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Asseguts a sa vorera

Cien años a la basura

Pues nada, amigo lector, coges el último siglo de existencia humana y lo tiras a la papelera, al wáter, al contenedor de reciclaje correspondiente o donde te salga de las narices, porque ni hemos aprendido ni queremos aprender

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Pues nada, amigo lector, coges el último siglo de existencia humana y lo tiras a la papelera, al wáter, al contenedor de reciclaje correspondiente o donde te salga de las narices, porque ni hemos aprendido ni queremos aprender. Esta raza humana tan maravillosa en lo suyo y tan mezquina en lo que quiere recuerda estos días el primer centenario de una de las barbaridades más grandes de las que se tiene consciencia, la Gran Guerra. Esa a la que rebautizamos posteriormente como Primera Guerra Mundial porque nosotros, tercos como mulas, nos empeñamos en generar un segundo gran desastre no contentos con la marimorena que armamos entre el 1914 y 1918.

Cien años después cuando todos parecemos mucho más listos, más educados, más sociables y estamos más concienciados globalmente resulta que seguimos siendo igual de imbéciles e imbécilas que entonces. O más. Porque antes, al menos, no tenían conocimiento de todas las atrocidades que ocurrían por el mundo y por lo tanto se amparaban en la ignorancia, un escudo al que el ser humano se suele aferrar solamente cuando le viene en gana. Lo de ahora es más triste. Tenemos acceso a casi toda la información de casi todas las cosas que pasan en este planeta. Ocurre incluso que a veces las perseguimos adrede.

Con una búsqueda rápida en Google puedes encontrar miles de fotografías del conflicto en Gaza, por citar un ejemplo. Puedes ver desde imágenes de como quedan las ciudades después de los bombardeos hasta vídeos en los que insensiblemente se muestran cadáveres mutilados y apelotonados en algún triste lugar y que, sencillamente, nos la soplan. Que sí, que nos entristece amargamente durante algunos minutos cuando caemos en la desgracia que viven otros mientras aquí, a este lado del paraíso, lo que más nos importa es si nuestro teléfono es de última o de penúltima generación. Nos da pena pero solo un rato, en realidad a la mayoría nos da igual.
Es triste, lo sé, y yo soy el primero que lo hace. Pongo cara rara viendo el telediario, siento lástima de esa gente, sobre todo de los niños, pero al cabo de un rato se me pasa. Y cuando vuelvo a caer en la desgracia que ahí viven por culpa única y exclusivamente de la codicia humana me detesto, me odio. Me siento vacío.

Es por eso, amigo lector, que me gustaría coger este último siglo en el que ha habido cosas buenas pero demasiadas muy malas y mandarlo a paseo. Porque no hemos aprendido nada, no vamos a aprender nada y dentro de cien años se celebrará el segundo centenario de lo uno y el primer centenario de lo otro.

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