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Asseguts a sa vorera

Cuando fuimos futbolistas...

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Los pequeños de la casa se nos están volviendo idiotas. Tanto videojuego, 3-D, internet y su correspondiente porno, están acribillando a aquellos que podrían haber soñado con ser, en el día de mañana, médicos, bomberos, policías o futbolistas. Ellas y ellos. Ahora, encima, para cuatro irreductibles que todavía sobreviven entre la voracidad de las nuevas tecnologías pegando patadas a un balón en la calle, que es una de las cosas más bonitas que recuerdo de mi infancia por Alaior, se lo cargan porque no está bien visto o "genera molestias". Pues vaya...

Si a Messi, Iniesta o Cristiano, cuando eran un críos, alguien les hubiera prohibido jugar en la calle ahora el fútbol estaría más huérfano que nunca y, quizás, España no sería el mejor país del planeta futbolísticamente hablando, que quieras o no, tiene su mérito. A un niño si le prohíbes jugar a la pelota le quitas alegría. Aunque no lo parezca, hay unas normas en la calle que te ayudan a crecer como persona. Sin árbitros, sabes hasta dónde puedes llegar sin que sea falta, que cuando te caes no queda otra que levantarte aunque nadie te ayude y la rodilla te duela muchísimo, que tan importante es saber ganar como saber perder y saber felicitar al que ha vencido, porque tragarte el orgullo te ayudará más adelante, aunque tenga un sabor asqueroso.

Pero. Entiendo a los comerciantes que tengan que lidiar con los balonazos en sus escaparates o en sus terrazas porque a la hora de las reprimendas se encuentran que, en lugar de agachar la cabeza o salir corriendo como hacíamos antaño, ahora los mocosos contestan, se encaran y reinciden a propósito, para encabronar todavía más a la autoridad. Es cierto que a los pequeños, a veces, les falta educación, les sobra chulería, se merecen una colleja, o quizás que sus padres y madres les hagan más caso.

Es horroroso que prohíban a los pequeños jugar con el balón en un parque porque molestan a los vecinos pero creo que es peor que se encierren en un cuarto delante de una pantalla a jugar con un simulador de fútbol cuando pueden reunir a un grupo de amigos, marcharse a un parque y, con cuatro mochilas que sirvan de poste, armar una pachanga de esas en las que, en Alaior, soñábamos que éramos Raúl, Rivaldo, Romario o Cantona, jugando la final de un Mundial. Aunque al final ninguno de nosotros haya salido futbolista. Nos sobraron estudios.
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dgelabertpetrus@gmail.com

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