JOSÉ MARÍA PONS MUÑOZ
No hace falta ser ningún lumbreras para predecir que Al- Qaeda no va a dejar de intentar una nueva catástrofe aérea. La razón es sencilla, basta observar la alarma a nivel mundial que se ha generado ante el fallido atentado de un vuelo procedente de Ámsterdam con destino a Detroit, con el explosivo que llevaba el nigeriano Omar Abdul Mutallab, cosido a su calzoncillo, para tener conciencia del nivel propagandístico de una acción terrorista incluso afortunadamente fallida. Bien, pues volver a conseguir un atentado aéreo, más que el atentado en sí, posiblemente la insistencia terrorista ya consista en burlar los sistemas de seguridad americana. Mientras tanto, la psicosis de EEUU se generaliza por todo el mundo, principalmente en Europa.
Hoy coger un vuelo es poco menos que someterse a un trato humillante y vejatorio, que si quitarte los zapatos porque a algún fanático se le ocurrió meter en ellos no sé que cosa, que si quitarte el cinturón por lo mismo...y de esas trazas, descalzos y sujetando los calzones, pasar por el arco detector. Luego lo de los líquidos. Ahora lo último es lo de los escáneres corporales, que esta es la hora que no sabemos que consecuencias puede tener semejante artilugio para la salud. Lo que sí se nos aclara es la humillación y la quiebra del derecho a la intimidad. Además, fíjense qué curioso. Nada de todo eso sucede por coger un barco o un tren o un autobús, la seguridad parece estar concentrada en los aviones, sobre cualquier otro medio de transporte. Poco parece importar lo que pasó el 11-M en los trenes de Madrid para mantener igual rigor de exigencia en seguridad en los trenes que en los aviones. Es éste un asunto bastante incomprensible. En cualquier caso, la psicosis es tan grande y ya tan paranoica, que no resulta ni noticia, por innumerables, la del avión que regresa al aeropuerto de donde despegó por cualquier fatuo motivo que levante la más mínima sospecha.
Un servidor de ustedes, después de dos delicadas intervenciones quirúrgicas, lleva incrustado en las vértebras cervicales un tubo de titanio, con sus tornillos y cables, que comprometen cuatro de las siete vértebras. Ni "jarto" de vino se me ocurre volar en estos momentos a Estados Unidos. No tengo más que cerrar los ojos para verme como dios me trajo al mundo, desnudo, con el culo en pompa, mirando para un sujeto que con un guante de látex se me acerca agresivo, ¡oiga!, qué no, qué no, que ni hablar.
Por cierto, al rebufo de tanta psicosis y tanto pánico, ¿ no hay nadie de este mundo pensador que se de cuenta que toda esa paranoia es en si misma una victoria global del terrorismo islámico que ha convertido viajar en avión en un suplicio lleno de obstáculos?
Otra cosa que con toda esta "vaina" de la seguridad ha hecho aflorar la propia policía, ha sido el inaudito asunto de colocar material explosivo en ocho equipajes de ocho pasajeros elegidos al azar sin que ellos lo supieran. Todo para ver cómo se comportaban las medidas de seguridad, resultando que uno de ellos paso todos los controles habidos y por haber sin que estos detectaran nada anormal. Y llegó con su equipaje y su explosivo hasta su casa, donde la policía fue a recogerlo tres días después, con el consecuente susto para "el conejito de Indias". La ocurrencia de colocar explosivos en equipajes de los pasajeros se le ha ocurrido a la policía eslovaca. Por cierto, los explosivos eran reales. Los ocho pasajeros utilizados como conejos de Indias sin ellos saberlo, embarcaron en el aeropuerto de Poprad Tatry, a 340 kilómetros de Bratislava. Un experimento, a todas luces bastante extraño, y sobre todo muy perturbador a nada que se nos ocurra extrapolar la prueba. Por ejemplo: ¿estamos los pasajeros seguros de que la policía no puede colocarnos en nuestro equipaje, ya no diré explosivos, si no simplemente droga? Pues visto lo visto, no parece que estemos para nada seguros. ¿Cómo es posible que alguien tenga acceso a nuestros equipajes y pueda manipularnos?, ¿cómo es posible que los manipuladores sean, precisamente, la policía, cuando uno en lo que confía es que sea la policía quien vele para que tal cosa no suceda?, ¿no habría sido más lógico que los conejitos de Indias fueran los propios policías, si de lo que se trataba era ver si los sistemas de seguridad localizaban los explosivos? Permítanme una hipótesis, una elucubración al hilo de lo sucedido con la policía eslovaca: va usted, pongo por caso, y coge un avión, y al llegar la policía le detiene, saben que en su equipaje encontrarán droga o explosivos. No pueden fallar, la han puesto ellos. ¿A que acojona?