Alonso Santos, en el pleno municipal de Sant Lluís de octubre del año pasado, quiso hacer un alegato a favor de la primera expedición de la Flotilla por la Libertad y de Gaza y acabó expulsado por la alcaldesa. Hoy ya no está en el Consistorio, dimitió la última semana de abril, pero sí está a bordo del «Sirius Ramble», el barco en el que viajaron Greta Thunberg y Ada Colau en la primera flotilla. Vuelven a intentar desembarcar material humanitario en la costa de Gaza, con el riesgo de la respuesta militar de Israel.
No es la primera vez que Alonso Santos se dirige a Palestina. En 2008 participó en la reconstrucción de dos viviendas demolidas por Israel. «Esa experiencia me marcó profundamente y conecta directamente con mi compromiso actual», afirma en declaraciones a «Es Diari».
¿Por qué decidió participar en la Flotilla de la Libertad?
—Participar en la Flotilla de la Libertad es, para mí, un acto de dignidad humana y de internacionalismo solidario. Es una forma de despertar conciencias y de evidenciar la violencia y el genocidio que se ejerce a diario contra la población palestina, especialmente contra civiles, mujeres y niños. La flotilla es también un gesto de esperanza. Formamos parte de la Sumud Flotilla. Sumud significa persistencia, resiliencia y firmeza: la capacidad del pueblo palestino de permanecer en su tierra pese a la ocupación y las dificultades. Esa fuerza es la que nos inspira.
¿Cómo fue su incorporación al «Sirius» y cuál es su papel en el barco?
—Prefiero no entrar en detalles específicos sobre embarcaciones o roles por motivos de seguridad. Lo que sí puedo decir es que llevo meses colaborando con la flotilla en distintas tareas. Mi formación es como arquitecto, pero aquí he trabajado sobre todo en mantenimiento mecánico. También he participado en el traslado de embarcaciones por España para incorporarlas a la flotilla. Quiero señalar además que algunas de estas embarcaciones se encuentran ahora en el fondo del mar Mediterráneo tras los ataques sufridos por Israel.
¿Cómo ha sido la ruta hasta ahora?
—La salida desde Barcelona hacia Sicilia fue el inicio real de la experiencia de navegar en flotilla, algo muy poco habitual hoy en día. Ver casi un centenar de embarcaciones —veleros desplegados, con las velas izadas— atravesando el Mediterráneo produce una estampa que remite a otros siglos. Cuando uno piensa en una flotilla, suele imaginar operaciones militares. En nuestro caso es lo contrario: una misión civil y humanitaria que busca recuperar el mar como un espacio común, no como un espacio de guerra. Hoy, eso es casi una anomalía.
¿Cómo ha vivido la interceptación de Israel de unos 22 barcos de la Flotilla?
—Lo que vivimos fue una persecución en aguas internacionales. Sabemos que hubo sabotajes, abordajes y detenciones. Nuestra embarcación logró escapar en ese momento, combinando maniobra, velocidad y decisiones estratégicas, pero éramos plenamente conscientes de que nos enfrentábamos a un aparato tecnológico y militar muy superior, mientras nos sobrevolaban drones y haces de luz atravesaban el horizonte en busca de más embarcaciones. Emitimos señales de mayday, pero no fueron respondidas por ningún guardacostas. Sabemos ahora que la operación llevaba semanas preparándose desde Chipre, con colaboración de Grecia, Chipre y EEUU. Los guardacostas griegos, pese a contar con recursos europeos para responder a emergencias, no actuaron. Para entender el nivel de permisividad, basta imaginar cómo reaccionarían las fuerzas internacionales si piratas somalíes actuaran así en el Mediterráneo. Esa comparación habla por sí sola.
¿Teme que les vayan a detener?
—No tenemos miedo. Somos personas de muchos países, con distintos perfiles, pero con un compromiso muy alto. Entendemos que este tipo de acciones forman parte de procesos históricos que empujan avances en derechos humanos. Quiero recordar que más de 180 compañeros fueron detenidos y sometidos a violencia, con heridos graves y huesos rotos. Algunos siguen en situaciones especialmente delicadas, como el caso de Saif Abukeshek, ciudadano español- palestino. Mientras tanto, organizaciones como Greenpeace y Open Arms han estado apoyando labores de rescate y seguimiento que deberían haber sido asumidas por las autoridades competentes. Su apoyo ha sido fundamental, no solo logístico, sino también moral y político.
¿Cómo valora la respuesta de la comunidad internacional y de España?
—Existe una campaña de Israel de desprestigio contra la flotilla: acusaciones falsas, intentos de manipulación mediática e incluso montajes para desacreditarnos. En cuanto a la comunidad internacional, hay una contradicción evidente entre el discurso del derecho internacional y la falta de acción efectiva. Esa brecha genera una sensación de impunidad que, en nuestra opinión, es parte central del problema.
¿Cuál es tu objetivo en este viaje?
—El objetivo inmediato es contribuir a romper el bloqueo sobre Gaza, entregar ayuda humanitaria y visibilizar la situación. Pero hay algo más profundo: demostrar que la sociedad civil puede organizarse a nivel internacional y actuar. No somos astronautas en una misión extraordinaria; somos civiles reclamando el mar y los derechos. Y precisamente por eso, lo que hacemos es aún más significativo.
¿Cree que hay una salida justa para Gaza?
—La situación en Gaza es extremadamente grave desde el punto de vista humanitario y refleja un nivel de sufrimiento que no puede normalizarse. Cualquier solución justa pasa, en primer lugar, por el fin inmediato del bloqueo y el respeto efectivo del derecho internacional. A partir de ahí, es imprescindible construir un marco político que garantice derechos, dignidad y convivencia para todas las personas que viven en la región. He vivido en Sudáfrica y he estudiado el fin del apartheid. Ese proceso demuestra que incluso los sistemas más duros pueden transformarse, pero requieren presión internacional y una base ética y política clara. La flotilla es, en el fondo, la voluntad de personas comunes de actuar ante una injusticia. Es una experiencia dura, intensa y a veces peligrosa, pero también profundamente humana. Demuestra que la solidaridad puede atravesar fronteras, culturas y sistemas. Animo a la sociedad menorquina, profundamente vinculada al Mediterráneo y cercana a Palestina, a reclamar su derecho a ser escuchada y a no permanecer en silencio ante la injusticia.
Viva los legionariosSolemos ver en los demás lo que no nos gusta de nosotros. Proyección psicológica se llama. Que te mejores!