales, ¿cómo valora el estado de la integridad territorial de España y la capacidad del Estado para preservarla dentro del marco democrático?
—La Constitución proclama claramente la integridad española, pero vemos que hay sectores que quieren destruir la unidad y exigir la independencia. La integridad es incuestionable y está en juego la libertad, la democracia y nuestra propia existencia y proyección exterior. Hay que hacer reformas electorales para que no permitan que el 10% del electorado deje entrar a partidos separatistas en el gobierno.
¿Qué responsabilidad tienen las élites políticas e intelectuales en la pérdida de confianza ciudadana en los sistemas liberales?
—Absoluta. Las fuerzas políticas se están radicalizando y corremos el riesgo de perder libertades. Los gobiernos hacen lo que quieren sin respetar la pluralidad, con medidas totalitarias.
Como colaborador en numerosos medios de comunicación, ¿qué papel otorga a la desinformación y la posverdad en el auge de los liderazgos populistas?
—La democracia es impracticable sin libertad de prensa y el periodismo es fundamental. El gran riesgo es convertir en verdades absolutas algunas posiciones e ideas, porque entonces desaparece la libertad de expresión y de opinión.
Llaman “populismo”, así despectivamente, como también llaman “fascismo”, como un mantra repetitivo y recurrente, a todo lo que el globalismo destructor de las naciones de la UE quiere imponer por ideología woke. El problema que tienen, y lo saben (ver declaraciones de Larry Fink, presidente de Black Rock), es que su cuento se está desmoronando. El amor a tu país, a tu gente, a tu historia, al porqué eres lo que eres, no se puede cambiar ni diluir mediant