«La mosca hispánica», dirigida por el inglés Bob Kellett, cumple sus bodas de oro. Estrenada en nuestro país hace cincuenta años, el 24 de mayo de 1976, poco después de su ‘premier’ en Reino Unido, la cinta se rodó íntegramente en Menorca. Es, probablemente, la película más célebre y reconocible de cuantas se han hecho en la Isla.
A pesar de su origen británico, se trata de una comedia cuyo elenco contó con actores españoles –como Ramiro Oliveros y José Lifante, además de la alemana Nadiuska, sex symbol de la época que hizo carrera en nuestro país–, y cuya catalogación también encajaría en un género que empezaba a granjearse su espacio en esos tiempos; el destape.
La película, que concentra su reparto principal en Terry-Thomas, Leslie Philips, la hermosa Andrea Allan y los citados Oliveros y Nadiuska, trata sobre un maduro mujeriego (Philips) con problemas de erección y casado con una empresaria de lencería, que se desplaza a Maó para llevar a cabo una sesión fotográfica con varias modelos, donde casualmente coincide con un viejo compañero de colegio (Thomas), que no es sino un truhan que trata de dar salida comercial a un vino de espantoso sabor.
Sorprendentemente, dicho caldo se convierte en un Grand Cru al ser mezclado con una variedad local de mosca –la spanish fly– además de albergar un componente afrodisiaco, pero que también entraña efectos secundarios, como perder el habla al cabo de unos días y emitir únicamente ladridos de perro.
Más allá del guion, que habrá constatado el lector no se ganaría un lugar entre las mejores historias del celuloide, la película significa un valioso documento en clave insular, pues permite visionar estructuras como el puerto de Maó o el aeropuerto según eran en la época, antes de ser sometidas a severas reformas.
Localizaciones como Calesfonts, Macaret, el lloc de Sant Antoni, Sant Joan dels Vergers, Cala Sant Esteve, los exteriores del Castell de Sant Felip o varias vías de Es Castell y Maó, incluida la Costa de Sa Plaça cuando aun permitía el tráfico rodado, también ocupan planos protagónicos.
En cuanto a enclaves concretos, significar la Cova den Xoroi, las Bodegas Ferrer, el Hotel Almirante –que, nos comenta un empleado, mantiene la misma decoración que entonces–, «El Trébol» en Calesfonts o afuera del Ayuntamiento de Maó, que hace las veces de un ficticio Banco Balear.
Extras menorquines
El rodaje legó numerosas anécdotas y exigió la presencia de multitud de actores extra que lógicamente fueron captados entre la población autóctona. Entre ellas Inés Simó, que cuando tomó parte del mismo tenía «unos 9 años». Junto con sus hermanos menores tomó parte en una escena en la que aparecen decenas de niños a la caza de moscas por los Sant Joan dels Vergers.
«La verdad, ni éramos conscientes de lo que estábamos haciendo, para nosotros fue como un juego», indica. Dado que era verano y no se pudo contactar con ningún colegio para llevar a cabo el casting, se recurrió a muchos inquilinos de la Casa de la Infancia para rodar esa parte.
Algún otro rostro menorquín, adolescente en la época, que aparece en planos rodados en Calesfonts, casi al final de la cinta, recuerda por su parte «lo mal que se llevaban» Nadiuska y Ramiro Oliveros. O que tras unos primeros días en que había barra libre en «El Trébol» para los ‘extras’ locales para hacer un plano que escenificaba una fiesta, ‘se cortó el grifo’ al comprobar los productores el tremendo ‘saque’ que tenían los menorquines y a cuanto se elevaba por eso la factura en logística.
También en esa misma escena, en que la multitud baila en la orilla de Calesfonts, el rodaje se interrumpió varias veces puesto que un par de actrices se quejaban de que estaban siendo manoseadas por alguno de los figurantes... en definitiva, anécdotas y recuerdos de una de las pocas películas rodadas en la Isla. Y quizá la más conocida. Medio siglo de «La mosca hispánica».