Un halo de fiesta recorrió la pasada semana los centros educativos. Era el punto y final alegre a un largo año académico. Actuaciones musicales, meriendas, despedidas... y todo un verano por delante para disfrutar (y estudiar para los que tengan materias suspendidas). Y, como siempre, alguien se dirige a un maestro y le suelta: "¡Qué suerte tenéis!, ya me gustaría a mí tener tantas vacaciones como vosotros". Es ésta una de tantas demagogias injustas. Primero porque no es cierto (no tienen tres meses de "dolce far niente"). Y segundo, qué pronto se olvidan los esfuerzos que la gran mayoría de docentes realizan durante el curso. Convendría recordar que tienen que lidiar cada día con problemas como la masificación, falta de espacio y material, cambios en la política educativa, además de suplir la dejación de funciones de no pocos padres y madres, mantener el interés de las familias por el desarrollo intelectual y personal de sus hijos (no es fácil), ayudar a la integración de los alumnos extranjeros o con dificultades de aprendizaje... ¿seguimos? Yo como padre (e hijo de un maestro), lo que quiero decirles es: gracias, profes.
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