En El tesoro de los saberes olvidados, Jacqueline de Romilly reivindica el valor de la cultura clásica y de las humanidades en una época dominada por la prisa, la utilidad inmediata y la fragmentación de las ciencias. No solo eso, defiende que algunos conocimientos que nos enseñaron en la escuela y que aparentemente ya no recordamos siguen vivos y útiles en el interior de nuestra mente.
La gran helenista francesa, una de las más prestigiosas especialistas en la Grecia antigua del siglo XX, empezó a escribir este breve ensayo cuando casi se había quedado ciega. Lo hizo «con la serenidad de quien ha dedicado toda una vida a dialogar con los textos antiguos y todavía encuentra en ellos una fuente de lucidez para comprender el presente».
Lejos de cualquier nostalgia estéril, Romilly defiende que ciertos saberes aparentemente «inútiles» contienen una forma de conocimiento esencial sobre la condición humana. La literatura, la filosofía, la historia o el estudio de las lenguas clásicas no son reliquias del pasado, sino herramientas para aprender a pensar, matizar y comprender la complejidad del mundo. Frente a una sociedad cada vez más orientada hacia la especialización técnica y la rentabilidad, la autora recuerda que la cultura humanística enseña algo menos tangible pero decisivo: la capacidad de juicio.
«La cultura, en apariencia, no sirve para nada —afirma la segunda mujer que entró en la Academia francesa—. Pero está hecha precisamente de la masa de esos recuerdos olvidados: cuando se han acumulado durante mucho tiempo, su presencia constituye un tesoro particularmente rico y variado y se convierte entonces en una especie de segunda naturaleza; añade una suerte de halo a todas las impresiones, a todas las experiencias, a todos los conocimientos que se presentan.»
Con una prosa clara y elegante, alejada del tono académico, Romilly convierte su defensa de las humanidades en una invitación a la lectura y a la curiosidad intelectual. Hay en estas páginas una confianza profunda en la educación entendida no como simple acumulación de información, sino como formación del espíritu crítico y de la sensibilidad.
Uno de los mayores méritos del ensayo es su capacidad para conectar el legado de la antigua Grecia con inquietudes contemporáneas. La autora advierte que una sociedad que sacrifica la memoria cultural en nombre de la eficacia corre el riesgo de empobrecer su imaginación moral. Los saberes olvidados a los que alude el título no pertenecen únicamente al pasado: son también formas de atención, reflexión y diálogo que el presente parece abandonar con demasiada facilidad.
Escrito en 1998 cuando el problema de la omnipresencia de las pantallas no estaba presente como ahora, El tesoro de los saberes olvidados es una apasionada defensa de la inteligencia humanista y de la importancia de la educación escolar. Un libro breve, pero lleno de convicción, que recuerda que la cultura no sirve solo para saber más, sino también para vivir mejor y comprender más hondamente lo que significa ser humano.
El tesoro de los saberes olvidados
Jacqueline de Romilly
Traducido por Manuel Serrat Crespo
Editorial Siruela
200 páginas