Opinión | Firmas del día

Memorias de un camarero (II)

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Todo sucede en un bar -lo recuerdo-. En mi bar. Digamos que un bar ubicado, en esta nueva entrega, la penúltima, no en Japón, sino en un pueblecito de la América profunda, aunque esto sea, a todas luces, y como en el artículo anterior, una mentira... Decía, hace tres semanas, que la gente piensa que mi oficio está chupado: servir consumiciones. Pero nadie me ve limpiando, soportando el calor que producen las cámaras frigoríficas, etc… ¿Y qué me dice usted de la clientela? De todo hay en la viña del Señor y la inmensa mayoría es encantadora. No obstante, hay una fauna minoritaria empeñada en jorobarme la vida. Veamos más especímenes...

El hombre orquesta. Suele acabar mal. Asesinado. Al modo de Fuenteovejuna, o sea: todos a una. Para eso, y otras menudencias, en los establecimientos como el que yo regento, existe un muy útil cofre frigorífico. El hombre orquesta es, ante todo, un maleducado. No sabe que tengo dignidad y, al llamarme, lo hace con un lenguaje no verbal, golpeando la barra, de manera insistente e irritante, con una monedita. Yo lo ignoro, pero el hombre orquesta persiste, hasta desesperar a toda la parroquia. Esta, cuando está harta, aplica el lema de Lope de Vega, se dirige hacia el gilipuertas y... Obvio el resto. A la mañana siguiente sirvo, gratis, carne con guisantes, con salsa, con... El susodicho también es conocido con el sobrenombre de Hombre-pito, ya que, a falta de euro, se dirige a mí con una especie de xiiiiis, confundiéndome, a todas luces, con un perro. Algo que, todo sea dicho de paso, no me molesta en absoluto...

Terminator. Cuando aparece, todos los clientes huyen despavoridos. Unos por la puerta, otros por la ventana, otros por el conducto del aire acondicionado... Los que se quedan atrapados, optan por el suicidio... Estoy hablando del hablador, del hiper-hablador, de ese que se sienta a tu lado y te cuenta su vida de forma pormenorizada, como si esa vida (desde el primer biberón hasta la birra que se está tomando ahora) le importara a alguien...

El Bello Durmiente. Durmiente, sí… ¿Bello? Pues va a ser que no. Sin embargo, y en su defensa, diré que es un hombre de arraigadas costumbres y vida ordenada. Aparece por el bar, indefectiblemente, cada sábado a las seis de la mañana. Tiene problemas de estabilidad. Si acierta con la puerta, entra. Si no acierta, se da un tortazo de dos pares. En el primer supuesto se sienta en una mesa -si la alcanza- y pide una sevesa (léase cerveza). Luego pide otra vesa y, finalmente, cuál bebé tras biberón, se queda dormido... Suele permanecer en este estado toda la mañana. No molesta. A no ser que ronque. Pero, frecuentemente, no le quedan fuerzas ni para eso...

El hombre raíz. Avarosillo (permítaseme el neologismo), el tío. Pide un café solo (no vayamos a despilfarrar) y se queda el día entero en la terraza... Lectura, mozas que deambulan por la calle, revistas, charleta y todo por el módico precio de un euro. Es igualmente conocido con el nombre de El Agarrado…

El genealogista. - Emparentado con Terminator. Es el que te pregunta si conoces a fulanito. Si alguien comete el gravísimo error de decir que no, el tío se empecina en demostrarle que está equivocado... «Sí, hombre, sí, el hijo de X, que era hermano de Y, vecino de S, que tenía una tienda de ultramarinos, sí, hombre, sí...» También puede inducir al suicidio. Solución: Aunque usted no tenga ni puñetera idea de quién es ese del que le habla, diga, con convicción, que lo conoce y en profundidad. Es una mentirijilla piadosa, a la postre, que puede salvarle, incluso, la vida...

El psiquiatra. No es, necesariamente, un cliente, aunque puede serlo. Pero sí esa persona a la que, tarde o temprano, sin duda, acudimos todos los que, como yo, nos dedicamos al noble oficio de la restauración y, más concretamente, a eso que se ha dado en llamar hacer de camarero…

Y, hablando de psiquiatras... Les dejo. Tengo cita, ahora mismito, con el mío...

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