Hace ya meses que no se cuece pan en Es Mercadal de forma artesanal. En concreto desde el pasado octubre de 2025, cuando cerró el Forn de sa Plaça, abierto en 1956, any de sa neu, por la familia Pons –entre su descendencia, el expresidente del Consell, Tirso Pons–, y que siete décadas después ha bajado la persiana sin solución de continuidad, según detalla Toni Sáez, empresario desde 2006 hasta su cierre de un establecimiento histórico y emblemático en el municipio centro insular, además de ser, no en vano, el último horno tradicional del lugar.
«Mi abuelo tenía un horno y desde los 14 años he hecho pan, por edad me tocaba jubilarme y aunque intenté traspasar el negocio, de hecho unos empleados mostraron interés en ello, al final no hubo acuerdo y he tenido que cerrar», abunda Sáez, valenciano de origen –nació en Carcaixent– y en suelo menorquín desde el 2000.
Llegó a ofertar el traspaso por un euro, también a cambio de no tener que asumir el despido de los tres empleados con los que aun contaba, y que finalmente le obligó a desembolsar 30.000 euros. También se ha desprendido de la maquinaria del obrador, lo que por tanto destierra casi de lleno cualquier opción de que en adelante se reabra en los términos en que ha operado en los últimos siete decenios.
«Hacíamos de todo, nada era congelado y el negocio funcionaba, de hecho mucha gente nos para por la calle y nos dice cuanto nos echan de menos», asegura Sáez, que en ese contexto hace referencia a lo difícil que es hoy día, «con la presión fiscal que hay en Menorca, mantener una empresa». «Por eso cada vez más negocios de hostelería y restauración abren solo seis meses al año», añade.
Muchos momentos
En los veinte años que ha estado al frente del Forn de sa Plaça ha vivido episodios de lo más variado. «Siempre había más trabajo en verano, pero en invierno también teníamos mucha clientela, gente del pueblo», sigue el último inquilino de un establecimiento que en su época cumbre surtía de pan «a todos los restaurantes de Es Mercadal», abría de 6 a 21 horas, apenas cerraba tres días al año –Navidad, Año Nuevo y Reyes– y llegó a contar con quince trabajadores en temporada alta, ocho fijos durante todo el año y algunos repartidores.
Además, extendió su presencia a Es Migjorn Gran y Fornells, con sendas tiendas que ya se clausuraron, tras seis años, por falta de suficiente rendimiento económico la primera y por ausencia de trabajadores cualificados la segunda –agravado ese aspecto por la problemática de la vivienda. Y fue capaz de burlar la dura crisis económica de 2008-2012, al poco de ponerse al frente del horno, y que obligó a que «tuviéramos que ir a repartir hasta Sant Lluís», recuerda Sáez, que no niega, retornando al presente, sentir «algo de tristeza» por no poder prolongar la existencia de un negocio cuyo gremio sufre el inexorable devenir del tiempo.
En ese contexto, al margen de la antes citada exigencia fiscal, cabe considerar «lo sacrificado de esta profesión, sin apenas días libres y trabajando muchas horas, también de noche... es muy esclavo», lo que difícilmente seduce a los jóvenes de ahora. Y lo invasiva que se ha distinguido la libertad de mercado con el sector horno-panadero.
«Actualmente, menos en farmacias y estancos, se vende pan en todos los sitios», abunda Toni Sáez, que apela en ese sentido al caso de Francia, donde, quizá por una cuestión del consabido chovinismo galo, «sienten amor por su baguete, eso hace que por ejemplo no se venda pan en las gasolineras; aquí el pan en cambio no se valora».
Se trata de factores que además de conceder comprensión al ocaso del Forn de Sa Plaça, explican y escenifican el final de una etapa en Es Mercadal, donde durante el esplendor de este tipo de negocios, hasta los años 60 del siglo anterior, llegaron a convivir cuatro establecimientos a la vez en el municipio, entonces con una densidad de población muy inferior.
La cuota, ya en el preludio de los 70 se redujo a tres, que compartieron espacio y clientes hasta los 2000. En ese tramo, la transformación en cuanto a proceder y logística fue radical.
«Al principio se usaba lo que se llamaba forn de rama, luego se pasó a hacer el pan con hornos de fuel, horno moruno, en que ponías la leña a un lado y había que limpiar menos, pero tenías que estar toda la noche pendiente, hasta que llegaron los hornos de pisos y de carros, ya en los 80, en ese sentido innovamos», nos ilustra al respecto Pere Pons, de 82 años de edad y antiguo empleado del Forn de Sa Plaça, Can Pons en sus orígenes y con dos establecimientos, uno panadero y otro de pastelería que terminaría siendo el negocio que ahora echa el cerrojo y motiva este artículo.
El Forn de sa Plaça ya no cuece ni sirve pan. El adiós de un negocio tradicional y de referencia en la población del centro insular.
i a fornells no n’hi ha un deu seu tambe?