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‘Izenburu Galea' (sin título) o la pintura de Bonifacio

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Dice Juan Mari Arzak que en la cocina, como en la vida, debes moverte con los ojos abiertos y la curiosidad de un niño, siempre dispuesto a aprender; y que el día que pierdas esa actitud debes retirarte de la cocina y quizás hasta de la vida. Decía Bonifacio que la pintura es buena cuando en ella hay lucha: la pintura es siempre la gran aventura a vida o muerte, en la que se puede ganar o perder. La pintura no es sólo cuestión estética o arte decorativo; es algo que forma parte de la vida, es expresión, es testimonio, es permanencia, y mucho amor. Por eso he disfrutado en la Sala Kubo Kutxa de un San Sebastián amenazado por la nieve con la exposición 'Bonifacio 1933-2011': 48 grandes óleos centrados en el surrealismo y el expresionismo abstracto, 29 dibujos y 29 litografías de la serie 'Avanti Vaporini', comisariada por quien fue galerista y amigo del pintor, José Luis Merino. En una de las salas adyacentes se proyecta además el documental 'La cicatriz de la pintura', una larga entrevista en la que el pintor, en su taller, con un lenguaje directo y a veces irreverente e incluso soez, recuerda sus orígenes y repasa su pintura y su continuo enfrentamiento con los cuadros: 'Siempre vence el cuadro, que nunca se termina, se abandona, siempre es el que da la cara y, como decía Picasso, es como la mujer: hace con uno lo que quiere. Yo preparo cada cuadro con muchos bocetos pequeñitos, pero después no se parece nada al boceto, y a veces le pegas un brochazo y pierdes todo el cuadro. Hay muchos cuadros que me siguen gustando y otros no; ahora soy más minucioso y antes dominaba más el grafismo, el informalismo. El caso es no estar conforme nunca. Me acuerdo más de los cuadros que me ha costado mucho pintarlos. Hay algunos que salen por casualidad y otros que no salen, a base de quitar y poner. Yo digo que soy un pintor de arrepentimientos, porque borro, quito, veo lo que sobra, lo que falta. Cuando acierto es cuando borro todo. Disfruto la pintura borrando.
Creo que los pintores siempre estamos pintando el mismo cuadro toda la vida, vamos alrededor siempre del mismo cuadro. Picasso decía que no buscaba, que encontraba. Yo ni busco ni encuentro'.

Bonifacio Alfonso Gómez Fernández –Bonifacio en la pintura y Boni para los amigos- nació en San Sebastián el 19 de junio de 1933, hijo de un donostiarra fusilado en 1936 y de una gaditana de El Puerto de Santa María. Su vida se parece en algún modo a la de tantos pintores de entonces: infancia difícil por un exilio obligado y un regreso de penurias a San Sebastián que intenta tapar con múltiples oficios - coro de voces blancas y monaguillo de la Catedral del Buen Pastor, botones de hotel, pinche de cocina, aprendiz de herrero, ebanista, lavandero, recadero, pescador profesional, camarero fijo en el Café Oriental y luego en el Txoko, lugar de reunión de toreros que le lleva a torear veinticinco novilladas con caballos, hasta recibir una cornada en Bilbao que le retiró de los ruedos dejándole un poso, un gusto por el instante mágico e irrepetible que luego trasladará a su obra, rotulista, pintor de brocha gorda, batería en un grupo de jazz y publicista en la Imprenta Industrial-, dedicación final a la pintura a tiempo completo -su primer maestro, Julio García Sanz, le dirigió al mundo del arte regalándole una caja de acuarelas; su primer estudio fue la cocina de su casa-, primeros reconocimientos y poco marketing, que de haber tenido le hubiera catapultado a la fama; pero a Bonifacio, un hombre tímido y retraído, le molestaban los elogios públicos y no quiso saber nada de la fama ni del reconocimiento, y por eso mucha gente desconoce su importancia como artista.

En 1955 Bonifacio gana el Primer Premio de Pintura de San Sebastián con un Cristo cubista ante la incredulidad de su abuelo, que mientras lo hacía le llegó a decir: "¿Esto es un Cristo? Anda, trabaja y déjate de leches". En 1968 Fernando Zóbel le compra dos cuadros para el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, inaugurado dos años antes –'le pedí 30.000 pesetas pero ante mi sorpresa me dio 50.000 y me dijo que aún me engañaba'- y le convence para trasladarse a dicha ciudad, donde se instala en la casa-estudio del pintor José Guerrero, que entonces vivía en Nueva York, y donde durante 27 años convive con un grupo de artistas no figurativos como Gustavo Torner, Gerardo Rueda, Eusebio Sempere, Antonio Saura, Manolo Millares o el propio Fernando Zóbel, entre otros, a los que admiraba: 'Con los otros pintores no hablaba de pintura; hablábamos de mujeres'. Bonifacio era entonces y siguió siéndolo, por encima de todo, un hombre tremendamente 'primitivo', y la persona que le dio a conocer y notoriedad artística fue Juana Mordó, con cuya galería trabajó hasta el cierre de la misma, exponiendo desde 1970 hasta 1994; Juana Mordó murió en 1984, pero la galería se cerró 10 años más tarde, regentada por Helga de Alvear, socia de Juana en los últimos años de ésta. A principios de los 90 traslada su taller a Madrid, al barrio de Lavapiés. En 1993 gana el Premio Nacional de Grabado que concede la Calcografía Nacional de España; y en 2005 recibe el Premio de las Artes de la Comunidad de Madrid.

Bonifacio era un hombre retraído, que pintaba alejado de la vida social, consciente como decía que "al pintor que se le ve demasiado es que está poco tiempo en el estudio; y lo que hago requiere de trabajo continuo, del azar y del caos". Su timidez hacía que le gustara más escuchar que ser escuchado. Decía que su oficio de pintor era igual de digno que los anteriores, que la vida estaba para disfrutarla sin molestar y que la vanidad y la egolatría eran los primeros síntomas de la degradación mental. Personaje singular y entrañable, heterodoxo, divertido y culto: leía mucho y le gustaba la boutade, con su cara de malas pulgas, la ironía y el sarcasmo, sorprender, jugar. Tremendamente cariñoso y con un corazón enorme, sus amigos comentaban que no le podían elogiar un cuadro, porque se lo regalaba. Su pintura es original, convulsiva, exuberante, reflejo de la vida tan intensa, azarosa y excéntrica que vivió, muy libre pero llena a la vez de sensibilidad y poesía, inquieta, elegante y a la vez transgresora, al principio erotizante, a veces salvaje, durante mucho tiempo barroca -"Yo siempre he sido muy barroco y ya estoy de barroquismo hasta la coronilla"-, extremadamente personal, ajena a críticas, modas, estilos y tendencias, aunque denote un gran conocimiento sobre el arte, inconformista total y tan difícilmente clasificable que ni el propio artista sabía definirla: "Yo de pintura no sé, no la sé explicar, sé lo que me pasa a mí; la pintura hay que saber verla, yo no tengo teorías sobre las cosas y es muy difícil explicar la pintura, ya que no tiene partitura: si supiera explicar mi pintura no pintaría". De ahí el Izenburu Galea -"sin título" en euskera- del encabezamiento.

Informalista, a medio camino entre el surrealismo y el expresionismo abstracto, algunos han llegado a calificar su obra como desprejuiciada, insolente e inesperada, con un importante dominio del gesto, de la ficción, de lo accidental y de la improvisación: "Me gusta mucho improvisar sobre la pintura, como la música de jazz. Hay veces en que miro algunos de mis cuadros y creo que no los he hecho yo. Me sorprende. Y, sin embargo, otras veces he tenido que pintar un cuadro setenta veces para que me llegue a gustar algo. Esto de la pintura es como lo de los toreros: hay que tener buen juego de muñeca; depende mucho de la muñeca. De ahí salen las cosas; y del miedo a los espacios vacíos: cuando veo un espacio vacío tengo que pintar algo encima". Y pintaba con un estilo propio nada formal que supo absorber influencias tanto del primitivismo y del arte africano como de la vanguardia internacional de entonces -grupo Cobra, con Asger Oluf Jørgensen (Asger Jorn) y Pierre Alechinsky, el Art Brut, Willem de Kooning, Arshile Gorky, Roberto Matta-, el cubano Wifredo Lam; y españoles como Antonio Saura, uno de sus mejores clientes, y Tàpies: "No sé qué me pasaba con Tàpies que no entraba en su pintura. Sin embargo, ahora me interesa sobremanera. Sobre todo porque le veo en la misma onda de los maestros orientales, cuando aducían aquello de que menos es más, que es lo que hace Tàpies y es lo que quiero hacer yo. No quiero pintar como Tàpies, pero quiero realizar una pintura sobre eso de menos es más. Y lo veo muy difícil. Por eso ahora admiro a Tàpies muchísimo"; y por supuesto Picasso: "He tenido influencias de todo Cristo, pero Picasso es el que nos ha jodido a todos. Ahora me quedo con el deseo de haber querido ser Picasso".

Figuras y objetos deformados -esperpentos viscerales, en palabras del galerista Juan Manuel Lumbreras-, descompuestos e indescriptibles, a veces rotos, otros inacabados, casi siempre irónicos; espacios indefinidos; perfiles contundentes -'La línea es muy buena, es una línea que canta, que baila, son líneas de veras, las mismas que se encuentran en la anatomía, en la zoología, en el ser humano. Es muy divertido, tiene algo de cervantino: "en sus cuadros suceden cosas semejantes a las conversaciones entre Sancho y Don Quijote", decía Matta-, colores primero blancos -"Salto de la Garrocha", 1971-1973-, luego ocres, oscuros -"El cerro de los locos", 1984; "Noche negra en Pakai", 1989-1995-, y por último decididos -Plaza Kaskorro', 1999-, chirriantes, ácidos, a veces excesivos -'Ramsés II', 2000-, que explosionan en sus cuadros y se avivan con el tiempo, ricos en matices y contrastes que Bonifacio vive, sufre y disfruta. Magnífico dibujante, como se puede apreciar en sus grabados sobre insectos: "El dibujo me sigue gustando mucho y es la base de la pintura. Yo sigo con el carboncillo primero y después quito o dejo el dibujo".

Y a partir del dibujo, la obra gráfica, donde tuvo como maestro a Antonio Lorenzo Carrión y donde se esfuerza en ser él, mordiendo las planchas y haciendo las primeras pruebas, sin delegar; magnífica la serie litográfica expuesta 'Avanti Vaporini', a pesar de la mala iluminación de la sala y del contraste de su enmarcado con las obras que la acompañan: sin duda la Kutxa debería haber hecho un mayor esfuerzo en eso; en reproducir todas las obras presentes en la exposición, pues lo contrario representa una horrible descortesía para al menos los coleccionistas que han prestado sus cuadros y no los han visto reflejados en el catálogo por ahorrar unos cuanto euros en una muestra que va a cubrir cuatro meses de programación; y en las explicaciones de las audioguías, a mi juicio muy tediosas. En el resto, sobresaliente; un disfrute de exposición.

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