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Alejen a los niños pobres de mis hijos

Imagen ficticia generada por Inteligencia Artificial con fines ilustrativos.

| Menorca |

Ya hace años que diversas iniciativas de educación privada están tratando de implantarse en Menorca, la última la de los colegios Waldorf. Siempre ha habido demanda, pero desde la pandemia, cuando Menorca se ha erigido en un territorio refugio –sea lo que signifique eso que se repite en los catálogos inmobiliarios–, con el aumento de la llegada de humanos de alto poder adquisitivo, la presión para que abran centros de enseñanza privada se ha multiplicado. Es una consecuencia del desembarco de una élite económica que se dice enamorada de Menorca, pero que no lo está tanto de sus particularidades sociales. Son como los colonos benefactores que acarician los cogotes de los nativos con la soberbia y la condescendencia de quien piensa que está ante una cultura atrasada; que se creen en el deber, no precisamente altruista, de cambiar las cosas por el bien del progreso, su progreso, se entiende.

Esta actitud de los nuevos ‘residentes’ que llegan a Menorca no es muy distinta a la de los que lo llevan haciendo en las últimas décadas. La diferencia es que aquellos se encontraban una sociedad fuerte y cohesionada, orgullosa de su manera de ser y de hacer. Esa cohesión se está quebrando y se abren grietas que amenazan con cambiar el modelo menorquín para siempre. Tras ver naufragar sus intentos infructuosos de importar del Continente modelos educativos de supuesto éxito, aquellos inversores, eso eran, abandonaban la Isla echando pestes sobre la cerrazón de la sociedad menorquina, sobre el impropio poder del lobby ecologista, sobre los interminables debate sobre el modelo que queremos para Menorca y de la maraña administrativa en la que habían quedado atrapados, como si esta tela de araña fuera casual, un mal endémico e inconsciente a erradicar, y no el reflejo de una mayoría social que observa con recelo las aves –digámoslo así para no ofender más de la cuenta–, que sobrevuelan en círculos la Isla.

Una de las bondades que se revelan más admirables de la sociedad menorquina para los que llegan de grandes ciudades es el sistema educativo, y no me refiero aquí al pastiche de siglas como LOE, LOMCE o LOMLOE. No hablo de lo que se enseña ni de los resultados académicos que se exigen, todo ello muy mejorable. Hablo de los lugares en los que se enseña, los colegios públicos, o los concertados accesibles a la mayoría de la población. Hablo de que los hijos de un camarero, un repartidor o un barrendero compartan aula con los de un hotelero, un cirujano o un político. No sé si todo el mundo en Menorca es consciente del valor incalculable que esa diversidad en los colegios tiene para la cohesión social, de los lazos invisibles que se generan entre las clases.

La corriente para romper los diques de la burbuja menorquina, amenazada en numerables frentes, está cerca de penetrar por el de la educación. Bajo la piel de cordero de modelos de educación innovadores, el lobo del elitismo está intentando separar a los hijos de los ricos de los hijos de los pobres. Quieren que los cachorros de la élite se puedan liberar de la lengua propia en favor de las universales, que se pueda marcar una línea bien gruesa entre los que se educan para seguir siendo ricos y los que deben conformarse con seguir siendo pobres.

Quieren lugares donde –suena duro decirlo así– sus hijos no tengan que mezclarse con otros niños que les lastren en su camino al éxito. Donde no haya inmigrantes, pobres o esa clase media pauperizada, que en el fondo lo que aflora aquí no es el racismo, sino la aporofobia, la aversión al pobre, al que no puede permitirse pagar 700 euros al mes por escolarizar a sus hijos. Seguramente la tendencia a la desigualdad educativa es inevitable, una ola incontenible. Si tiene que ser así, que sea, pero que sea sin artificios ni engaños, llamando a las cosas por su nombre.

jgilabert@menorca.info

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