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Contigo mismo

Matar con la palabra

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¿Para qué sirve la literatura? –te preguntó un chaval-.

Existe, desde hace ya mucho, la tendencia, en el sistema educativo y en la propia sociedad, a infravalorar las humanidades. Así, el estudio de la filosofía, del arte, de la historia y de un largo etcétera aparece como algo más o menos inútil en un mundo informatizado y en el que únicamente interesa la obtención de beneficios. Hasta ahí llegan, desgraciadamente, los confines del capital. Todo aquello que no pueda incluirse, pues, en el capítulo de ganancias, debe ser –y es- descartado. Con esa política sutil, pero constatable, se ha conseguido a la par un segundo objetivo, del todo complementario con el primero: empobrecer, aborregar al hombre… Un ciudadano cuya expresión sea pobre (¡Bienvenido Mr.WhatsApp!), un ciudadano que no comprenda ni lo que lee ni lo que le envuelve, que no razona, que no siente, que no fundamenta su conducta sobre valores éticos, será un ciudadano manipulable y aplaudido por las diversas clases dirigentes que le agradecerán su docilidad. De ahí que se haya invertido, hasta cierto punto, la concepción del mundo clásico según la cual las tareas cerebrales contaban con gran prestigio, pero no así las manuales… El texto de Benjamín Farrington «Mano y cerebro en la Grecia Antigua» es, al respecto, revelador…

¿Para qué sirve la literatura? –te preguntó un chaval-.

Sirve –le contestarías- para que reflexiones y te apliques lo reflexionado. Sirve para que sientas. Sirve para crearte amplitud de miras. Sirve para hacerte tolerante. Sirve para, imperceptiblemente, mejorar tu expresión, tanto escrita como oral. Sirve para que, en vez de vivir una vida, vivas multitud de ellas. Sirve para mejorar como persona. Sirve para hacerte más humano y más inteligente. Sirve para estimular tu imaginación. Sirve para que no te adoctrinen ni manipulen. Sirve de refugio y de consuelo. Sirve para emocionarte… Las Humanidades están para eso…

La lista sería interminable.

A modo de ejemplo (los profesores somos muy dados a ello), buscas uno de sencillo, ultra sencillo y un tanto divertido. No en vano cuando escribes este artículo todavía ni se han iniciado las Fiestas de la Mare de Déu de Gràcia Pero no por su sencillez deja de ser revelador…

Cuenta/recoge don Juan Manuel en «El Conde Lucanor» o «Libro de Patronio» un cuento en el que un padre un tanto anciano, su hijo y un asno transitan por un camino. A lo largo de su andadura serán objeto de múltiples y antitéticas críticas por parte de aquellos viajeros con los que irán encontrándose… A saber:

A.- El padre y el hijo son necios al no montar uno de ellos en el asno…

B.- Cuando el padre se sube sobre la grupa es un hombre despiadado y cruel al permitir que su hijo vaya a pie mientras él efectúa el trayecto cómodamente instalado en el borrico…

C.- Cuando baja el padre y el hijo sube es este último el que recibe la crítica anterior.

D.- Cuando son los dos los que hacen uso del asno, son considerados como maltratadores de los animales…

Es decir: hagáis lo que hagáis siempre seréis criticados. Obedeced, por tanto, a la voz de la conciencia e ignorad lo que puedan ir diciendo por ahí…

En este ejemplo tan sencillo (estamos en época de fiestas, repites) ese chaval a lo mejor habría hallado consuelo a alguno de sus problemas. Porque no olvidas que la adolescencia se siente fuertemente presionada por «el qué dirán». Para eso también sirve la literatura… Para ayudaros a vivir…

Se lo contaste recientemente a una persona que había obtenido un premio gráfico y festivo y que había recibido todo tipo de críticas dispares. Es una mujer joven que llegaba, incluso, a arrepentirse de haberse presentado a concurso. Y se sintió reconfortada gracias al relato. Ese día, repites, la muchacha aprendió, en carnes propias, que la Literatura, esa que quieren hasta cierto punto ir arrinconando, sirve incluso para eso. Sobre todo en un mundo en el que cada día asesináis a alguien con la murmuración, la mentira y la calumnia. Pues eso…

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