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Contigo mismo

La buena educación

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Hubo un tiempo –sin duda bien intencionado- en el que, y a resultas probablemente del paradójico «prohibido prohibir» del mayo francés, se pontificó sobre la necesidad de acabar con los valores y, por ende, con la denominada «buena educación». Curiosamente, nadie optó entonces, coherentemente, por suprimir los semáforos y las señales de circulación… Prohibir, pues, a la postre, y en ocasiones, no está del todo mal –piensas ahora-, porque contribuye a que uno no se estrelle con el otro y viceversa… El ejemplo recién parido es de fácil comprensión, porque alude a una realidad visible, palpable… Pero la premisa, en el terreno de la moral, no deja de ser, por intangible, menos válida… Volviendo al símil circulatorio: una persona sin referentes éticos es, probable y metafóricamente –te dices-, como un coche sin frenos. Tarde o temprano se producirá el encontronazo…

Si «todo vale», ¿por qué no dar, pues, preferencia, permanentemente, al «yo»? ¿El bien común? Una antigualla… Cosas carcas de un pasado fascista (término últimamente muy empleado y de significado, hoy, absurdamente polisémico).

- Toma, hijo, veinte euros pero no incordies…

- ¿Te lo prometí?

- No puedo ayudarte, bastante tengo con lo mío…

- Lo nuestro no funciona…

- ¿Por qué he de ser yo y no…?

- Mira, se puede ser bueno, pero no tonto…

- Sin IVA.…

- ¿Qué es una plaza para minusválidos? ¿Y qué? ¿Qué puñetas le importa a usted lo que yo haga con mi coche?

- ¡Escupo donde me da la real gana, tío!

- Le debo un pastón, pero no hay papeles de por medio…

- Mi hijo estudia… Mi hijo estudia… ¿Segundo de la ESO?

- ¿Qué el tutor del pequeño quiere vernos? ¿Otra vez? ¡Menudo plasta!

- Es un pelotazo, te lo aseguro…

- Dicen que cuentan que se cree que según se piensa esa chica es una furcia…

- No le preguntes al chaval… ¡Déjale que haga lo que quiera!

- ¿Y qué?

- ¿Le has dejado una nota? ¿Al que le has abollado el coche, digo? ¿No?

- Ese puesto será mío, caiga quien caiga…

- ¿Quién te lo dijo? Espera, que lo «cuelgo»…

Y, como en la película de «Toy Story», «¡Hasta el infinito y más allá!» El mundo -crees- se ha vuelto más sucio, más insolidario, más oscuro… ¿Valores? ¿La buena educación?

- ¿Y le cediste el asiento? ¡Tú eres tonto!

- ¿Y le cediste el asiento? ¡Tú eres un machista!

- ¿Y comes carne? ¡Tú eres un facha!

- ¿Y acudiste a objetos perdidos? ¡Tú eres imbécil!

- ¿Y le dedicaste una clase extra a tu alumno sin cobrársela? ¡Capullo!

- ¿Y…?

Alguien se sorprenderá luego de que la gente lance al mar desechos; de que, de pronto, ese mismo alguien vea en el rostro de su hijo a un desconocido, mientras el hijo, en el de su padre, un cajero automático… Alguien, sí, abrirá, después, asombrado, la boca, al comprobar como, en su puesto de trabajo, le han «hecho la cama» o como alguien le ha destrozado la puerta lateral izquierda de su automóvil sin dejar notita alguna o como su mujer se ha largado con otro porque las relaciones no funcionaban o como existe poca empatía entre los miembros de la familia o como ese amigo se ha negado a devolverle lo prestado o como la palabra de ese otro no ha sido sino papel mojado o como…

Existen, ya, circulando, muchos coches sin frenos, demasiados, y muchas personas, de buena fe, sin duda, a las que un día una letal y falsa corriente de opinión les dijo que eso de lo moral era cosa de estúpidos… De ahí el quejido, actual, de que al ser humano le ocurre algo, de que el ser humano está como permanentemente irritado, de que algo no funciona en una sociedad en la que, mayoritariamente, todo hijo de vecino tiene lo suficiente como para vivir con dignidad y, sin embargo, el susodicho hijo de vecino se muestra profundamente infeliz…

Tal vez deberíamos, como en las viejas cintas de VHS, rebobinar y reencontrar aquellas normas, repletas de sentido común, que armonizaban un «yo» con un «nosotros/vosotros/ellos». Porque se está haciendo tarde y el estallido podría resultar inminente…

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