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Carta de los lectores

Juego de sillas: Menorca, la moneda de cambio

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No era lo más importante. Es más, parecía intrascendente quien tenía que ocupar cada una de las sillas en juego. Lo prioritario era tener un programa consensuado y trabajar a favor de las personas. Eso es, al menos, lo que nos vendieron los tres partidos de izquierdas que todavía están negociando los distintos gobiernos, en el Consolat de Mar y los Consells insulares.

El sainete, al que estamos asistiendo impávidos todos los sufridos ciudadanos, es para echarse a llorar. Que ahoraFrancina Armengolserá la presidenta, que ahora no. Que ahora rompemos las negociaciones, que ahora seguimos. Que ahora entra Podemos, que ahora no. Que tú me das Menorca y yo te doy el Govern. Que ahora me levanto indignado, que ahora te abrazo.

Están demostrando que lo último que les preocupa son los ciudadanos. Su primer y único interés es tocar el máximo de poder posible. Han caído como halcones sobre el botín y se lo reparten a tortazo limpio. Y eso que querían implantar una nueva forma de hacer política...

Y lo peor, y lo que más duele, es que están jugando con Menorca y con todos los menorquines. De hecho, el Consell de Menorca se ha convertido en la moneda de cambio para que Més apoye la investidura deFrancina Armengol, emulando lo que ocurrió en el siglo XVIII, cuando Menorca era zarandeada entre ingleses, franceses y españoles. Somos una simple pieza del tablero, que ahora está en manos del PSOE, ahora en manos de Més. Es ciertamente indignante tanta frialdad y falta de respeto a los menorquines.

En cualquier caso, en todo este repugnante proceso de negociación, quien de momento va ganando la partida es Podemos. Los que no eran de la casta, y la querían combatir, bien pronto se han quitado la careta y su impostura. Sin dar nada a cambio, de momento ya han conseguido la segunda pieza en importancia: la presidencia del Parlament. Para ser nuevos en estas lides no les ha ido nada mal su estrategia.

Otra cuestión que también me ha sorprendido negativamente es la nueva configuración de la Mesa del Parlament. Siempre se había intentado que en la Mesa hubiera representantes de Mallorca, Menorca y Eivissa. Y por eso, tanto en un bando como en otro se procuraba proponer personas de las tres islas. En esta ocasión, al PP le tocaba elegir dos personas y ha colocado a una de Mallorca y a otra de Eivissa. En cambio, por parte de la izquierda, sus tres miembros elegidos, son todos mallorquines. Una burla a todos los menorquines e ibicencos que ha contado con la aquiescencia de los parlamentarios de izquierdas de estas islas y, lo que es peor, con el aplauso de Més per Menorca, que tiene grupo propio, y que dice querer defender los intereses de Menorca y sólo de Menorca.

Por primera vez en la historia, en la Mesa del Parlament no habrá ningún miembro de Menorca. Y si hay uno de Eivissa es porque el PP así lo propuso. ¿Para qué sirve, entonces, que haya un grupo parlamentario exclusivamente de Menorca si no defiende los intereses de Menorca? ¿Acaso Nel Martí ha negociado callar ante este ultraje a los menorquines, a cambio de poder ser conseller del Govern? ¿Es ésta su manera de defender la Isla? ¿Están por encima sus intereses personales y económicos, que los de Menorca? Una vergüenza.

Están jugando con Menorca por intereses espurios. Están negociando en despachos oscuros, alejados de los ciudadanos, con absoluta opacidad, pasándose Menorca de una mano a otra. Esta nueva forma de hacer política es absolutamente deleznable y vomitiva. Es lamentable todo este espectáculo. Ciertamente, los ciudadanos merecemos más respeto que todo este cambalache.

Desgraciadamente lo que hemos visto es sólo un aperitivo de lo que nos puede deparar esta legislatura. Estos cuatro años serán totalmente improductivos. Habrá inestabilidad institucional y conflictos intestinos entre las tres fuerzas de izquierdas. Habrá, y esto es lo grave, retrocesos en las libertades. Será un gobierno sectario y radicalizado en extremo, donde sólo el PP podrá actuar de dique de contención ante los desvaríos y desmanes de un Govern echado al monte. Cuatro años para olvidar.

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