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Doña Paquita Coll, cuando el teatro es lo Principal

A sus 99 años, destaca como la espectadora más fiel y longeva del coliseo mahonés

Doña Paquita Coll sostiene un gato de peluche que adorna el sofá de su hogar. Los mininos son otra de las pasiones de esta amable señora. | Foto: Gemma Andreu

| Maó |

Francisca Coll Portella, Doña Paquita, cumplió 99 años hace un par de días, un hecho lo suficientemente relevante como para ser significado. Sin embargo es el elevado grado de fidelidad que a lo largo de su casi siglo de vida ha tenido para con el Teatre Principal de Maó, donde no ha faltado a prácticamente ninguna de sus representaciones desde los años 30, lo que le concede el protagonismo de este artículo. No en vano, la propia fundación del coliseo mahonés le rinde este jueves (20.30 horas) un homenaje por eso, en que se la designará «Espectadora d’Honor» de un lugar que ella misma define como su segundo hogar.

Nacida en 1927 en Maó, empezó a ser asidua del ‘Principal’ desde que contaba, según recuerda, «cinco o seis años de edad». Años duros, de escasez, en el preámbulo de la Guerra Civil, «de lo peor que he vivido», recalca, con poca oferta de ocio y menos recursos financieros si cabe. Pero fue un amor a primera vista.

«En esa época mis padres nos sentaban a mi y a mi hermano en la butaca y nos venían a recoger un par de horas después, el dinero no daba para más», detalla nuestra casi centenaria interlocutora. Precisamente sus progenitores, «que eran muy teatreros y grandes apasionados de la ópera», cita, fueron quienes le impregnaron esa pasión por las artes escénicas que todavía, nueve decenios después, conserva inquebrantable. «En casa siempre se hablaba de ópera, de música», abunda, una afición que por otra parte Doña Paquita ha sabido transmitir a su hija Carol y a su nieta Ariadna.

Buceando en su árbol geneálogico, detectamos que el origen de tamaña afición quizá provenga de su abuela materna, de origen italiano. Cuestión de ADN, probablemente, en tanto que ya son varias las generaciones de esta misma familia que se han orientado en esa dirección artística.

Preferencias

Aunque también gusta de disfrutar zarzuelas y funciones teatrales –el desaparecido «Trianón» y el siempre evocador «Orfeó» fueron asimismo enclaves recurrentes en su juventud–, Doña Paquita insiste que la ópera es lo máximo. «De niña iba siempre con mi hermano, luego, ya con mi marido, que además era socio de los ‘Amics de s’Òpera’».

De hecho, cuando se acerca la Semana de la Ópera de Maó, en la que nunca ha fallado –ni cuando por la reforma del teatro se trasladó provisionalmente a Sebime– su corazón late a otro ritmo, confiesa. «Era y es uno de los momentos del año para mí, además siempre preparaba mi mejor vestido, mis mejores galas».

De las numerosas obras que ha visto representadas en el teatro mahonés, nos destaca «Rigoletto», de Giuseppe Verdi, y «Madame Buterfly», de Giacomo Puccini, ambas hace lustros. Y refiere también a algunas obras de Richard Wagner, que encandiló siempre a sus padres, al igual que «Aida». En cuanto a obras teatrales, declina por «Cinco horas con Mario», de Miguel Delibes.

Casi un siglo acudiendo al ‘Principal’ le ha dado para vivir varias reformas, «pero siempre me ha gustado, antes, ahora... de nota le doy un 9,5, es que me encanta, al entrar allí se me abre el corazón», destaca alguien que ha visto ópera en el Liceu, en París...

De los muchos rostros con que ha coincidido, recuerda a inolvidables empleados como Rosita ‘del Teatro’, «una buena amiga», y a Nando Pérez Fa. Sobre el escenario, en clave local destaca al barítono Joan Pons, ‘Senyalet’ –curiosamente ancestro de Anna Ferrer, en el preámbulo de cuya representación recibe este jueves su homenaje–, o a Toni Borrás, «que además íbamos mucho a su restaurante, Rocamar», matiza. De los más contemporáneos declina por Simón Orfila, «a quien un día dije que iría a Alaior a vivir, solo para ser vecina suya», bromea, y el barítono Lluís Sintes.

Al margen amante de los gatos y futbolera –CD Menorca, Sporting Mahonés y Real Madrid, sus equipos–, cabe subrayar de esta persona de carácter afable, modales exquisitos y capaz de superar tragedias, «que no le deseo ni a la peor persona», dice, como la muerte de su primera hija con solo dos años de edad –luego llegaron los cinco que tiene–, recuperando su simbiosis con el teatro, que el escudo que domina a lo alto del escenario es una reproducción que ella misma, exdelineante del Ayuntamiento, diseñó y dibujó hará unos 70 años. Un vínculo para la posteridad entre Doña Paquita y el lugar que es para ella una cuestión ‘Principal’.

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