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Conmigo mismo

Mortadelo y compañía...

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De pequeño te destornillaste con algunos personajes de «tebeo». Te agradaban, especialmente, Mortadelo y Filemón, aquellos espías torpes, tan hispanos ellos, que, contra todo pronóstico, conseguían siempre sus propósitos, aunque con desenlaces tan kafkianos como divertidos. La soltería de Ofelia y su no recatado amor por el maestro del disfraz te sabían, por ejemplo, a gloria. Hubo otros: Pepe Botella y Otilio, «chapuzas a domicilio», y Rompetechos, un cegato paradigmático y... Como hubo, igualmente, lugares entrañables, como la «rue del Percebe, 13», esa que se asemejaba tanto al camarote de los hermanos Marx en su eterna noche de ópera... Todos -lo sabes ahora- tenían algo en común: llevaban la misma firma y reflejaban, de manera un tanto hiperbólica, una realidad nacional que pervive todavía en la actualidad: el mundo de la chapuza y del trapicheo... Porque, quien más quien menos, ha residido en su particular «rue del percebe», asistiendo a surrealistas reuniones de vecinos y soportando a algún que otro compadre. A fin de cuentas, un bloque de pisos no es sino una representación viva de la sociedad, con sus miserias y con sus grandezas y, por ello, hay, como en botica, un poco de todo: desde el moroso hasta el escrupuloso cumplidor de lo mandado; desde el afable en demasía hasta el mudo por descortesía... Aunque, en tu caso, has tenido suerte y tus vecinos son, por ejemplares, poco representativos del mundo en el que vives y, a duras penas, sobrevives.

2 Pero ahora, con el sentido común que delata la calvicie y el paso de los años materializado en una generosilla barriguita, te das cuenta de que esos seres entrañables han perdido vigor y fuerza, aunque no gracia. La culpa no es, pero, suya, sino que su trazo, su esencia, han quedado ampliamente superados por lo real. Así, hay personajillos que emulan y superan a Mortadelo en cuestión de disfraces. Los que, por ejemplo, proclamándose de izquierdas, viven como gentes de derechas. O esos otros que, defendiendo con sentido común, el derecho a la vida, no hacen en cambio nada para crear las condiciones sociales de justicia y equidad que favorezcan la existencia humana y una existencia humana en dignidad. Y no convendrá olvidarse de Pepe Botella y Otilio, porque sus chapuzas, aún siendo descomunales, os saben ahora a poco. Porque para chapuzas ya tenemos a exministras que sostuvieron que el dinero público no era de nadie o a esos genios de la informática que borraron discos duros un tanto incómodos o a sindicalistas que confundieron cursos de formación con langostinos y botellas de vino de ochenta euros la unidad o a piezas de oratoria excelsas como las de una tal Cospedal hablando de no sé qué en diferido o...

ampoco os faltan ciegos, como Rompetechos, que creen ver brotes verdes u Ofelias que no suspiran por su «Romeo» pero sí por un cargo público... Y, al final, Kafka y Valle-Inclán lloran desde el cielo, porque sus esperpentos y sus textos impensables se etiquetan ya como hiperrealistas...
2 De hecho vuestra comunidad, ya no es el número 13 de la «rue del percebe». La «rue» es la nación entera en la que se atrincheran y se pudren desde las más altas instituciones hasta el ciudadano de a pie, sin que haya alguien que se moleste en efectuar algunos arreglillos. Y no te sirve para ello el Capitán Trueno, porque, según algunos, tenía algo de fascista, aunque, cuando lo leías de niño, no te enterabas.

Pero, pese a que han perdido fuelle, sigues recordando hoy a tus personajes de antaño con cariño. Sus maldades eran inanes. Sus chapuzas, cómicas. En ese otro cómic -el real- las maldades, sin embargo, son letales y las chapuzas no tienen gracia. Entre otras razones porque existen demasiados Carpanta bajo los puentes del paro y la miseria y porque quienes están por la labor de regenerar esto de una puñetera vez han quedado reducidos, como Astérix, en la pequeña aldea del ninguneo, pero sin el consuelo de una poción mágica...

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