La izquierda menorquina se queja. Antonio Casero califica hoy, en su artículo semanal, de «fracaso colectivo» que los jóvenes «pasen de la política» al no creer en la democracia para transformar la sociedad.
Alude Casero (Marchena, Sevilla, 1943), que participó desde la clandestinidad en los movimientos antifranquistas y fue concejal de Maó por el PCE en el primer ayuntamiento democrático (1979-1983), a «una ultraderecha que utiliza bulos y discursos de odio para deslegitimar a gobiernos elegidos democráticamente».
Y Maite Salord (Ciutadella, 1965), que presidió el Consell desde julio de 2015 a julio de 2017, desde la órbita del PSM-Més, escribe, también en estas páginas de «Es Diari», «hemos de reconocer el error de creer que las generaciones nacidas durante la democracia asumirían los valores democráticos y no ha sido así». Salord Ripoll añade una cuestión nuclear: «hemos de asumir que la política no siempre ha sabido dar respuesta a los problemas reales de la gente. Y cuando esto ocurre, es un peligro para la democracia. Y aquí nos encontramos».
Busquemos respuestas a tanto desasosiegos e inquietudes. Y algunas nos la da el fotoperiodista Jordi Borràs (Barcelona, 1981), autor de libros en los que debate los límites de la libertad de expresión, la violencia política y el ejercicio del periodismo gráfico para la denuncia democrática.
«La extrema derecha ha sabido capitalizar el fracaso de la socialdemocracia», responde Borràs, que también considera importante «desmontar el tópico de que la extrema derecha está formada por personas intelectualmente poco capaces, porque esto no es cierto». Apunta al hecho de que «las derechas tradicionales, junto con el centroizquierda, se han ido alternando en el poder mediante un bipartidismo durante décadas, sin abordar muchos de los problemas que afectan a la mayoría de la población».
Conclusión: en lugar de la consolidación de una alternativa de izquierdas -en España emergió hace unos años, pero acabó fracasando al intentar adaptarse al sistema-, buena parte del gran descontento social ha sido capitalizado por la extrema derecha.
Retirada silenciosa
Hay más, con realidades tan clamorosas como que casi cuatro de cada diez ciudadanos de Balears con capacidad de decisión en las urnas no votan nunca en las elecciones autonómicas, lo que se viene repitiendo desde hace años.
«No es una protesta ruidosa, sino una distancia persistente», afirma el culto y perspicaz periodista Guillem Porcel, quien, para dar una idea de la magnitud de esta desafección ciudadana, recuerda que el PP, que fue la formación política más votada en Balears en las elecciones autonómicas de 2023, obtuvo 159.755 sufragios, aproximadamente el 19,2 por cien de los 828.129 ciudadanos con derecho a voto.
«No se trata de un rechazo ideológico claro ni de una indignación organizada. Es una retirada silenciosa», concluye Porcel. Una manera de asumir que la política no resuelve aquello que condiciona la vida ciudadana. Cuando el futuro se vuelve impreciso, la confianza en las instituciones se deteriora. Y cuando esta confianza se pierde, también desaparece la urgencia de ir a votar.
Demandas infinitas
Las próximas elecciones municipales y regionales se celebrarán, en Balears, en mayo de 2027. La pregunta clave consiste en ¿por qué hemos perdido la ilusión con la que transitamos, durante la Transición, del franquismo al régimen de derechos y libertades que encarna la Monarquía parlamentaria y garantiza la Constitución de 1978?
La demanda de servicios públicos es infinita, pero los recursos de las administraciones -aportados por el esfuerzo fiscal de los ciudadanos y las empresas- son limitados. Reclamamos una buena atención sanitaria, con las menores listas de espera, queremos transportes públicos que funcionen con regularidad y confort; una educación que transmita conocimientos y valores, y enseñe a pensar con espíritu crítico; pensiones bien dotadas para los jubilados, y un fácil acceso a la vivienda que posibilite tanto la emancipación de nuestros jóvenes como vivir con dignidad en casas de precio asequible.
Los emprendedores
El escenario ha cambiado: del trabajo para toda la vida, independizarse a los 20, adquirir un piso en diez años, los jóvenes de la «generación de las dos crisis» han pasado a lidiar con un alta tasa de paro, abandono escolar temprano y vivienda a precios imposibles.
También cuentan con una red de políticas públicas que mitigan la precariedad. ¿Es la cultura de la subvención el camino acertado? ¿Dónde hallará Menorca nuevos emprendedores y creadores de puestos de trabajo, que los hay?, y no necesariamente en el turismo. Hay vida en otros sectores.
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