Sí, urge que gobierne la ultraderecha. Es exactamente lo que quiero decir y lo digo ya, antes de nada. Quien quiera dejar de leer, adelante. También aviso a los que se hayan venido arriba con el titular de que no van por ahí los tiros. Los bracitos abajo. En verdad no sé si este artículo es para alguien. Al final, con respeto y honestidad, uno debe escribir lo que siente, sin demasiadas pretensiones de tener lectores, mucho menos de gustarles. El otro día hablaba con varios padres de adolescentes. Por lo visto, en los institutos menorquines los grupitos imperantes que antes eran heavys, punks, grunges, góticos, o lo que sea, ahora son fachas. Lo que está ‘to’ guapo es ser facha. Votar a Vox, idolatrar a Trump y a Milei.
Antes toda tribu urbana tenía su banda sonora. También había mucha confusión ideológica, claro está, pero el impulso era evidente, natural incluso: pertenecer a algo, pero distinto. Ser rebelde, revolucionario o, si más no, pasota de vuelta de todo. La música era la excusa para contraponerse al status quo. En fin, todo ese rollo freudiano de matar al padre, empezando, a poder ser, por destrozarle los nervios con la música que menos le guste.
Ahora la música que suena es otra. Es una especie de melodía dopada con algoritmos que se sirve a minidosis en redes sociales y demás. Tiene letra. Dice que hay que volver a sentir la patria, sea lo que sea eso, ser españoles de bien, recuperar esas tradiciones tan nuestras como insultar a un rojo, a un catalán o a un musulmán, reírse de las lenguas oficiales, quejarse de la inmigración o controlar a tu novia (con suerte solo controlarla).
La corriente es tan potente, está tan patrocinada y es tan perfectamente artificial que no creo que se pueda frenar. Es más. Estoy persuadido de que no se debe. Dejemos que fluya, visto que resistirse tiene el efecto contrario. Un poco de psicología inversa a veces es lo que mejor funciona. No se puede intentar convencer a los que bucean en esta corriente porque para eso haría falta que salieran a respirar, a digerir lo que pasa. Y ahí dentro no hay digestión. Es una ideología que no se digiere, de lo contrario caería por sí sola: se consume lo más rápido posible y se replica.
Y se lleva con chulería, pero no al modo de aquellos adolescentes que se creían inmortales y se reían del mundo. Ahora no se combate la frustración subiendo la música y haciendo el amor, sino haciendo la guerra, enfadado, resentido, ofendido... Prematuramente envejecido. No les sobran razones para sentir todo eso. Le toca a la ultraderecha, sí. Cuanto antes mejor. Le toca bajar al barro. Para que se hagan realidad los deseos de poderes fácticos y jóvenes, unidos en una sintonía que, a los segundos, debería chirriarles en los oídos como tenedores rasgando platos.
Resistirse a que eso pase y hacerlo, además, desde el poder, con el discurso del miedo, es torpe y mezquino. Más voluntad de poder que alimenta el fenómeno. Una voluntad ultraprocesada para convertirla en pastillas de miedo que hay que tragar, a riesgo de parecer facha. ¡No! Un rotundo no. ¿Tan poco confían en la democracia?
Démosles cuatro años, u ocho, si es que no tenemos suficiente. PSOE y todos los demás, al rincón de pensar, a hacer penitencia. El PP también debería, por cierto. A lo mejor es la única manera de que toda esa nueva generación de buenos chavales se den cuenta de que la bandera no sirve de techo ni se puede comer, de que todos esos que quieren gobernarles no están ahí ni por ellos ni por la patria. A lo mejor se dan cuenta de que no forman parte de un movimiento antisistémico, al revés, de uno reaccionario contra los que intentan sin éxito corregir los desmanes del sistema. Con tanta torpeza y tan poco éxito que parece que ni lo intentan.
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