El expresidente de la Generalitat catalana, Jordi Pujol, ha reconocido que él y su familia han mantenido durante más de tres décadas fondos en el extranjero que no habían declarado. La confesión del político que durante 23 presidió el gobierno de Cataluña ha caído como un auténtico mazazo al erosionar a una personalidad que fue clave no solo en esta comunidad, sino también en el resto de España. El prestigio de Pujol ha quedado gravemente dañado.
Hace meses que se conocían los indicios del posible origen irregular del importante patrimonio de la familia Pujol, con varios hijos que son objeto de investigación por presunta corrupción. Jordi Pujol hipotecó buena parte de su imagen personal al desmentir unas informaciones que, al final, ha tenido que admitir. Un error; porque un responsable político jamás debe incurrir en un fraude fiscal. Hechos como éste provocan el desafecto de los ciudadanos hacia los responsables institucionales que anteponen sus intereses personales a los generales. Sin caer en la generalización, por injusta, es el momento de reclamar la máxima exigencia de honradez y transparencia a quienes se dedican a la función pública.
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