La pregunta nuclear que, al fallecer, dejó sin respuesta Juan Ignacio Balada Llabrés (Ciutadella, 1940-2009), consiste en ¿por qué no nombró heredero universal de sus bienes al Ayuntamiento de Ciutadella?
En cambio, su última voluntad se decantó por la Casa Real Española -concretamente los entonces príncipes de Asturias y hoy reyes Felipe VI y Letizia, y los ocho nietos de los reyes eméritos Juan Carlos y Sofía. Hay que bucear en la personalidad del hijo de la ‘senyora Nina Llabrés’, una de las primeras farmacéuticas de Balears y Ramón Balada Matamoros para conocer la decisión.
«Qué comportamiento tan diferente con el actual; le aseguro que el individualismo actual ha acabado con esta clase de valores», escribió Balada Llabrés en un correo electrónico que recibí el 19 de julio de 2007 en respuesta a la petición de datos sobre Mariano Fraga Solá (1884-1979), mi abuelo, que había regentado la primera farmacia de Ferreries, de 1910 al 1965. Se refería Balada al cumplimiento de la palabra dada, los buenos modales y la honestidad en todas las relaciones.
Amable, educado y cortés siempre, respondió el mismo día: «sí, efectivamente, sé que su abuelo y mi madre mantenían una vívida relación profesional. Siento tener que decirle que yo no conservo ninguna epístola y otro documento de aquella relación. Le aseguro que de tenerla, se la cedería».
«Tenga muy claro -añadió- que la relaciones profesionales, de los años anteriores y posteriores a la Guerra Civil, eran muy honestas; no sólo en Farmacia, sino en muchos otros ramos. Además había un compañerismo profesional de lo más acusado». Y aquí Juan Ignacio Balada relató que «vino a retirarse a Ciutadella un médico que estaba económicamente arruinado; había trabajado en América del Sur. Sólo decirle que todos los profesionales locales le pasaban caridad». Este es el ejemplo que utilizó para concluir que «el individualismo ha acabado con esta clase de valores».
IRREPETIBLE
Balada fue una persona excepcional e irrepetible; excéntrico para unos -compró cuatro piezas del Concorde que se estrelló en julio de 2000- y desconocido para la mayoría... excepto para unos pocos, como Julián Ticoulat, los presbíteros Josep Mascaró y Antoni Sintes, el arquitecto técnico Pedro Carretero, el médico Julián López Lillo, el maestro carpintero José Hidalgo y los abogados Carlos Dubón y Antoni Lluch. Balada era una persona extraordinariamente inteligente y perspicaz. Distinguía entre quienes acudían para obtener algún provecho o aquellos que le ayudaban y le hacían algún favor, que sabía recompensar con generosidad.
La fortuna recibida de sus padres y tíos, que supo acrecentar, constituían unos bienes materiales que situaba, en su peculiar escala de valores y principios, en penúltimo lugar: «Sólo sirve para satisfacer algún capricho», afirmaba. Durante su juventud marchó a Barcelona para cursar estudios superiores. Residió en la misma pensión de la Rambla Catalunya donde vivían Joan Pons Roca, Pedro Fullana Barceló y el farmacéutico Menéndez.
Sus preocupaciones no eran la ingeniería o la farmacia, como deseaba su madre, sino los fenómenos paranormales y las ciencias ocultas, para las que demostró un gran interés, como la magia, y el espiritismo. Utilizó amuletos -había una cinta roja con tres viejas monedas colocada sobre la caja fuerte de la mansión en la plaza Don Juan de Borbón- y símbolos masónicos, como los que incrustó en el cabecero de su cama.
INVERSIONES EN BOLSA
Un libro que aconsejaba leer es «Dogma y ritual de la alta magia», de Eliphas Levi. Coleccionista, melómano -buen pianista, en ocasiones a cuatro manos- y lector infatigable, coleccionaba históricos títulos de bolsa, empresas internacionales y sociedades, que había enmarcado; y una variopinta muestra de antiguos equipos de radio, con sus esquemas eléctricos, capaz de montar y desmontar.
Manejaba una biblioteca con numerosos volúmenes sobre ocultismo, astrología y esoterismo, así como economía. Para controlar sus inversiones en las bolsas -española y extranjeras- era lector asiduo del «Financial Times». No siempre acertaba en sus inversiones, como sucedió con las acciones de Eurasia, que resultaron un gran fiasco. En otros casos obtuvo pingües beneficios. Fue uno de los primeros menorquines en descubrir la utilidad de internet. Culto, se expresaba en inglés y francés, Juan Ignacio Balada, siempre discreto, atesoró secretos y confidencias. La próxima semana, respuesta a la pregunta que encabeza este artículo.