Llevo algunos días acudiendo a un "hide", escondrijo, "amagatall", que he construido con la botánica del entorno, que siempre será la que ofrezca mejores resultados. En este caso concreto para observar y fotografiar rapaces: el milano real "milvus milvus", que ahora en época invernal, acude muy bien a los cebaderos, sobre todo cuando como en mi caso, se conoce una franja de paso migratorio en la qué estas bellas rapaces, suelen detenerse todos los años algunos días, no se me alcanza si para descansar o porqué en la zona encuentran comida. Las cebas cárnicas que utilizo para atraer a las rapaces carroñeras, en este caso milano real, son aquellos animales que voy recolectando atropellados por las carreteras: conejos, liebres, etc. Conservo esta carnaza en un arcón de congelación que tengo en un garaje. María me dice que tengo un depósito de cadáveres.
Hace unos días saqué una liebre y un conejo, y al amanecer, ya estaba yo en mi escondrijo de enea y esparto con mi sillita portátil y un par de cámaras. Aparte de que el escondrijo está muy bien mimetizado con el entorno, no dejo por eso de llevar mi vestimenta de camuflaje, que borra casi por completo la figura humana para convertirme en un apretón de matojos de cualquier zona arbustiva. El primer día los milanos se dieron un banquete pero no pude hacer fotografías al estar el cielo de color de panzaburra y tener mala luz.
La pasa migratorio del milano real está siendo estos días espectacular; baste decir que he tenido momentos que por encima de la carnada sobrevolaban 15 milanos; algunos de ellos inmaduros. Crías sin duda del último verano. Se distinguen por su color más pálido, más café con leche que los adultos, cuyo color es más teja, más rojizo; la cola, las plumas retrices menos ahorquilladas que en los adultos; por debajo las infracoberteras caudales son más blancuzcas. A partir del primer invierno, se distinguen los inmaduros de los adultos únicamente por las primarias internas y las coberteras alares; pico negro; el iris del ojo amarillento no grisáceo; las mejillas o cara, algo enmascarada en la zona de los ojos. Es curioso pensé, que en estos momentos, tenga sobre mi "amagatall" tantos milanos como todos los que hay en Menorca.
No sólo les he ofrecido lagomorfos, algunos veces también he puesto otras presas, por ejemplo una torcaz (tudo), y diré que no se lo pensaron mucho para bajar y desplumar la paloma y comérsela en un plis-plas, mirando frecuentemente a los lados, dando muestras de cierta inquietud que pude detectar al tener las plumas grises del pileo, capirote o nuca, erizadas.
Un amigo que tiene gallinas, me suministró un par de ellas que se le murieron debido a las bajísimas temperaturas de estos últimos días. Me llevé una sorpresa una mañana que utilicé una gallina blanca como cebo, cuyo volumen era como para alimentar a varios milanos. Pero no les atraía. Convine finalmente, que no la reconocían como alimento, quizá estos milanos no han visto nunca una gallina blanca, bueno, ni blanca ni de otro color. Sin embargo, ese mismo día por la tarde les cambié la gallina por un conejo de monte y una tórtola. Los milanos bajaron rápidamente a devorarlos, si bien, antes de llegar a la carnaza, suelen dar algunas pasadas de vuelo muy bajo a un par de metros del suelo. Su vuelo es muy silencioso, no emitiendo ninguna voz de llamada, como sí hacen estentóreamente las urracas, aves garrulas donde las haya, que además de no parar quietas ni un instante, no dejan de graznar como córvidos que al fin y al cabo son, atrayendo así a otros congéneres. El milano es sumamente silencioso y particularmente esquivo. Bastará cualquier mínimo ruido o que su penetrante vista le aperciba de cualquier anomalía óptica para levantar inmediatamente el vuelo.
He conseguido en el paso del milano de este año, una buena serie de fotografías que me recompensan del frío que he pasado alguna mañana, en la que tuve que abandonar porque no era posible aguantar más, a pesar de lo bien protegido que iba. Pero 6 u 8º bajo cero y estar sentado inmóvil a 3 metros de un río en pleno campo varias horas, acaban dejándote el cuerpo con un enfriamiento tal, que ni siquiera te das cuenta de que por la nariz, más que gotear, te caen a chorro los mocos como si fueran agua. A pesar de todo, regresaba a casa más que satisfecho. Debe de ser verdad que: "sarna con gusto no pica".