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Xerradetes de Trepucó

Intentando complacer a mis lectores

Imagen captada por Foto Video J. Carreras el Viernes Santo del año 2003. Una madre cofrade de "La Sang" de San José de Mahón, con su hijita de cuatro años recién cumplidos. (Archivo M. Caules )

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Y van llegando correos, escritos que me alegran a la vez que me encandila leer y releer. Los hay llenos de simpatía envueltos de sabiduría que tanto agradezco. Otros, se convirtieron en vínculo de una buena amistad. Las mujeres de es talaiot de Trepucó chapadas a la antigua, que por no saber, ni tan siquiera saben hacer uso del teléfono móvil. Esa cosa pequeñita, cargada de números y letras con la cual los humanos han perdut sa vergonya hablando de lo que sea, donde sea, sin miramiento, todo lo contrario en voz alta, los viandantes se enteran si cenan o prefieren invertir el importe de la comida yendo al cine. A mis compañeras, les cuesta creer en el misterio de las nuevas tecnologías, les parece mentira. Para Quica son cosas de brujas. Cada vez que les enseño los e-mails y la rapidez con que llegan, quedan con la boca abierta, como fue el caso del recibido desde Estados Unidos, remitido por Lorenzo Milá, hermano de mi querida amiga Mercedes. Hizo el trayecto tan rápido como los mandados por sus hermanos José Maria, o Clementina, a quatre passes d'aquí.

Ya que he empezado con ansias de responder por medio del diario, voy a contestar a Francisca, viuda de un militar de La Mola, con la que nos unió una buena amistad encontrándonos de nuevo, deseosa le recuerde pasadas Semanas Santas. En un principio no pensaba complacerla, tal vez demasiado repetitivo, lo vengo haciendo año tras año, pero desisto y ahí va:

Las imágenes cubiertas con telas moradas. Las iglesias a media luz. No se hablaba de crisis, pero se vivía con mesura, procuraven no treure es peus des llançols. Mi querida parroquia, la del Carmen, bajo un silencio sepulcral y en contrapunto tres colas de feligreses. El reverendo Miguel Villalonga, don Lorenzo Salom y el señor Enrique. Los asistentes orando, preparándose con el "Yo pecador, me confieso a Dios…." Muchos de ellos, tan solo acudían una vez al año como mandaba el catecismo. Al finalizar y haber recibido la absolución, quedaba registrado en un libro parecido al que llevaba mi padre para su contabilidad. A la vez que se te hacía entrega de un papelito blanco de unos seis o siete centímetros de largo por tres de alto, con la fecha del acto, tu nombre y en lo alto la iglesia que te encontrabas. A continuación, se rezaba la penitencia, la misma que siempre me daba que pensar, que si a mí me habían mandado tres padrenuestros, y otras tres salves, por haber refunfuñado, negándome a ir al horno en busca del perol de la cena, y por haber dado un empujón a una amiga de la plazoleta al jugar a la tea, ¿cuántas oraciones corresponderían a los que contaban sus pecados de año en año? Mai vaig sebre s'aclarícia. Y continuaba preguntando a mamá Teresa, cómo debían hacerlo, ésta siempre tan práctica, me respondía: Lo van apuntando, haciendo una lista, tal cual la que hacemos nosotras cuando vamos al colmado del cuartel de la Explanada.

Aquella respuesta no me dejaba satisfecha, me daba qué pensar. Al regresar de la compra, siempre se había tenido algún olvido, lo que me confirmaba que la confesión anual devia fallar per qualque banda.

A través del aparato receptor, se escuchaban extrañas músicas, aburridísimos sones, añorando a Juanita Reyna, a la Lola Flores, y a Maguinet de la Caña, con sus chistes humorísticos y su tabla de multiplicar. Mientras tanto continuaba soñando con zapatos de tacón, bata de cola, peineta y un sinfín de peines de colores colocados en el pelo. Soñaba con delirios de convertirme en una de aquellas que ahora llaman folklóricas, conocidas por gitanas (con todo mi respeto). Me olvidaba de los mantones, con sus alegres bordados de multitud de flores y sus largos flecos.

Otras muchas cosas más se encontraban en la Semana de Pasión. Añade Praxedies que ella lo pasaba mal, poco dada a comer pescado, quedaba hasta la coronilla del mismo. Peroles al horno de "ratjada" con patatas y tomates, bacalao con patatas hervidas, bacalao frito, de quedar algunos pedazos, volvían a salir de la despensa dentro de la cazuela de barro donde antes mamá Teresa había preparado una salsa de tomate, buen remedio cuando éstos maduraban mas rápido de lo deseado. Gerret frito y al igual que el bacalao, el sobrante, se servía en escabeche. Panadera de pescado, que era un suplicio, separar el pescado comiendo los tubérculos. Le encantaban, los guisantes con huevos duros, las rebanadas de pan con salsa de tomate, pasados por leche, por huevo batido y fritos, croquetas de escarola con sus pasas. Platos de crema que cubrían galletas maría y otros de menjar blanc. Me da la sensación que muchos jóvenes no deben saber de qué hablo. El arroz con leche espolvoreado de canela en polvo, las "coques rois" con sus espinacas, pasas y piñones, y desistía de la coca con "pinxa", que horror, con tan solo olerla , volvía a pecar de pensamiento

Gracias al haber compartido mis primeros capítulos del libro de la vida con Gori, gracias a su manera de ser, hablándome, explicando sus recuerdos, sus vivencias infantiles entre los más pobres de Baixamar, me lo imagino sentado en uno de los taburetes a ras de suelo, que los pescadores usaban para trabajar sus artes de pesca haciendo o reparando redes. Aquellas charlas de hombres hechos a sí mismos, sin saber de escrituras, desprovistos de titulaciones para navegar en el ancho mar y por el contrario tanto sabían. Es magatzems, oliendo a moho, respirándose la carga del tabaco de pota. Para aquél que con el paso del tiempo sería el padre del motor marino Joyca, serían sus clases teóricas tal cual los que acudían a la universidad, y aprendió y mucho de los conocidos como lobos de mar. Que no tan solo hablaban de sus conocimientos marinos, dando a conocer sus vivencias infantiles, que los niños escuchaban con atención, entre aquellas historias, hablaban de cuando ellos eran petits, de grupos de hombres que el Jueves Santo visitaban las iglesias desnudos de cintura para arriba, azotándose, mientras eran perseguidos por la autoridad. Hoy me alegro de haberlo oído por boca de mi padre a la vez que él tuvo la paciencia de saber escuchar a sus mayores. Y continuaba diciéndome de que aquella prohibición llevó a las cadenas. Que no era otra cosa que hacer penitencia envolviendo sus cuerpos con las mismas. Hombres y mujeres con sus pies descalzos con cantidad de lastre arrrossegant infinidad de kilos de hierro, haciendo espeluznar la piel de los que acudían a ver la procesión del Viernes Santo. Otros envolvían sus cuerpos con cadenas, tapándolas con un grueso abrigo de paño negro. Los había que se vestían con el hábito de cualquier cofradía, con tal de poder cumplir con la promesa. De ahí que en su día publicara que hubo mujeres que fueron de penitentes en épocas que no se estilaba y que por respeto a las mismas jamás he dado a conocer, por ser muy conocidas en nuestra sociedad.

Recuerdo que en mi infancia, todos los años por estas fechas acudían al taller de Gori, hombres y mujeres en busca de que les prestara cadenas. El de las motoras siempre tan meticuloso y tan ordenado, las tenía distribuidas en diferentes cajas de madera, las había de diferentes largos. Ignoro el por qué tenía tantas. La reina de todas ellas, la que colgaba en la entrada del taller a merced de un importante gigre.

Una de aquellas noches cercanas a las fechas que me ocupan, el de la motora subió cabizbajo y muy triste, le había visitado una mujer explicándole que don Jesús Josué, de grato recuerdo, había diagnosticado una grave enfermedad de pulmón a su joven esposo. Hacía pocos meses habían sido nuevamente padres del tercero de sus hijos i sa pena se la menjava. Nadie debía saber de su promesa, vino a casa poco antes de la salida de la procesión acompañada de una hermana, y entre ésta, mi madre y mi padre, enrollaron en su cuerpo el pesado metal, cubriéndose con el abrigo, a la vez que las dos mujeres taparon su rostro con sendos tupidos crespones negros que se usaban en tiempo de duelo llamados mig mantos.

Se dirigieron tras la cofradía de la Virgen de la Piedad, instaurada por don Miguel Petrus Marques. Al finalizar la procesión, como si fuera hoy, me veo sentada en la sacristía de aquella parroquia, junto a mis padres que ayudaron a la joven penitente a despojarse de su pesada carga. Aquella noche desde mi cama escuché a mis padres como lamentaban el haber visto el vestido de la mujer manchado de sangre, unos pies destrozados, nuestras calles no se encontraban como ahora ni fer-hi prop. Pasaron los años, no muchos, aquella esposa dispuesta a sacrificarse por su esposo, fallecía tras una operación en la residencia de la carretera de San Luis. Jamás lo he contado a sus hijos, pero al cruzarme con ellos por la calle, me acuerdo de aquella triste historia, fruto de las cosas cotidianas. Dios nuestro señor, nos marca un día para nacer y otro para irnos con él.
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margarita.caules@gmail.com

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