Me contaron una fábula fabulosa. Está basada en el relato bíblico de Adán y Eva, aunque cualquier parecido es coincidencia. Les recomiendo leer el original. Hete aquí que unos prestigiosos paleontólogos descubrieron la ubicación precisa del Paraíso. Al publicar su hallazgo se armó un gran revuelo y pronto se organizaron expediciones para visitar el lugar que, efectivamente, era una maravilla. Nadie imaginaba tanta belleza reunida y una inmensa paz reinaba en aquel paraje deshabitado. Se fue convirtiendo en lugar de peregrinación. Todos querían hacerse un selfie en el Jardín del Edén. Alguien avispado compró terrenos, se construyeron hoteles a pie de playa, se vendieron parcelas, se llenaron las playas vírgenes… por un módico precio se podía hacer una visita guiada hasta el Árbol del Bien y del Mal, tiendas de souvenirs vendían serpientes y manzanas. El postre que ofrecían en el restaurante, «la fruta prohibida», era toda una tentación. A fuerza de explotar aquel lugar maravilloso, dejó de parecerse para siempre al que habitaron Adán y Eva, excepto en las playas nudistas, donde todos iban como antes del pecado original… La pareja que contrató un fin de semana idílico en la agencia de viajes empezó a sentirse agobiada, a discutir, a echarse las culpas el uno al otro. Finalmente, pusieron una reclamación. «Hemos pagado por venir al Paraíso pero por masificación nos han expulsado». Y regresaron a su mansión en La Moraleja.
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