Del tiempo, como del fútbol, todo el mundo sabe y habla. De hecho, ¿cómo se resolverían las conversaciones en ascensores, vestíbulos y salas de espera si no fuera por las nubes y las pelotas de fútbol o de baloncesto? Pero a mí esto de las ciclogénesis diversas me inquieta bastante y miro al cielo con el mismo temor que los habitantes de la aldea gala de Astérix. Desde hace una temporada, comparto tertulia con dos fijos de esta sección sobre si estamos ante una verdadera incómoda versión meteorológica. Sus argumentos, sin poner en cuestión el cambio climático, son difícilmente rebatibles: ahora todo se exagera y en invierno es normal que haga frío y en verano calor (admitiendo las habituales excepciones). Uno lo apunta y el otro me lo dice desde un café, escépticos ante profetas y agoreros de cataclismos de todo tipo. Vale, pero yo sigo con la mosca detrás de la oreja cual Stephen Hawking ante la posible llegada de alienígenas versión V. Además, se me recuerda que si llueve o hace frío en mayo no es novedad. El refranero ya lo advierte: hasta el 40 de mayo no te quites el sayo.
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